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Full text of "La Espuma"

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LA ESPUMA 



HENRICH Y Cl± EN COMANDITA — EDITORES 
Sucesores de N. Ramírez y C- 



ARMANDO PALACIO VALDES 



LA ESPUMA 

NOVELA 

DE COSTUMBRES CONTEMPORÁNEAS 



Ilustración de JOSE CUCHY 



Tomo II 



BARCELONA — 1890 
Imprenta de Henricii y Comp- en comandita 
Sucesores de N. Ramírez y Comp— 

Pasaje de Escudilléis, núm. 4. 



Es PROPIEDAD DE LOS EDITORES 



I 



CENA EN FORNOS 



A l salir del hotel de Osorio, Pepe Castro y Ra- 
moncito se metieron en la berlina que esperaba al 
primero y se trasladaron á Fornos. Les costó tra- 
bajo desembarazarse de Cobo Ramírez, que había 
olido algo de cena y deseaba ser de la partida. 
Ramón dió un codazo á Castro para manifestar que 
no le vería con gusto en ella, y éste, á quien tam- 
poco placía el carácter desvergonzado del primo- 
génito de Casa-Ramírez, hizo lo posible por des- 
prenderse de él engañándole. 



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El terror ele los maridos estaba de muy mal 
humor. La indiferencia real ó fingida que Clemen- 
tina le había mostrado toda la noche le roía el cora- 
zón. Siempre habían sido prudentísimos en sociedad, 
sobre todo en casa del marido; pero nunca le faltó 
ocasión, hasta entonces, á la dama, con una mirada 
intensa, con alguna palabrilla fugaz, de expresarle 
su amor. Y como esto llovía sobre mojado, porque 
hacía ya bastantes días que la encontraba despe- 
gada, distraída, la picadura era más viva. Castro 
no estaba enamorado de la esposa de Osorio, porque 
era incapaz de enamorarse, pero tenía una idea 
extraordinaria de sus dotes de conquistador y, como 
consecuencia, un amor propio exagerado. Además, 
ya sabemos que Clementina era para él, no sólo la 
tórtola enamorada, sino el cuervo que le traía en su 
pico el sustento. Envuelto en su gabán de pieles y 
arrellanado en el rincón del coche, no despegó los 
labios en todo el camino. Era la una. La noche fría 
y despejada, una noche de Madrid, en que el am- 
biente produce cosquillas en los ojos y la nariz. 
Ramoncito, entregado también á sus melancolías, 
limpiaba con el pañuelo el cristal de la ventanilla 
para sumergir la mirada en las calles solitarias y en 
el cielo poblado de estrellas. 

Cuando llegaron á Tornos vieron el coche de la 
Amparo, que Pepe conocía, en espera. 

— Llegamos un poco tarde. Nos va á sacar los 
ojos esa tía, — dijo Castro apresurándose á entrar. 

Un mozo les dijo que arriba, en el gabinete de la 
izquierda, les esperaban tres señoras y dos caballe- 
ros. Antes de subir dió las disposiciones necesarias 



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para la cena que había encargado. En el gabinete, 
dispersos por las sillas, estaban Rafael Alcántara, 
Manolito Dávalos, la Nati, la Socorro y la Amparo, 
que los recibieron con fueras y silbidos. Todos cinco 
venían del Real y hacía muy cerca de inedia hora 
que esperaban. 

— ¡Qué poca vergüenza tienes, hijo! — dijo la 
Amparo con el hermoso entrecejo fruncido. — Y 
menos aún los que toman en serio tus convites. 

— Chica, me figuré que saldrías más tarde del 
Eeal. 

— ¡Eso! Di que estabas muy á gusto en casa de 
mi hijastra, y entonces puedes tener cierta dis- 
culpa. 

Amparo solía llamar en broma su hijastra á Cle- 
mentina, como querida que era ele su padre. 

— ¡Qué hijastra, ni qué madrastra! — exclamó 
el lechuguino con gesto de mal humor. — ¡ Si pen- 
sarás que hay mujer que me retenga á mí cuando 
yo no quiero ! 

El despecho, incubado toda la noche, rompía 
ahora con fuerza la cáscara. 

— ¡ Olé mi niño! Así hablan los hombres, — ex- 
clamó la Nati, una chulilla de Lavapiés que des- 
cubría el paño, no sólo en la conversación, sino 
también en el peinado, en los andares, en todo. 

— ¡ Qué simple eres, criatura ! — dijo la Amparo 
volviéndose á ella. — ¿Te figuras que eso es cierto? 
Clementina le tiene más sumiso que un perrillo 
de lanas. Si se le antoja, le hace lamer la planta ele 
sus pies. 

— ¡Sí, lo mismo que tú á su papá! — respondió 



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furioso Castro. — ¿Pero vosotras, por lo visto, os 
habéis llegado á figurar que soy un cadete de infan- 
tería? Pues ya veréis lo que me importa á mí por 
esa señora , . . 

— ¿De veras? — preguntó Alcántara. 

— De veras : me voy aburriendo ya. 

Castro, previendo una próxima ruptura con su 
amante, preparaba una cama blanda á su reputa- 
ción de seductor para que no sufriese desperfecto. 

— Os enfadáis conmigo, — siguió,- — porque llego 
tarde. .. ¿Y León? ¿Dónde está León? 

— León, aquí está, — dijo una voz sonora detrás. 

Y el propio León avanzó basta el medio de la 
estancia y se puso á parodiar, con entonación y 
mímica de cómico de la legua, una zarzuela muy 
conocida: 

Yo soy aquel conde de Agreda llamado, 
Que en lides sin cuento probó su valor. 

— Oye , nene , — dijo Socorro tirándole de los fal- 
dones del frac, — tengo que ajusfarte una cuenta. 

— ¡Tú también! — exclamó con afectado espan- 
to. — ¡ Cielos ! ¿dónde me meteré que no me presenten 
cuentas? 

Y se dejó llevar, fingiendo susto, á un rincón por 
su querida, que le preguntó en voz baja: 

— Di, babieca, ¿por qué no me fias dicho que era 
Amparo de la partida? ¿No sabes que estamos polí- 
ticas hace ya días? 

— ¡Bah! ¡bah! — exclamó alzando la voz y apar- 
tándose. — En cuanto tengáis unas copas de Jerez 



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en el cuerpo, se Tan á oir los besos que os deis, desde 
la calle. 

Socorro quedó acortada mordiéndose los labios. 
Temía que Amparo hubiese advertido algo. Y en 
efecto, la querida de Salabert les había echado una 
mirada penetrante sospechando lo que hablaban , y 
arrugó el entrecejo: «j Ancla, anda! ¡A buena parte 
iban con recaditos ! ¡Como la picasen un poco era 
capaz de agarrar por el moño á aquella pánfila y 
batirla contra la pared!» 

La Socorro era una rubia linfática, de tez naca- 
rada y ojos claros, un poco romántica y un mucho 
susceptible. Se decía hija de un comandante y se 
abrogaba el derecho de despreciar á sus compañeras 
nacidas del seno de la plebe. Era más instruida que 
ellas porque leía todos los folletines que le venían á 
las manos: cuidaba de no decir palabras feas: no 
solía emplear tampoco locuciones flamencas. Tenía 
alguna más edad que la Amparo y la Nati. 

— A la mesa, á la mesa, — dijo Alcántara. — Estas 
óperas alemanas me excitan un hambre de lobo. 

Levantáronse todos del asiento y se aproximaron 
á la mesa, mientras Castro hacía sonar el timbre 
para avisar al mozo. El conde de Agreda los detuvo 
con un gesto: 

— Caballeros , hay aquí dos princesas que han 
reñido por cuestiones diplomáticas que no nos in- 
cumben. ¿Opinan ustedes que se den un beso antes 
que nos sentemos? 

— Que se lo den: que se lo den , — dijeron los tres 
hombres y Nati, mirando á la Socorro y Amparo. 

Esta se encaró furiosa con León. 



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— ¡Ja, ja! Chico, no empieces ya á soltar gracias 
porque nos va á hacer daño la cena. 

La Socorro se hizo la indiferente inspeccionando 
la mesa. 

■ — Que se besen, — volvió á decir el coro. 

— Oíd, preciosos, ¿nos habéis traído para reíros 
de nosotras ó á darnos de cenar? — dijo la Amparo 
cada vez más irritada. 

Castro trató de calmarla. 

— No hay motivo para enfadarse, Amp arito. 
León, lo mismo que yo y todos los demás, desearía- 
mos que los que nos sentemos á cenar fuésemos 
buenos amigos. Si hay algún resentimiento debe 
olvidarse, sobre todo si, como presumimos, no ha 
sido por cosa grave. 

— ¡ Que se besen ! — gritaron con más fuerza los 
comensales. 

No hubo más remedio. Castro y Alcántara se 
apoderaron de la Amparo, Ramón y el conde de la 
Socorro y las fueron aproximando casi á viva 
fuerza, no sin que ambas protestasen, sobre todo 
Amparo, que se defendía con energía. Al cabo con- 
cluyó por reírse. 

■ — ¡Pero esto es estúpido! ¿Qué mosca os ha 
picado? 

Y acercándose con decisión á Socorro, le dió un 
beso sonoro en la mejilla: 

— Besémonos, bija, porque sino temo que á estos 
chicos simpáticos les dé un ataque de nervios. 

La Socorro le pagó el beso con otro más tímido, 
manifestándose reservada y circunspecta. 

— Bueno, ahora dejadme calentar un poco, que 



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estoy aterida, — dijo sentándose al lado de la chi- 
menea, tan cerca que, por milagro, no ardía. 

Se tostó por delante y por detrás, en tal forma, 
que, cuando Rafael fué á coger la silla, quemaba. 

— ¡Qué atrocidad! Mirad, chicos, cómo ha de- 
jado Amparo la silla. 



Todos pusieron las ma- 
nos sobre ella y se admi- 
raron. 

— ¡ Cómo tendrá esa 
mujer el cuerpo ! Vamos á 
verlo, — dijo Castro avan- 
zando hacia ella. 

— ¡ Eh , niño, alto ! que 
yo soy de mírame y no me 
toques... Bueno, si que- 
réis tocad la espalda , — 
añadió generosamente. 

Y uno tras otro fueron 
poniendo la palma de la 
mano en la espalda de 
aquel hermoso animal que, 
efectivamente , casi que- 
maba. 




— Ahora vais á ver 
cómo me las compongo con los boquerones, — dijo 
sentándose. — Porque supongo que te habrás acor- 
dado de mí , — añadió levantando la vista hacia 
Pepe Castro. 

Este hizo una señal afirmativa y empujó suave- 
mente á Manolito Dávalos para que se sentase al 
lado de su ex querida. Era curioso ver la extraña 



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turbación que se apoderaba del tocado marqués 
cuando se ponía cerca de la Amparo. Esta mujer le 
fascinaba de tal suerte que se mostraba confuso, 
ruborizado, sin saber qué decir ni hacer. Los com- 
pañeros que lo sabían mirábanle con disimulo y 
enviaban sonrisas y guiños á la joven, la cual adop- 
taba un continente protector, maternal, con él. Se 
reía como los demás de aquella extraña y furiosa 
pasión; pero en el fondo se sentía halagada por 
ella. 

Rafael Alcántara, que ya había pellizcado en 
todos los platos de entremeses , volvió á gritar : 

— Señores, que venga por Dios esa cena, porque 
voy á pillar una indigestión de aceitunas. 

Acomodáronse todos, al fin, y dos mozos comen- 
zaron á servir los platos. Amparo desdeñó el con- 
sommé; pero cuando trajeron unos filetes de boeuf 
macédoine se colmó de tal modo el plato que los 
amigos comenzaron á darse de codo y á reir. 

— ¡Ah! ¿vosotros pensáis que soy una niña tísica 
de las que cantan La Estella confidente?... ¡Ya 
veréis, ya! 

Rafael sacó la conversación del duque de Re- 
quena, pero la Amparo cortó las bromas. 

— Vamos, dejadle en paz. Ya que paga, que se 
divierta el pobre como pueda. 

Aunque todo el mundo sabía que tenía esclavi- 
zado al archimillonario, no gustaba de que se rieran 
á su costa. Del duque pasaron á su hija. Rafael 
contaba pormenores terribles, repugnantes. Las 
mujeres se ensañaron con ella vengándose de su 
hermosura, su elegancia y su orgullo. Castro, en 



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lo 



vez de acudir á la defensa , contentóse con sonreír 
discretamente y exclamar con negligencia : 
— ¡ ISTo sabéis lo que decís ! 

Aquella sonrisa, aquel tono superior y desde- 
ñoso, querían sin duda significar que era ridículo 
hablar de las interioridades de Clementina en pre- 
sencia de él. Pusiéronse sobre el mantel las honras 
de otra porción de señoras y caballeros , y entre 
copa y copa de bovgoña, entre bocado y bocado de 
salmón con mayonesa quedaron todas perfecta- 
mente arregladas. Manolito no terciaba en la con- 
versación. Feliz con sentir el traje de Amparo 
rozando con sus piernas, echándola de vez en 
cuando miradas intensas de apasionado deseo, acu- 
diendo á servirla con solicitud de esclavo medroso, 
se apretaba á veces más de la cuenta contra su 
ídolo, acometido de rabiosa pasión. Cuando esto 
sucedía, el ídolo le arrimaba por debajo de la mesa 
crueles taconazos y pellizcos que le volvían á la 
razón. Fuera de esto se mostraba amable con él, 
le trataba como á un niño, le daba bocaditos del 
plato en que ella comía y le hacía mimos cogién- 
dole la barba con la punta de los dedos Pero el 
pobre, antes de terminar la cena, se vió acometido 
de un golpe de tos; se puso rojo; quería echar, con 
grandes esfuerzos de su cuerpo, algo que no aca- 
baba de salir. Este algo era nada menos que una 
sarta de rails de ferrocarril que al loco marqués se 
le antojaba que tenía dentro del cuerpo. Los de- 
más , que sabían de esta alucinación , sonreían con 
expresión de lástima y burla. Rafael Alcántara ex- 
clamó cínicamente: 



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AlíMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¡Dale, dale, que es lagarto! 

El pobre Manolo se volvió hacia él, sudoroso, 
encendido, y le dijo con acento ele reproche: 

— Si tú te encontrases como yo, no te reirías, 
Rafael. 

— ¡ Tiene razón , tiene razón ! — exclamó la Am- 
paro indignada. — Yaya una gracia, burlarse de un 
amigo enfermo. 

Y para indemnizarle de aquel agravio le ayudó á 
sentarse en un diván, le limpió el sudor con su 
pañuelo y le clió unos cuantos besos. Luego vino 
á sentarse de nuevo y siguió devorando lo que le 
ponían delante. Llegó el turno á los boquerones 
preparados expresamente para ella: era uno de los 
gustos plebeyos que conservaba. Tantos engulló, 
que excitó la admiración y la risa de los comen- 
sales. Socorro dijo, sin embargo, por lo bajo á su 
querido, «que daba asco verla comer». Creía de 
buen tono padecer de dispepsia y comer poco. Am- 
paro remojaba los bocados con tantos y tan formi- 
dables sorbos de horgoña, que dejaba siempre la 
copa temblando : comía y bebía como un labrador 
en día de boda, y hacía gala de ello. 

Ramoncito no se hallaba en disposición de expe- 
rimentar los goces de la nutrición animal: dijo que 
había tomado chocolate en casa de Osorio; pero 
no era cierto. Lo que había tomado era veneno, con 
los obsequios que su amigo, el conde de Agreda, 
tributó por más de una hora á Esperanza. 

— Oye, feo, ¿por qué no comes? — le dijo Am- 
paro volviéndose de repente hacia él. — ¿Es verdad 
que la chiquilla de Calderón no te hace caso? Te 



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doy la enhorabuena, hijo, porque debe de tener 
mucho humor herpético. 

Maldonado, que estaba ya desabrido con ella des- 
de la frase de la tarde, se puso encendido, y conte- 
niéndose á duras penas le dijo con voz ronca: 

— Lo que te prevengo seriamente es que no vuel- 
vas á ocuparte delante de mí de esa niña. . . 

Amparo le miró fijamente con aire de desafío. 

— ¿Y por qué, rico mío? 

— Porque las mujeres como tú no pueden ha- 
blar de ciertas cosas sin profanarlas, — dijo tem- 
blando de cólera el concejal. 

— ¡Ja, ja! Abrid los balcones, chicos, porque 
este chavó tiene calor, — dijo con risa sarcástica; 
y enfureciéndose de pronto : — ¡Mira, niño, no me 
vengas con infundios ! Tú eres un mamarrachillo y 
ella un saco de pus. ¿Lo oyes bien? 

La noble faz de Mamoncito se descompuso al 
escuchar estas pesadas palabras; todo su cuerpo se 
estremeció de furor. No se sabe qué acto bárbaro 
é insano hubiera realizado á no sujetarle Castro 
por la manga del frac diciéndole: 

— Déjala, hombre. ¿No ves que tiene ya mucho 
alcohol en la cabeza? 

Castro tenía del otro lado á la Nati. Sin saber 
por qué razón , pues nunca le había sido muy sim- 
pática, le dió toda la noche por servirla y reque- 
brarla en voz baja. Cuando se puso un poco alegre, 
le dijo á Alcántara que estaba del otro lado: 

— Con tu permiso, Rafael, voy á dar un beso 
á Nati. 

Y se lo dió sin aguardar respuesta. 



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Rafael no hizo maldito el caso. Poco después vol- 
vió á decir : 

— ¿Permites, Rafael? 

Y ¡ zas ! le encajó otro beso. La bromita le pare- 
ció tan bien, que no se pasaban cinco minutos sin 
que la repitiese. Nati la encontraba deliciosa y se 
reía, presentando la mejilla á los labios del hermoso 
salvaje. Rafael, al principio, también la encontró 
graciosa y contestaba gravemente á la pregunta de 
su amigo : 

■ — -Lo tienes, Pepe, lo tienes. 
Pero al cabo fué parecióndole pesada , y entre 
bromas y veras concluyó por decirle : 

— Basta, Pepe; no abuses del físico. 

A. los postres, el mozo les dijo que un señorito 
que cenaba en un gabinete próximo con una señora, 
bebía una copa de champagne á su salud. 

— ¿Quién es ese señorito? ¿Le conoces? 
El mozo sonrió discretamente. 

— Me ha prohibido decir su nombre. 

— ¿Es un amigo? 

— Sí, señor conde: es un amigo. 
— Pues allá voy,- — dijo León. 

Y salió de la estancia; y á los pocos instantes 
volvió á entrar con Alvaro Luna y su querida la 
Conchilla. Les hicieron una ovación. Rafael se ade- 
lantó con la copa en la mano y cantó: 

— Murió Alvarito, 
Dios le tenga en gloria; 
Bebamos una copa á su memoria. 



LA ESPUMA 



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Hizo gracia la ocurrencia porque Alvaro se había 
batido por la tarde. Pepe Castro le abrazó. 

— Ya sabíamos que habías salido bien. ¿Has pin- 
chado al coronel? 

— Sí , en un brazo . 

— ¿Cómo fué eso? 

— Verás tú. . . 

Y le contó los pormenores del lance. Todos se 
acercaron para escuchar. El coronel se había levan- 
tado los pantalones al llegar al jardín y se había 
remangado la camisa como un carnicero. Atacó 
furiosamente; pero se fatigaba en seguida, como 
hombre obeso que era y algo tocado del corazón. 
Descansaron seis veces. Al fin, harto ya de tanto 
bregar, le había tirado con decisión una estocada al 
pecho amagándole antes un tajo á la cabeza. No 
tuvo tiempo más que á poner delante el brazo iz- 
quierdo, que quedó atravesado. 

— Creí que le había matado, porque cayó re- 
dondo al suelo. 

— Así , así : no hay cosa más ridicula que andar 
dibujando tajos en el aire y haciendo ruido con los 
sables como en el teatro. Un buen golpe recto, 
partiendo de la inmovilidad, ¡esa es la manera de 
concluir pronto ! 

— Murió Alvarito, 
Dios le tenga en gloria; 
Bebamos una copa á su memoria. 

Volvió á cantar Rafael con voz engolada y gro- 
tesca, levantando la copa de champagne. 

2 



1S 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



■ — Vamos , á este chavó ya se le ha subido San 
Telmo á la gavia, — dijo la Amparo. 

Pepe y Alvaro sonrieron y continuaron comen- 
tando el lance. Los demás, menos Conchilla, les fue- 
ron dejando y se pusieron á charlar con animación, 
trincando á la vez de lo lindo. Rafael estaba empe- 
ñado en que Ramoncito les contara sus amores. 
¿Se había declarado ya á la hija de Calderón? ¿Le 
había dado esperanzas? La verdad es que la niña 
no encontraría, por mucho que buscase, partido tan 
ventajoso como el de Ramoncito, un muchacho 
formal, en buena posición, con un porvenir en la 
política . . . 

Aunque Alcántara parecía que hablaba en serio 
y expresaba las mismas ideas que al propio Mamon- 
cito le bullían constantemente en la cabeza , éste 
recelaba, y con razón, de su buena fe. Además, la 
presencia de aquellas mujeres, y más especialmente 
la de León, le molestaba mucho. Rechazó, pues, 
con mal humor todas las instancias que le hicieron 
para que abriese su pecho, y les rogó, muy fruncido 
y encrespado, «que hiciesen el favor de no rom- 
perle más la cabeza». Con esto desistieron de reírse 
á su costa y la emprendieron con Manolito Dáva- 
los. El joven marqués, desde un diván donde yacía 
solitario, contemplaba sin pestañear en extática 
adoración á su ex querida. 

— Ven acá, Manolito; acércate un poco, hom- 
bre, — le dijo León. 

— ¿Para qué? — preguntó el marqués aproximán- 
dose con semblante avergonzado. 

— Para que charlemos un poco.. . Y para que estés 



LA ESPUMA 



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cerca ele lo que más quieres . . . Haces bien en estar 
enamorado de esta barbiana. Tocio se lo merece. 
No hay en Madrid una mujer que le ponga el pie 
delante en hermosura, en garbo, en salero... ¡qué 
ojos ! ¡ qué cejas ! ¡ qué boquita de rosa ! . . . ¡ Hasta 
las orejas ! ¡ Mira qué primor de oreja! . . . Me las co- 
mería cada una de un bocado... ¡Uy! ¡ uy ! ¡uy! 

Nati le había echado un feroz pellizco en el 
brazo. 

- — Para que no vuelvas á echar piropos á nadie 
delante de tu mujer, — dijo medio enserio, medio 
burlando. 

— Chico , si me hubieses dicho todo eso por la 
mañana me hubiera durado todo el día, — le dijo 
la Amparo riendo. — Pero ahora... ya ves, nos 
dormiremos en seguida . . . 

— Pero vamos á ver, Amparo, — manifestó Ra- 
fael afectando seriedad.- — ¿Por qué has dejado á 
Manolo, un chico joven, simpático, de las primeras 
familias de España, por un tío asqueroso, viejo, 
baboso como Salabert? 

El chiflado marqués hizo un gesto de contra- 
riedad. 

— Déjanos en paz, Rafael. 

Amparo, poniéndose seria también, le contestó: 

— Yo no le he dejado. Nos hemos dejado mutua- 
mente, por conveniencia de ambos. No dirá él que 
yo le he despedido . . . 

Manolo asintió con la cabeza por no contrariar á 
su ídolo, aunque otra cosa le constase. 

— Pues es una lástima , porque él sigue más 
chalao por ti que nunca... y tú, aunque aparentes 



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A TIMANDO PALACIO VALDÉS 



lo contrario , creo que algo te queda allá en el 
fondo. 

León se mordió los labios para no soltar el trapo. 

— Mira, tú, niño, — expresó la Amparo con tono 
y ademanes persuasivos; — vosotros nos juzgáis 
peores de lo que somos. Yo no diré que algunas 
veces no obremos por capricho, y que no seamos 
ligeras é interesadas . . . Pero hay ocasiones en que 
las circunstancias nos arrastran. Una mujer se pone 
en tren de vestir con elegancia, de tener palco en los 
teatros, de gastar coche, y llega á acostumbrarse 
á estas cosas como vosotros á fumar y tomar café. 
Llega un día en que si quiere dar gusto á su cora- 
zón, va á verse privada de todo esto, y á caer en 
la miseria. Tú comprenderás que se necesita mucha 
virtud y más amor que el de Romeo y Julieta para 
echarlo todo á rodar y sacrificarse á vestir de percal 
otra vez y á vivir en una buhardilla. Chico, por lo 
mismo que nosotras hemos conocido bien la pobreza, 
sabemos mejor que vosotros lo agradable que es. 
Yo me he comprometido con Salabert porque tiene 
mucho dinero y puede satisfacer todos mis capri- 
chos : no necesitaba decírtelo... Por lo demás, si 
fuera á dar gusto á mi corazón, demasiado sabéis, 
y demasiado lo sabe él, que yo nunca he querido 
á nadie de verdad más que á Manolo. 

Escuchando estas palabras, al loco marqués se le 
arrasaron los ojos de lágrimas. Tomó la mano de 
su ex querida y la besó con la misma devoción y 
ternura que una reliquia. León se levantó de prisa 
porque no podía tener la risa en el cuerpo. Las 
mujeres, siempre compasivas con los extravíos de 



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la pasión por ridículos que sean, le contemplaron 
con curiosidad y lástima. Sólo Rafael permaneció 
grave. 

— Francamente, no puedo presenciar ciertas esce- 
nas sin conmoverme, — dijo levantándose de la silla 
afectando una tristeza que hizo sonreír á la misma 
Amparo. 

Justamente en aquel momento, Alvaro Luna se 
despojaba del frac para mostrar á Castro y á su 
querida una pequeña herida que el sable del coronel 
le había hecho. Rafael, León, Nati, Ramoncito y 
Manolo Dávalos se 
acercaron. El noble 
salvaje se remangó 
la camisa y dejó ver 
el antebrazo, donde 
había una señal roja 
bastante larga. 

— Diablo; ha sido 
un golpe cito regu- 
lar, — dijo Castro. 

— Un planazo , — 
manifestó Alvaro. 

— No; más bien 
parece que ha sido 
con el corte. Lo que hay es que pegando entera- 
mente á plomo y no tirando un poco del sable al 
mismo tiempo, el corte suele embotarse: por eso no 
ha rajado la piel, y en vez ele herida resultó con- 
tusión. 

Conchilla, que miraba el brazo de su amante con 
tristeza y sobresalto, se precipitó al fin sobre él y 




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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



le besó la cicatriz con transporte , sin importarle 
las risas y las cuchufletas que esto produjo. 

Amparo y Socorro se habían quedado sentadas 
al lado de la mesa, una frente á otra. Si se ha de 
decir la verdad, Amparo, naturaleza violenta, iras- 
cible, sin pizca de imaginación y de inteligencia 
limitadísima, habíase olvidado enteramente del de- 
sabrimiento que con la Socorro había tenido, y le 
dirigía la palabra con la misma confianza y desen- 
fado que antes. Mas ésta, ó porque su carácter fuese 
más receloso y susceptible, ó porque el vino la pri- 
vase del juicio, ó por ambas cosas á la vez, seguía 
mostrándose taciturna y hostil hacia su amiga : res- 
pondía con marcada frialdad á sus observaciones y 
hasta algunas veces se advertía en sus labios cierto 
gesto de desdén. La Amparo, que no tenía un tem- 
peramento observador, concluyó sin embargo por 
observarlo. 

— Oyes, chica, ¿qué es lo que tienes? ¿Te dura 
todavía el enfado? 

— ¿A mí? ¡ Ca ! Yo no puedo enfadarme contigo. 
Estas palabras parecían un testimonio de cariño 

y confianza. Sin embargo, las pronunció en un tono 
tan extraño, que la Amparo se la quedó mirando 
fijamente antes de replicar. 

— Pues hija, — dijo al cabo, — yo te confieso que 
puedo enfadarme con todo el mundo, y contigo tam- 
bién si me llegases á hacer alguna ofensa. 

— Pues yo, contigo, no, — replicó con una sonrisa 
particular la Socorro. 

Amparo volvió á mirarla fijamente y con sor- 
presa. 



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— ¿Qué quieres decir con eso, que me desprecias? 

— Lo que tú quieras, — profirió con el mismo 
gesto de desdén. 

Una arruga profunda apareció en el entrecejo de 
Amparo; señal de tormenta. 

— Mira, chica, tengamos la fiesta en paz. Te vas 
haciendo muy picante y ya sabes que tengo muy 
poca paciencia , — elijo con voz sorda. 

— De lo que menos caso hago yo es de tu pacien- 
cia, hija mía. Te he venido á decir bien claramente 
que no quiero trato contigo. Al parecer, no quieres 
acabar de entenderlo. Tú y yo no hemos mamado 
la misma leche ni hemos tenido los mismos princi- 
pios. Por eso no nos entendemos. Si algún resenti- 
miento tienes conmigo, como yo jamás te he tenido 
miedo ninguno, podemos resolverlo como quieras. 
Mira, aquí traigo este juguete para castigar á los 
desvergonzados. 

Al mismo tiempo sacó del bolsillo una llave in- 
glesa y la puso sobre la mesa. 

Verla Amparo, apoderarse de ella con ímpetu 
feroz y dar un terrible golpe en la cara á su dueño, 
fué instantáneo. La Socorro cayó de la silla sol- 
tando cuatro chorros de sangre por los cuatro agu- 
jeros que los pinchos del instrumento la hicieron. El 
susto, para los que allí estaban, fué grande, pues no 
habían advertido la disputa. Todos corrieron pre- 
surosos á levantar á la herida. Hubo unos instan- 
tes de confusión en que nadie se daba cuenta de lo 
que en realidad había pasado. La Amparo se había 
puesto terriblemente pálida y aun murmuraba sor- 
damente denuestos. En cuanto León Guzmán averi- 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



guó, viendo en sus manos la llave, lo que había pa- 
sado, quiso arrojarse sobre ella, y lo hubiera hecho 
faltando á lo que se debe un caballero, si Pepe Castro 
y Rafael no le hubieran sujetado. No pudiendo rea- 
lizar sus propósitos comenzó á increparla. 

— ¡Esto es una infamia! ¡una vileza! ¡Es la ac- 





ción de un asesino ! Desde aquí debes ir á la cárcel, 
porque has cometido un delito. 

Los mozos, que habían acudido á los gritos, viendo 
tanta sangre y oyendo las palabras del conde , se 
dispersaron: alguno de ellos bajó al cafó á dar parte 
á un inspector de policía que allí estaba , el cual se 
presentó inmediatamente : otros corrieron á avisar 
á un módico. Subieron dos. La herida era de impor- 



LA ESPUMA 



25 



tancia y de consecuencias, porque quedarían señales 
en el rostro. Ordenaron que llevasen acto continuo 
á la enferma á la casa de socorro porque allí no 
disponían de medios para la cura. El inspector ma- 
nifestó que se veía en la necesidad de conducir la 
agresora á la prevención y tomar el nombre de los 
presentes. Entonces todos intervinieron con ruegos 
para que dejase á la Amparo libre, respondiendo 
ellos de las consecuencias. El inspector se negó re- 
sueltamente: lo único que podía hacer era condu- 
cirla al Gobierno civil en vez de la prevención y 
detener el parte al juzgado algún tiempo. Aunque 
casi todos pertenecientes á familias muy distingui- 
das, ninguno de los presentes era un personaje polí- 
tico (con paz sea dicho de Mamoncito) que pudiese 
desviar ni contener el curso de la justicia. Pero el 
duque de Requena sí lo era. Por eso Rafael le dijo 
en voz baja á la Amparo : 

- — Mira, chica, lo mejor que puedes hacer es pasar 
un aviso á Salabert. Si no, estás perdida. 

— Ya se habrá acostado. ¿Te encargas tú de lle- 
várselo? 

El perdulario vaciló un instante, pero al fin se 
decidió á prestarle aquel servicio, contando sacar 
de él buen partido. 

La herida fué conducida á la casa de socorro en 
el coche de Pepe Castro, acompañada por León y 
un guardia. Amparo fué al Gobierno civil en su 
propio carruaje, con el inspector y Manolito Dáva- 
los, que se lo pidió á éste por favor con lágrimas 
en los ojos. Alvaro Luna, la Conchilla, Nati, Pepe 
Castro y Ramón les prometieron seguirlos inmedia- 



26 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tamente y acompañar á la hermosa agresora en su 
odisea; pero ya á la puerta de Fornos hubo deser- 
ciones. Alvaro declaró que le dolía un poco el brazo 
y que iba á curárselo. Conchilla, como es natural, 
le acompañó. La Nati, con Castro y llamón, siguie- 
ron á pie hasta el Gobierno. Una vez allí, antes de 
entrar celebraron consejillo. Ramoncito presentaba 
algunas dificultades : él era concejal y no podía 
«meterse en ruidos», máxime cuando las relaciones 
clel Gobernador con el Ayuntamiento venían siendo 
un poco tirantes. Por su parte, Castro declaró lacó- 
nicamente que todo aquello era ridículo. Natural- 
mente, siendo ridículo ¿qué iba á hacer un hombre 
como él allí? Además, anunció que tenía sueño y 
éste era ya un argumento sobradamente poderoso 
sin necesidad del primero. La Nati tal vez hubiera 
desistido también de subir; pero se creía en la obli- 
gación de aguardar á Rafael. 

En una habitación bastante sucia del Gobierno 
esperaban la Amparo y Manolito Dávalos cuando 
Nati se les juntó. El maníaco marqués estaba tan 
tembloroso, tan desencajado y lívido como si sobre 
él pesase una terrible desgracia. Su confusión y 
dolor se aumentaron cuando Amparo le ordenó 
marcharse: no convenía que le viese Salabert allí. 
Rogó con los mayores extremos que le permitiese 
aguardar el fin de la aventura; pero fué en vano. 
No pudiendo conseguirlo salió al cabo de la estancia, 
pero fué para rondar por los alrededores del edifi- 
cio como un perro fiel. Pocos momentos después, la 
Amparo fué llevada al despacho de uno de los ofi- 
ciales, que la recibió sin miramiento alguno, sin 



LA ESPUMA 



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levantarse del sillón y hablándola en un tono auto- 
ritario que la produjo gran irritación. La bilis se le 
revolvió en el estómago. En poco estuvo que no se 
desvergonzase con aquel mequetrefe; pero el temor 
de la cárcel la contuvo. Sin embargo, á pesar de su 
paciencia , no estuvo en mucho que fuese : si no 
llegan á la sazón el duque de Requena y Rafael hu- 
biera sido más que probable. 

Salabert entró resoplando como de costumbre. 
A este resuello debía, quizá, parte del respeto que 
en todas partes inspiraba. Sólo un hombre con cien 
millones de pesetas de capital se podía autorizar 
tanto resoplido y escupitajo. El oficial se turbó un 
poco á su vista, y el banquero, con la perspicacia 
que le caracterizaba, supo aprovechar este predo- 
minio. 

— ¿De qué se trata, eh? Disputas de chicas... 
Algunos golpes... Nada entre dos platos... Esto 
se arregla en dos segundos ... Tú , chiquita , á la 
cama... Mañana la darás un beso; la regalarás un 
brazalete... Todo arreglado: todo arreglado, — co- 
menzó á gruñir con el desenfado del que está en su 
casa. 

El oficial apenas tuvo valor para murmurar : 

— Señor duque, tendría mucho gusto en compla- 
cerle... pero mi obligación... 

— A ver, ¿dónde está Perico? ¿Ancla por ahí 
Perico? — preguntó con el mismo despotismo. 

— El señor Gobernador se ha retirado ya, — ma- 
nifestó el oficial. 

— Pues el secretario... ¿Dónde está el secreta- 
rio?. . . A ver, el secretario. 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Condujóronle á su despacho y se encerró con él. 
Al cabo de unos minutos salió con las mejillas un 
poco más amoratadas. El secretario le despidió á la 
puerta con una fina sonrisa burlona. La Amparo se 
acercó y le preguntó : 

- — ¿Está arreglado el asunto? 

— Por ahora, sí, — respondió mordiendo el sem- 
piterno cigarro. 

— Pues quiero irme en tu coche, — dijo, bajando 
la voz. 

La fisonomía del banquero se oscureció. 

— Demasiado sabes que no puede ser. 

— ¿Que no puede ser?. . . Ahora verás. . . Dame el 
brazo. . . En marcha. 

Y cogiéndose con fuerza de su brazo le empujó 
hacia la escalera seguido de Nati y Rafael entre 
las miradas atónitas del oficial, del inspector y de 
los tres ó cuatro empleados que allí había á tales 
horas. 

Una vez en la calle , la hermosa tirana ofreció su 
coche á Nati y Rafael , y se metió sin vacilar en 
el del duque, que la siguió taciturno pero sumiso. 
Los nervios de la antigua florista se desataron así 
que se vió á solas con su querido. Las palabras 
más soeces del repertorio de los cocheros de punto 
brotaron á sus labios temblorosos; pateó, juró, re- 
chinó los dientes , profirió mil estúpidas amenazas. 
Por último, cogiendo al banquero por la solapa 
de su gabán de pieles, le dijo atropellándose por 
la ira : 

— Por supuesto; esos dos puercos, el empleado y 
el inspector, quedarán á escape cesantes. 



LA ESPUMA 



29 



— Veremos, veremos, — respondió el duque, in- 
quieto y confuso. 

— Ya está visto. Hasta que me traigas su ce- 
santía no te presentes en mi casa, porque no te 
recibo. 



II 



LOS AMORES DE RAIMUNDO 



La nueva aventura amorosa de Clementina se 
desenvolvía de un modo tan pueril como grato para 
ella. Después de aquella inoportuna vuelta de ca- 
beza, que tanto la había avergonzado, se guardó 
bien, durante algunos días, de mirar hacia atrás, 
aunque el saludo que mandaba á Raimundo fuese 
cada vez más expresivo y afectuoso. El capricho 
(por no darle mejor nombre, pues no lo merecía,) 
fué echando, no obstante, tanta raíz en su imagina- 
ción , que conchvyó por volverse otra vez , y al día 



32 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



siguiente también, y al otro, igual, encontrando 
siempre los gemelos del joven clavados sobre ella. 
Por fin , un día se volvió desde la esquina y le hizo 
un nuevo saludo con la mano. 

« Yamos , he perdido la vergüenza » , murmuró 
después poniéndose colorada. Y tan verdad era, 
que desde entonces no pasó otra vez sin hacer lo 
mismo. 

Pero aquella situación , aunque graciosa y origi- 
nal, iba parecióndole pesada. Su temperamento fo- 
goso no la permitía gozar jamás con tranquilidad 
del presente, la impulsaba á buscar con afán un 
más allá, á precipitar los acontecimientos, aunque 
muchas veces, en lugar del placer apetecido, que- 
dase envuelta en los escombros del alcázar qae su 
fantasía había levantado. En esta ocasión, sin em- 
bargo, tenía mejores motivos que otras veces para 
desear salir de ella. Era tan falsa, que tocaba en 
los lindes de lo ridículo. A solas consigo misma 
solía confesárselo. 

«La verdad es que, bien mirado, yo le estoy 
haciendo el oso á ese muchacho. Parezco una dama 
de la isla de San Balandrán». 

Mas, aunque todos los días se proponía dar un 
corte á aquella aventura no saliendo más á pie, ó 
cruzando por delante de la casa de Raimundo sin 
levantar la mirada, ó, á todo más, dirigiéndole un 
saludo frío, es lo cierto que no tenía fuerza de 
voluntad para llevar á cabo su propósito : ni siquiera 
para dejar de enviar el consabido adiós desde la 
esquina. Una cosa la preocupaba sobremanera, y es, 
que el joven, viendo las claras señales que ella daba 



LA ESPUMA 



33 



de arrepentimiento, las pruebas un tanto humillan- 
tes de su simpatía hacia él, no se apartase de la 
obediencia, no la siguiese jamás ni buscase ocasión 
de encontrarse con ella en el paseo. Esto, á la larga, 
iba irritando su amor propio. Parecía que aquel 
señor tomaba con demasiada afición el papel con- 
trario. Pensando en esto, algunas veces llegó á en- 
colerizarse: pero al cruzar de nuevo por delante de 
él le veía tan risueño, tan feliz, con tales deseos 
de saludarla, que el negro fantasma de la soberbia 
se desvanecía , y entraban de nuevo en su pecho á 
torrentes la simpatía y el caprichoso deseo de amar 
y ser amada de aquel niño. 

¿En qué pararía todo aquello? En nada proba- 
blemente. Sin embargo , hacía lo posible porque 
siguiese adelante y cuajase; no cabía duda. Al ver 
paralizado su deseo por causas que no podía definir 
claramente , crecía y se transformaba poco á poco 
en áspero apetito. Una tarde en que el desencanto 
y la amargura habían invadido su pecho, en que 
iba pensando seriamente , al caminar por la calle de 
Serrano, en abandonar por completo aquella ridicula 
aventura, al pasar por debajo del mirador después 
de haber saludado al joven, sintió caer sobre ella un 
puñado de flores deshechas. Levantó la vista com- 
prendiendo que era él quien se lo arrojaba y le envió 
una afectuosa sonrisa de reconocimiento. Aquella 
lluvia refrescó su alma, reanimó su desmayado ca- 
pricho. Entonces se puso á buscar con afán un medio 
de acercarse nuevamente á Raimundo. Pensó en es- 
cribirle pidiéndole perdón de su visita y sus palabras 
severas; pero ya era tarde para ello. Después ima- 

3 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ginó que acaso entre sus amigos, particularmente 
entre los periodistas , hubiese alguno que le cono- 
ciera y por el cual le podía enviar un recado de 
atención. Lo desechó como peligroso. Hasta se le 
pasó por la cabeza hacerle seña para que bajase y 
darle una explicación de palabra; pero tampoco osó 
hacerlo. Era demasiado humillante. 

La casualidad vino en su ayuda, resolviendo el 
asunto á su placer, cuando menos lo pensaba. Una 
noche se encontraron en el teatro de la Comedia. 
Raimundo, que transcurrido el año de luto solía ir 
de vez en cuando , estaba con su hermana en las 
butacas. Ella ocupaba un palco bajo frente á ellos. 
Se saludaron cariñosamente , y durante largo rato 
hubo entre el joven y la hermosa dama un tiroteo 
de miradas y sonrisas que llamó extremadamente 
la atención de Aurelia. 

— ¿Pero qué es esto? ¿Has vuelto á hablar con 
esa señora? 

— No. 

— Entonces, ¿qué significa tanta sonrisa? Pare- 
céis amigos íntimos. 

— No sé, — replicó el joven algo confuso. — Se 
manifiesta muy afectuosa conmigo. Quizá suponga 
que me ha ofendido cuando fué á casa y quiera des- 
agraviarme. 

En el primer entreacto Aurelia recibió un her- 
moso ramo de camelias que le trajo una florista. 

— De parte de aquella señora que está en el palco 
número once. 

La niña alzó los ojos y vió á Clementina que la 
miraba risueña, Los dos hermanos dieron las gra- 



LA ESPUMA 



35 



cias con fuertes cabezadas. Aurelia se puso muy 
colorada. 

— ¿No te parece, — le dijo su hermano, — que 
debo subir á dar las gracias á esa señora? 

Era natural. Raimundo , cuando bajó el telón por 
segunda vez, la dejó por unos instantes sola y subió 
al palco de la dama. Una sonrisa feliz iluminó el 
semblante de ésta al ver al joven en la puerta. Le 
recibió como á un antiguo amigo, le mandó sen- 
tarse á su lado y entabló con él plática reservada , 
dejando en completo abandono á su obligada com- 
pañera Pascuala. Por fortuna para ésta no tardó en 
llegar Bonifacio, que no tomaba jamás butaca 
cuando sabía que la familia de Osorio tenía palco 
en algún teatro. 

— Yeo con satisfacción que no me guarda usted 
rencor, ■ — le dijo en voz baja dirigiéndole una larga 
mirada insinuante. — Hace V. bien. Eso prueba que 
tiene Y. corazón y talento. Le confieso con toda in- 
genuidad que me equivoqué de medio á medio en la 
apreciación de su conducta y su persona. Es tan 
cierto esto que cuando salí de su casa de buena gana 
me hubiera vuelto á pedirle á Y. perdón. . . Si no de 
palabra, con los ojos y el gesto debió Y. comprender 
que se lo he pedido después muchas veces. . . 

Todavía le dió otros tres ó cuatro pases superio- 
res, de verdadero maestro, con los cuales arregló la 
cabeza al pobre Raimundo, esto es, le dejó inmóvil, 
confuso, fascinado, como ella le quería, en suma. 
Al mismo tiempo explicó con habilidad aquellas 
manifestaciones de simpatía un poco extrañas cuyo 
recuerdo la avergonzaba. 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Sin dejarle tiempo á reponerse le preguntó con 
interés por su hermanita, por su vida, por sus ma- 
riposas. Raimundo contestaba á sus preguntas con 
sobrado laconismo, no por frialdad, sino por su falta 
de mundo. Pero ella no se desconcertaba: seguía 
cada vez más cariñosa envolviéndole en una red de 
palabritas lisonjeras y de miradas tiernas. Cuando 
más embebida y aun puede decirse entusiasmada se 
hallaba reconquistando á su juvenil adorador, be 
aquí que aparece en el pasillo de las butacas Pepe 
Castro, correctamente vestido de frac, las puntas del 
bigote engomadas, finas como agujas, los bucles 
del cabello pegados coquetamente á las sienes, el 
aire suelto, varonil, displicente. Derramó primero 
la mirada fascinadora, olímpica, por las butacas, 
dejando temblorosas y subyugadas á todas las niñas 
casaderas que por allí andaban esparcidas, y des- 
pués, con arranque sereno como el vuelo de un 
águila, alzóla al palco número once. No pudo repri- 
mir un movimiento de sorpresa. ¿Con quién hablaba 
Clementina tan íntimamente? No conocía á aquel 
joven. Le dirigió sus diminutos gemelos. Nada, no 
le había visto en su vida. Clementina, que advirtió 
la sorpresa de su amante , después de responder al 
saludo redobló su amabilidad con Raimundo, vol- 
viéndose enteramente hacia él, acercando el rostro 
para hablarle, haciendo mil monerías destinadas á 
llamarla atención del noble salvaje y á preocuparle. 
Sentía un goce maligno en ello. Castro había lle- 
gado á serle indiferente. Dirigió éste por largo rato 
los gemelos á Raimundo de un modo impertinente y 
hasta provocativo. Nuestro joven le pagó con algu- 



LA ESPUMA 



3\ 



ñas inocentes miradas de curiosidad, porque no tenía 
el honor de conocer al terror de los maridos. 

Comprendiendo que su hermana estaría impa- 
ciente , aunque desde el palco no la perdía de vista , 
se alzó de la silla para despedirse. 

— Seremos amigos ¿verdad? — le dijo la hermosa 
dama reteniéndole por la mano. — Muchos recuerdos 
á su hermanita. Ne- 
cesito darle una sa- 
tisfacción de aquella 
brusca y extraña vi- 
sita, y se la daré. Dí- 
gale Y. que uno de 
estos días la voy á 
sorprender en medio 
de sus faenas case- 
ras... Me interesan 
ustedes muchísimo, 
dos hermanitos tan 
jóvenes viviendo so- 
los. . . Adiós , Alcá- 
zar: lo dicho. 

Cuando bajó del 
palco un poco atur- 
dido y se sentó de 
nuevo al lado de Au- 
relia, le dijo ésta : 

— ¡ Qué hermosa es esa señora ! . . . Pero yo sigo 
creyendo que no se parece á mamá. 

Raimundo, que no se acordaba en aquel momento 
de tal parecido, sintió un leve estremecimiento y 
balbució : 




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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Pues yo le encuentro un cierto aire. . . 

Ahora ya no era más que aire. El joven comen- 
zaba á sentir remordimientos. La impresión que 
Clementina le causaba no era la misma de respe- 
tuosa devoción que antes de haber trabado de tan 
singular manera conocimiento con ella. 

Pepe Castro, así que le vió en las butacas, comenzó 
á mirarle con fijeza tratando sin duda de analizarle. 
Como quiera que aquel muchacho rubio no pertene- 
cía á la elevada sociedad que él frecuentaba, pasó- 
sele por la imaginación (porque tenía imaginación y 
todo), que bien pudiera ser el mismo perseguidor de 
quien tanto se había quejado en otro tiempo Cle- 
mentina. Como es natural, esta sospecha no le excitó 
á mirarle con más simpatía. Raimundo estaba tan 
atento á contemplar el palco de la señora de Osorio, 
que no reparó en la provocativa insistencia del te- 
norio. Este, cansado al fin, subió á saludar á su que- 
rida. Sentóse á su lado, en la misma posición que un 
momento antes había estado Raimundo, quien al 
verle de esta suerte sintió un extraño malestar, cierta 
vaga tristeza que no trató de definir. Sin embargo, 
observó que la dama estaba muy risueña y el gallardo 
caballero muy serio, y que á ella no le faltaba tiempo 
para echar frecuentes miradas á las butacas , lo cual 
ponía al otro cada vez más enfurruñado y sombrío. 

— ¿Has reparado cómo te mira esa señora? — 
preguntó Aurelia á su hermano. — Parece como si 
le gustases. 

— ¡Qué tontería! — exclamó él ruborizándose. — 
¡Vaya un buen mozo que soy yo ! Si fuese el caballero 
que ahora tiene al laclo... 



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Aurelia protestó riendo. No, su hermano era más 
guapo que aquel soldado de cromo con rosetas en las 
mejillas como las bailarinas. 

Cuando terminó la representación, Raimundo pudo 
ver, no sin cierto sentimiento de celos, á Clementina 
aguardando en el vestíbulo su lando en compañía 
del mismo caballero. Saludóle aquélla con tanto 
afecto, que Castro, cada vez más inquieto, volvió á 
dirigirle una larga ó intensa mirada de análisis. 

Por espacio de algunos días el joven entomólogo 
esperó con zozobra que Clementina se detuviese á la 
puerta de su casa y subiera á cumplir la promesa. 
Sus esperanzas quedaron defraudadas. La dama cru- 
zaba como siempre con su pasito vivo y menudo, le 
saludaba cariñosamente primero, y desde la esquina 
volvía á hacerle el consabido adiós con la mano. 
Cada vez que salvaba la puerta , el corazón de Rai- 
mundo se encogía, se ponía de mal humor. «Vaya, 
se le ha olvidado, decía para sí: no volveré á hablar 
más con ella, como la casualidad no nos vuelva á 
juntar en algún sitio.» Empezó á ayudar á la casua- 
lidad asistiendo con más frecuencia al teatro de la 
Comedia, pero no logró verla. Al teatro Real, donde 
seguramente estaba, no se atrevía á ir por el temor 
ele que pensase que aun duraba la persecución. Por 
qué se le había metido en la cabeza que había de 
subir á su casa precisamente á aquella hora y no á 
otra, no lo podemos explicar. Lo que sí afirmare- 
mos es que fueron inmensos su asombro y turbación 
cuando una mañana Clementina se dejó entrar por la 
casa. Preguntó desde luego por la señorita. Aurelia 
la recibió en la sala y pasó inmediatamente recado 



4(3 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



á su hermano. Cuando éste se presentó, la dama 
estaba instalada en el sofá charlando con el desem- 
barazo de una amiga que el día anterior les hubiese 
visitado. 

— ■ Conste que esta visita no es para V. , — le dijo 
sonriendo y tendiéndole su mano enguantada. 

— No me atrevería yo á imaginarlo, señora.- — 
replicó él apretándosela tímidamente. 

— ¡Por si acaso! No le creo á Y. fatuo, pero las 
mujeres debemos siempre vivir prevenidas. 

En la soltura y en el tono jocoso que adoptaba se 
podía advertir cierta afectación. Su voz estaba 
ligeramente alterada, y alrededor de los ojos había 
esa palidez que denuncia siempre la emoción que 
embarga el espíritu. La visita fué corta, pero en 
ella tuvo tiempo para lisonjear á la niña con muchas 
palabras delicadas, con efusivos ofrecimientos. La 
hizo prometer que iría á verla algiín día. Si no le 
gustaba la sociedad, que fuese por la tarde y charla- 
rían un rato sólitas. La enseñaría su casa y algunas 
labores. La orfandad y la juventud de Aurelia la 
impresionaban: ya que ella tenía la dicha de pare- 
cerse á su madre un poco, como afirmaba Raimundo, 
se creía con cierto derecho á su afecto. 

— Nada; cuando Y. se aburra aquí sola, se viene 
usted á mi casa que está cerquita , y nos aburriremos 
juntas, que siempre es más llevadero. 

La pobre Aurelia , confundida por aquella amabi- 
lidad y charla mundanales, no hacía más que son- 
reír. Cuando se levantó para despedirse, dijo: 

— Queda usted encargado , Alcázar , de recor- 
dar á Aurelia su palabra. En cuanto á usted puede 



LA ESPUMA 



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hacer lo que guste. Con los sabios no me atrevo 
á insistir porque se les molesta cuando menos se 
piensa. . . 

Habiendo recobrado por completo su aplomo les 
hablaba en un tono amable, protector, un poco 
maternal. Todavía en la escalera les entretuvo unos 
momentos con su conversación desenvuelta é insi- 
nuante á la vez y les reiteró con gracia todos sus 
ofrecimientos. No consintió que Raimundo la acom- 
pañase. Se fué sola dejando una estela perfumada 
que éste aspiró con más placer que su hermana. 
Porque Aurelia luego que cerraron la puerta guardó 
silencio: á las frases de elogio que Raimundo tributó 
calurosamente á la dama, asintió en un tono lacó- 
nico que le apagó los fuegos. 

Hay que confesarlo : la impresión primera de ado- 
ración filial que Clementina inspiró al joven ento- 
mólogo se había ido desvaneciendo poco á poco ó, 
por mejor decir, confundiendo con otra inclinación 
menos santa, aunque guardando algo de ella. Como 
en todos los hombres alejados del trato de mujeres, 
dedicados exclusivamente al estudio, la visión del 
sexo y el reconocimiento de la ley divina del amor 
fueron vivos é intensos. Al día siguiente de la visita 
de Clementina ya quería que Aurelia se la pagase, 
manifestando por supuesto tal deseo tímidamente 
y con palabras embozadas. Pero su hermana le de- 
mostró la conveniencia de aguardar algún tiempo 
y él se resignó. Al fin se realizó la visita. Aurelia 
pasó una tarde en el boudoir de la señora de Osorio. 
Raimundo, después de muchas vacilaciones, no se 
atrevió á ir con ella. 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



A los tres ó cuatro días se presentó de nuevo Cle- 
mentina en casa de los jóvenes á convidarles para ir 
por la noche al Real. Fué un verdadero apuro para 
ellos. Raimundo no tenía frac. Aurelia no poseía 
tampoco un guardarropa muy provisto. Sin embargo, 
fueron. Un pariente prestó al joven su frac, y Au- 
relia se puso los mejores trapitos del armario. Al 
día siguiente Raimundo se encargó un traje de eti- 
queta en la mejor sastrería de Madrid, y no sólo 
hizo esto, sino que también, sin dar parte á su her- 
mana , fué á la contaduría del teatro Real y tomó 
un abono de butaca cerca de la platea de Osorio, en 
el mismo turno. 

La intimidad creció pronto entre ellos gracias á 
los esfuerzos de Raimundo. Porque su hermana, 
aunque elogiaba también la amabilidad de su nueva 
amiga , oponía una resistencia sorda y pasiva á 
frecuentar su trato. Por más que hacía no lograba 
borrar de su espíritu la manera extraña de comen- 
zar aquella amistad, ni se le podía ocultar el fondo 
de falsedad que en ella existía. Conociéndolo Rai- 
mundo procuraba con afán desvanecer sus apren- 
siones, unas veces directa, otras indirectamente. Era 
Aurelia una muchacha más bien fea que linda , 
como ya hemos dicho, de buen sentido y de honrado 
corazón. La adoración que sentía por Raimundo, 
inculcada por su difunta madre, no le impedía cono- 
cer las partes flacas de su carácter, débil, impresio- 
nable con exceso y pueril. Realmente en este aspecto 
ella representaba el elemento masculino y él el 
femenino dentro de la casa. Lloraba él con extre- 
mada facilidad; ella difícilmente. Sentía él extrañas 



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aprensiones, desfallecimientos, á veces verdaderas 
alucinaciones; ella tenía el sistema nervioso perfecta- 
mente equilibrado : era sana y maciza; él , enfermizo 
y lacio. En los meses que siguieron á la muerte de la 
madre, Raimundo, sacando fuerzas de flaqueza con 
la idea de proteger á su hermana, se había mostrado 
más resuelto y varonil: andando el tiempo el tempe- 
ramento recobró sus derechos, cayó de nuevo en sus 
manías pueriles, en su impresionabilidad femenil, 
al paso que ella se crecía descubriendo un tempera- 
mento firme, equilibrado y recto. 

No le costó mucho trabajo á Clementina someter, 
fascinar enteramente al joven naturalista. Unas ve- 
ces yendo los chicos á su hotel, otras yendo ella á 
casa de los chicos ó llevándolos consigo al teatro ó 
al paseo, se veían la mayor parte de los días. Pepe 
Castro, la primera noche que encontró á Raimundo 
en el salón de Osorio comprendió perfectamente lo 
que pasaba, y se llenó de despecho. 

— A esta grandísima. . . le da ahora por los bebés, 
— murmuró rechinando los dientes. — Todas las per- 
didas concluyen por estas extravagancias. 

Pensó en dirigirse al joven y provocarle; mas no 
tardó en persuadirse de que este paso sería para él 
desastroso. ¿Qué iba ganando en ello? Absoluta- 
mente nada porque Clementina le detestaría, y el es- 
cándalo pondría de manifiesto su derrota, tanto más 
vergonzosa cuanto que. el vencedor era un chicuelo 
absolutamente desconocido. Determinóse, pues, pru- 
dentemente á no dar su brazo á torcer ante el mundo 
y á alejarse de su querida temporalmente, dejándola 
que satisficiese su capricho. Quizá más adelante. 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



cansada de triscar con aquel corderillo, volvería la 
oveja al redil. 

Raimundo no era tan niño como Castro le supo- 
nía, pues contaba veintitrés años cumplidos: pero 
tenía una figura infantil y delicada que no le de- 
jaba aparentar más de diez y ocho. Su salud era 
vacilante y quebradiza. Padecía frecuentes ataques, 
sobre todo desde la muerte de su madre, en que 
perdía unas veces la vista, otras el habla, con otra 
variedad de fenómenos extraños que por fortuna 
duraban poco tiempo. Además se veía acometido de 
profundas melancolías, crisis violentas que termi- 
naban por un llanto copioso y prolongado como en 
las mujeres histéricas. La vista de las arañas le 
producía espasmos : el bisturí de un médico le estre- 
mecía. La aprensión de volverse loco le hacía pade- 
cer horriblemente algunas veces : otras era el temor 
de suicidarse contra su propia voluntad. Jamás 
tenía ninguna arma al alcance de la mano, y por el 
miedo de arrojarse desde el balcón llegó á cerrar de 
noche el de su cuarto con candado, entregando la 
llave á su hermana, que era la única testigo y con- 
fidente de estos desvarios. Su temperamento y la 
educación afeminada que había tenido eran la causa 
de ellos. Guardábalos , sin embargo, con cuidado 
como todos los que los padecen, que son más de los 
que se piensa, y procuraba con grandes esfuerzos 
refrenarse comprendiendo el ridículo que cae sobre 
los hombres así constituidos. 

Cualquiera se representará bien lo que pasaría 
por este muchacho cuando una mujer tan hermosa, 
tan coqueta y tan experimentada como Clementina 



LA ESPUMA 



45 



se resolvió á hacer su conquista. Primero su extre- 
mada timidez le impidió darse cuenta de la con- 
ducta de la dama. Pensaba que aquellos saludos 
afectuosos , aquellas sonrisas no eran más que la 
expresión de una súbita simpatía que su orfandad 
había excitado en ella. To- 
davía, cuando trabó amistad 
con ellos y se multiplicaron 
las señales de su inclinación, 
y su hermana le dió la voz de 
alerta , no pudo imaginarse 
que pudiera existir entre am- 
bos otra cosa que una amis- 
tad más ó menos estrecha, 
protectora y maternal por 
parte de ella , rendida y fer- 
vorosa por la de él. Sin em- 
bargo, el elixir de amor que 
gota á gota iba dejando caer 
Clementina en sus labios, lle- 
gó al fin al corazón. Cuando 
menos lo pensaba se encon- 
tró enamorado, loco. Pero al 
tiempo que hizo este descu- 
brimiento le acometió una 

vergüenza inmensa, pensó que jamás tendría el 
valor de declarárselo. Si por un lado la conducta de 
su ídolo con él, los constantes testimonios de sim- 
patía que le prodigaba, se prestaban á forjarse ilu- 
siones, parecíale tan extraño ó inverosímil que un 
hombre tímido, inexperto, desprovisto de atractivos 
mundanos pudiese obtener los favores de señora tan 




ARMANDO PALACIO VALDÉS 



rica y tan herniosa, que al instante las abandonaba 
ó se mecía en ellas dulcemente á sabiendas de que 
eran pura quimera. Además, no podía librarse de los 
agudos remordimientos que de vez en cuando le 
asaltaban. Aquella señora se parecía á su madre, no 
cabía duda; por esto solo se había fijado en ella, y 
había sido su perseguidor callejero algún tiempo. 
¿No era una verdadera profanación, una cosa abo- 
minable que la imagen de su madre le inspirase 
deseos carnales? 

Pues á despecho de estos remordimientos, de su 
invencible timidez y de los clamores de la razón , 
Raimundo se sentía cada día más subyugado por 
aquella mujer. Verdad que Clementina puso enjuego 
todas las armas de que disponía, que no eran pocas 
ni mohosas todavía. A medida que aumentaba la 
timidez de su juvenil adorador crecía en ella la osa- 
día y el aplomo. En el amor esto pasa casi siempre: 
pero aquí , por las circunstancias especiales de am- 
bos, adquiría mayor relieve. La timidez en él llegó 
á ser una enfermedad, una cosa extraña, de cuya 
ridiculez se daba perfecta cuenta sin que por medio 
alguno pudiese vencerla. Al contrario, cuantos más 
esfuerzos hacía para adquirir aplomo y desembarazo 
delante de ella, mejor se mostraba la emoción que 
le embargaba. Al principio la hablaba con cierta 
serenidad, se autorizaba alguna bromita ó frase 
ingeniosa; después esta serenidad se fué perdiendo, 
las bromas cesaron : no se podía acercar á ella sin 
turbarse , no podía darle la mano sin un leve tem- 
blor: si la dama le miraba fijamente, sus mejillas se 
encendían. 



LA ESPUMA 



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Clementina no podía menos ele sonreír ante esta 
inocente alborada de amor. Gozaba con ella llena de 
curiosidad, alegre de sentirse aún bastante hermosa 
para inspirar á un niño tan rendida pasión. Unas 
veces se entretenía malignamente en atortolarle, en 
ponerle colorado, mostrándose viva y desenvuelta 
como una chula; otras se placía en seguirle el hu- 
mor apareciendo melancólica, dirigiéndole miradas 
tímidas como una colegiala; otras, en fin, le trataba 
con tierna familiaridad, enterándose de su vida, de 
sus actos y sus pensamientos, como una madre ó una 
hermana cariñosas. Entonces era cuando Raimundo 
recobraba un poco de libertad y osaba mirar á la 
diosa cara á cara. Clementina le embromaba á me- 
nudo por sus aficiones científicas, entraba en su 
despacho y dejaba esparcidos por la mesa ó por el 
suelo los cartones de las mariposas. Esto, que si 
otra persona lo ejecutase produciría en la casa una 
catástrofe, hacía reir al joven naturalista. 

Comenzaba á susurrarse entre los íntimos de la 
dama algo sobre estos sus nuevos y extravagantes 
amores, adelantándolos, por supuesto, mucho más 
de lo que en realidad estaban. Una noche de comida 
y tresillo, decía Pepa Frías á tres ó cuatro elegantes 
salvajes que estaban en torno suyo discutiendo el 
asunto : 

— Desengáñense ustedes, Clementina concluye 
enamorándose de un perro de Terranova ó de un 
periodista. 

Cuando entraba Raimundo en el salón con su ca- 
beza de querubín rubia y melancólica , con su aire 
humilde y embarazado, todas las miradas se posaban 



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AE MANDO PALACIO VALDÉS 



sobre él con curiosidad; había sonrisas, murmullos, 
frases ingeniosas y estúpidas. Se le discutía. En 
general, entre los hombres sobre todo, juzgábase 
ridicula la conducta de la esposa de Osorio : pero 
algunas damas miraban con simpatía al mancebo, 
encontraban muy agradable su aire candoroso, y 
comprendían el capricho de Clementina. Hubo entre 
ellas quien procuró seducirlo. 

Era ya nuestro joven considerado como amante 
oficial de Clementina, cuando aún no la había 
rozado con los labios la punta de los dedos ni so- 
ñaba con ello. Sin embargo, el amor iba haciendo 
tales progresos en su pecho, que temía caer el día 
menos pensado de rodillas ante ella como los gala- 
nes de comedia. Sufría horriblemente á la menor 
señal de desdén, y gozaba como un ángel cuando 
la clama le expresaba de cualquier modo su afecto. 
Clementina no tenía prisa en hacerle amante afor- 
tunado, aunque estaba decidida á ello. Le gustaba 
prolongar aquella situación, observando con secreto 
placer la marcha de la pasión y los fenómenos que 
ofrecía en el joven. Hastiada ele los devaneos corte- 
sanos, encontraba vivo atractivo en ser adorada de 
aquel modo frenético y mudo, en desempeñar el 
papel de diosa. Una mirada suya hacía empalidecer 
ó enrojecer á aquel niño, una palabra le alegraba ó 
le entristecía hasta la desesperación. 

Raimundo iba al Real todas las noches que le 
tocaba el turno á- Clementina : subía al palco á 
saludarla, y muchas veces, por exigencia de ella, 
se quedaba allí uno ó dos actos. En estas ocasiones 
solía la clama retirarse al antepalco y charlar con 



LA ESPUMA 



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él íntimamente á la sombra discreta de las cortinas. 
Cuando se cansaba , ó en la escena se cantaba una 
pieza de empeño, guardaba silencio, volvía la es- 
palda al joven y escuchaba un rato. Raimundo, 
guardando en los oídos el eco de su voz y en su 
corazón el fuego de sus miradas , quedaba también 
silencioso, más atento, en verdad, ala música que 
sonaba dentro de su alma , que á la que venía del 
escenario. Seguro de no ser observado, contem- 
plaba con religiosa atención la alabastrina espalda 
de su ídolo, los finísimos y dorados tolanos de su 
cuello, acercaba la cabeza con pretexto de mejor 
escuchar y aspiraba el perfume que se desprendía 
de ella, cerrando los ojos y embriagándose durante 
unos instantes. Una noche, tanto pegó el rostro á 
la cabeza de la dama, que ¡oh prodigio! se arrojó 
á rozar con los labios sus cabellos peinados hacia 
abajo en trenza doblada. Después que lo hizo se 
asustó terriblemente y escrutó con anhelo si Cle- 
mentina lo había sentido : la dama continuó impa- 
sible, extática, escuchando la miísica : sin embargo, 
por sus claros y hermosos ojos resbalaba una leve 
sonrisa que el joven no pudo advertir. Alentado con 
este éxito, siempre que ella traía el cabello peinado 
de tal forma, con mucho disimulo y después de 
largos preparativos y vacilaciones osaba posar los 
labios sobre él. Aquella sensación era tan viva, tan 
deliciosa, que la guardaba muchos días en la boca 
y le hacía feliz. Pero una noche, ó porque la dama 
estuviese de mal humor, ó porque se gozase en mor- 
tificarle un poco, le trató con bastante despego 
mientras estuvo en el palco, le dejó abandonado á 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Pascuala mientras ella charlaba placenteramente 
con uno de sus jóvenes y aristocráticos amigos. El 
pobre Raimundo se abatió con este desprecio de 
un modo horrible: ni siquiera tuvo fuerzas para 
despedirse; estaba pálido, demudado; una arruga 
dolorosa surcaba su frente. Clementina le echaba 
de vez en cuando miradas furtivas. Cuando el 
joven aristócrata se levantó para irse, también 
quiso hacer lo mismo. La dama le retuvo por la 
mano. 

— No: quédese un momento, Alcázar. Tenemos 
que hablar. 

Y se retiró como otras veces al antepalco y co- 
menzó á charlar con la amabilidad y franqueza de 
siempre. El joven cobró aliento. Pero cuando ella 
le volvió la espalda para escuchar la ópera, estaba 
tan alterado arin y confuso que no se atrevió á 
besar el cabello, aunque el peinado era bajo y la 
ocasión más propicia que nunca. 

Al cabo de un rato, Clementina se volvió ele 
pronto y le dijo en voz baja: 

— ¿Por qué no besa Y. hoy el pelo como otras 
noches? 

La emoción fué inmensa, abrumadora. La sangre 
se le agolpó toda al corazón y quedó blanco como 
un cadáver: después le subió al rostro y se puso 
como una amapola. 

— ¡ Yo ! . . . ¡El pelo ! — balbució miserablemente. 

Y tuvo que agarrarse con fuerza á la silla para 
no caer. 

— ¡No se asuste Y., hombre! — exclamó ella 
posando cariñosamente su mano sobre la de él. — 



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Cuando yo lo he consentido es prueba de que no me 
desagradaba. 

Pero viendo que le miraba con ojos extraviados, 
como si no comprendiese, añadió con desenfado y 
riendo : 

— ¿Acaso se figura que yo no sé que me quiere 
un poquito? 

— ¡ Oh! — dijo el joven con un grito comprimido. 

— Sí, lo sé hace tiempo, — continuó bajando más 
la voz y acercando la boca á su oído. — Pero usted 
puede que no sepa 
una cosa: y es que 
yo también le quiero 
á usted. . . 

Y echando una rá- 
pida mirada hacia 
fuera para cerciorar- 
se de que no los ob- 
servaban, se apoderó 
de sus manos y le 
dijo caldeándole con 
su aliento las meji- 
llas : 

— Sí, te quiero, te 
quiero más de lo que 
te puedes imaginar... 
Yen mañana á las 
tres á casa. 

Clementina no con- 
taba con la femenil 
impresionabilidad de su adorador. La violenta emo- 
ción que acababa de experimentar unida á la dicha 




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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



que estas palabras evocaron en su pecho le trastor- 
naron de tal modo, que se echó á llorar como un 
niño. Entonces ella le empujó hacia un rincón y se 
alzó vivamente , tapando con su gallarda figura el 
espacio que la cortina dejaba descubierto. Su rostro 
hechicero resplandecía de felicidad. Si un pintor 
tuviese la fortuna de sorprender aquel momento y 
el don de fijarlo en el lienzo, podría representar, 
como nadie hasta hoy, á Dánae recibiendo en su 
prisión la conocida lluvia de oro. 

Fueron unos amores tiernos y poéticos , cándidos 
y voluptuosos á la par los de la hermosa dama y el 
joven naturalista. Para ella fué una resurrección de 
las impresiones dulces de la adolescencia madu- 
radas de pronto, transformadas en felices realida- 
des. Hasta entonces los devaneos que había tenido 
se parecían unos á otros tanto, que ya desde el 
comienzo llevaban dentro un germen de aburri- 
miento. Siempre le quedaba en el fondo del corazón 
un sentimiento de despecho contra aquellas relacio- 
nes que no le traían ninguna viva emoción, ni 
siquiera nuevos placeres. La de ahora ofrecía una 
originalidad que la encantaba. Su amante era un 
niño á quien casi doblaba la edad: había comenzado 
á adorarla por el parecido que la hallaba con su 
madre : aquel respeto y aquel amor filiales se trans- 
formaron con un soplo en pasión y deseo. Todo esto 
era gracioso, original; tenía un fondo estético que 
en ninguno de sus amores anteriores había encon- 
trado. Además, no pertenecía á la raza de los 
lechuguinos y petimetres con quienes tropezaba á 
todas horas en los sitios que frecuentaba, seres 



LA ESPUMA 



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cortados por un patrón, sin espontaneidad alguna, 
con los mismos vicios, las mismas vanidades y hasta 
los mismos chistes. Raimundo se apartaba de ellos, 
no sólo por su posición modesta y vida retirada, no 
sólo por su ilustración y talento, sino también, 
particularmente , por su carácter. ¡ Qué alma tan 
adorable la de aquel chico! ¡Qué inocencia, qué 
sensibilidad, qué delicadeza y qué fuerza para amar 
al mismo tiempo! Acostumbrada á la monotonía de 
los Pepes Castro, cada nueva fase psicológica, cada 
sacudimiento de entusiasmo, cada desmayo ó ale- 
gría ó pena que sucesivamente advertía en su ena- 
morado doncel, le producían una grata sorpresa. 
Escrutaba su espíritu, se metía dentro de él con 
afanosa curiosidad y á la vez con apasionado cariño. 
Le confesaba: le hacía narrar y describir cien veces 
sus sentimientos, sus recuerdos, sus propósitos y 
sus esperanzas. A veces le acometían dudas sobre 
aquel extraño amor. 

— ¿Pero de veras estás enamorado? ¿No consi- 
deras que yo soy una vieja?... ¿que puedo ser tu 
madre? 

Raimundo contestaba siempre con alguna caricia 
apasionada, con una húmeda mirada donde se leía 
el infinito de su pasión. 

Desde el primer día, Clementina le había tuteado 
á solas, acostumbrada á aquellas transiciones y 
conciertos secretos de mujer galante, que ahora fa- 
vorecía la diferencia de edad. Raimundo no podía 
acostumbrarse á darla el tú. Hacía esfuerzos por 
conseguirlo; pero á lo mejor volvía al usted y se- 
guía la plática tratándola de este modo, hasta que la 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



dama se irritaba y le reprendía ásperamente. «No; 
por más que lo negara, él la consideraba como una 
vieja: en todo se estaba echando de ver: si conti- 
nuaba de este modo perdería con él la confianza». 
Sin embargo, Clementina estaba equivocada en este 
punto : no tenía bastante penetración y delicadeza 
para comprender que el amor en Raimundo era, 
como en todos los seres verdaderamente sensibles, 
adoración extática más que deseo, esclavitud volun- 
taria, un enajenamiento de su propia vida para 
mejor vivir en la soberana de su corazón. Hay que 
hacerse cargo, además, de que hasta entonces no 
había experimentado jamás tal sentimiento. Alejado 
de la sociedad de las mujeres y sin echarlas de 
menos , quizá porque dentro de su casa tenía lo más 
grande y exquisito que ellas pueden dar, el cariño 
tierno, vigilante, la dulzura en la palabra, la abne- 
gación en todos los momentos: dedicado en absoluto 
al estudio y á su magnífica colección de mariposas, 
el encuentro con Clementina fué para él la revela- 
ción de ese mundo encantado, poético, que á casi 
todos se aparece más temprano. Aquel primer sus- 
piro de Venus al salir de la espuma del mar que 
repitió el Universo entero, sonó entonces en su alma 
y la estremeció dulcemente : su alma que estaba 
muda y triste como la Naturaleza antes que la diosa 
de la hermosura suspirase. Muy pocos hombres al- 
canzan una dicha parecida: poseer la primer mujer 
que se ama , llegar á tiempo para recoger el fruto 
sazonado del amor. Para Raimundo, esa inclinación 
tímida y anhelante del adolescente llena de zozo- 
bras y melancolías , se fundió con el amor de la 



LA ESPUMA 



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edad viril, apetitoso y sensual. ¿Qué extraño, pues, 
que absorbiera toda la energía de su ser, toda su 
inteligencia y todos sus sentidos? 

Desde aquella noche memorable no volvió á pen- 
sar más que en Clementina. Para él, el Universo se 
redujo de pronto al tamaño y á la forma de una 
mujer. No sólo se creyó obligado á vivir y respirar 
para ella, sino también á pensar en todos los instan- 
tes del día y hasta á soñar con ella por la noche. En 
un principio la dama le recibía en su casa; pero 
esto le pareció en seguida peligroso y feo, y alqui- 
laron un cuarto en la calle del Caballero de Gracia, 
un entresuelo pequeñito que amueblaron con ele- 
gancia. La vida de Raimundo experimentó un cam- 
bio radical. De aquel retiro absoluto en que vivía, 
pasó súbito al bullicio del mundo aristocrático; 
teatros, bailes, comidas, carreras de caballos y 
partidas de caza. Clementina le arrastraba sujeto á 
su carro, le exhibía en todos los salones sin desde- 
ñarse de él. Porque nuestro joven, de figura delicada 
y elegante, de carácter apacible y clara inteligen- 
cia, se hacía simpático donde quiera que entraba : á 
nadie le importaba gran cosa si era rico ó pobre, 
noble ó plebeyo. 

Aurelia le acompañaba algunas veces, pero siem- 
pre contra su gusto. Aunque no osaba contrariar la 
marcha adoptada por su hermano, era fácil de adi- 
vinar que la condenaba en el fuero interno, que se 
hallaba fuera de su centro en el hotel de Osorio. Se 
había hecho reflexiva y taciturna: su mirada, cuan- 
do la posaba en Raimundo, era profunda y melan- 
cólica, como si temiese una catástrofe. Clementina 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



la agasajaba cuanto podía; pero no lograba entrar 
en su corazón. Al través de las sonrisas de la niña, 
de su modestia y rubor, creía observar un senti- 
miento de hostilidad que á menudo la desconcer- 
taba. 

La esposa de Osorio continuaba desplegando el 
mismo boato, esparciendo profusamente el dinero á 
despecho de la ruina inminente de su esposo, que 
tanto había alarmado á Pepa Frías. Esta ruina no 
había estallado como se pensaba. El banquero logró 
conjurarla hábilmente, haciendo entender á los que 
tenían valores en sus manos, que de nada les serviría 
arrojarse repentinamente sobre él, pues no salva- 
rían ni un veinticinco por ciento del capital. En 
cambio, si aguardaban lo recuperarían entero y con 
su rédito : su mujer iba á heredar una fortuna in- 
mensa en breve plazo. Los acreedores entraron en 
razón , guardaron secreto acerca del estado de sus 
negocios y sólo exigieron que Clementina firmase, 
en unión con su marido, los pagarés renovados. 
Poco después , la suerte favoreció un poco en la 
Bolsa á Osorio y pudo aletear como antes , aunque 
bajo la mirada recelosa de los hombres de dinero, 
que le pronosticaban unánimemente la quiebra más 
tarde ó más temprano. Su esposa, viéndose en salvo, 
no volvió á pensar en estos enojosos asuntos. Tan 
sólo cuando iba á casa de su padre y veía el rostro 
pálido y demudado de D. a Carmen, sentía su cora- 
zón agitado por una extraña emoción que ella misma 
huía de definir, apresurándose á ahogarla con el 
ruido de los besos y las palabritas cariñosas. 

El amor de Raimundo lo hizo gozar extremada- 



LA ESPUMA 



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mente. Veíase envuelta, como nunca lo había es- 
tado, en una ola de pasión devota y exaltada que la 
acariciaba dulcemente. El papel de diosa la seducía. 
Gustaba de mostrarse unas veces amable y tierna, 
otras terrible, haciendo pasar á su adorador por 
todas las pruebas posibles á fin de cerciorarse bien, 
decía ella, de que era suyo, enteramente suyo. La 
costumbre de tratar con hombres muy distintos , no 
obstante, la hizo incurrir en fatales equivocaciones 
que atormentaron mucho al joven. Un día, después 
de haberse hecho servir el almuerzo en su cuarto del 
Caballero de Gracia, le dijo sonriendo: 

— Voy á hacerte un regalo, Mundo, (así le lla- 
maba por más cariño). 

Se levantó á buscar su manguito y sacó de él una 
cartera muy linda. 

— ¡ Oh ! es muy bonita, — dijo él tomándola y lle- 
vándola á los labios. — La traeré siempre conmigo. 

Pero al abrirla quedó consternado. Dentro había 
un montón de billetes de Banco. 

— Te has olvidado aquí el dinero, — dijo alargán- 
dole otra vez la cartera . 

— ~No me he olvidado. Es para ti también. 

— ¿Para mí? — exclamó él poniéndose pálido. 

- — -¿No lo quieres? — preguntó ella con alguna 
timidez poniéndose encarnada. 

— No; no lo quiero, — replicó él con firmeza. 
Clementina no se atrevió á insistir. Tomó de 

nuevo la cartera, sacó de ella los billetes, y la vol- 
vió á entregar al joven. Hubo unos instantes de 
silencio embarazoso. Raimundo apoyó el codo sobre 
la mesa , puso la mejilla sobre la mano y quedó 



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pensativo y serio. Ella le observaba con el rabillo 
del ojo entre colérica y curiosa. Al fin una sonrisa 
iluminó su rostro, levantóse de la silla, y cogiendo 
el del joven entre sus dos manos, le dijo en tono 
alegre: 

— Bien; este acto te enaltece; pero de mí podías 
tomar dinero sin desdoro. ¿No soy tu mamá? 

Raimundo se contentó con besar las manos que le 
aprisionaban. No se volvió á hablar de dinero entre 
ellos. 

Aquél conservaba en los modales y en las pala- 
bras, á pesar de sus veintitrés años, un sello infantil 
que á Clementina le placía sobremodo. La educa- 
ción afeminada y solitaria que había tenido era la 
causa principal. Engañábasele con suma facilidad 
y divertíasele lo mismo: no tenía esos aburrimientos 
negros de los hombres gastados : no se le ocurría 
jamás una frase irónica, incisiva, de las que aun 
entre enamorados suelen usarse. Sus alegrías eran 
bulliciosas y pueriles hasta rayar en ridiculas. Di- 
vertíase en correr por las habitaciones del pequeño 
entresuelo detrás de Clementina , ó en esconderse 
de ella y asustarla. Otras veces la entretenía con 
juegos de prestidigitación, en que era un poco inte- 
ligente; ó bien jugaban ambos á los naipes con 
extraordinaria atención y empeño, como si dispu- 
tasen algo de provecho; ó bien bailaban al son de 
algún piano mecánico que se paraba en las cerca- 
nías de la casa. Poníanse á comer confites y hacían 
apuestas á quien engullía más. En una ocasión 
quiso hacer sorbete de piña : se decía muy perito 
en la fabricación ele helados. Le trajeron todos los 



LA ESPUMA 



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enseres de un cafó vecino, y después de bregar con 
afán bastante tiempo, salió al fin una quisicosa fea 
y desabrida, lo cual le entristeció tanto, que Cle- 
mentina, para alegrarle, tomó sin deseo alguno una 
gran copa del brebaje. Le gustaba imitar los gestos 
y las palabras de las personas que veía en casa de 
ella, y lo ejecutaba tan á la perfección que la dama 
reía con verdadera gana : á veces le suplicaba por 
favor que cesase, pues le hacía daño tanta risa. 
Raimundo poseía este don de observar los más insig- 
nificantes modales de las personas, y reproducirlos 
después admirablemente. Se creía estar oyendo á 
la persona que imitaba. Pero sólo en el seno de la 
confianza le gustaba mostrar esta habilidad. 

Algunas veces, cuando estaba de humor, inven- 
taba una recepción palaciega. Hacía sentar á Cle- 
mentina en un trono que armaba rápidamente en 
medio de la sala. Los ministros, los altos personajes 
de la política desfilaban por delante de la reina 
y pronunciaba cada cual su discurso. Clementina, 
que á todos los conocía , gozaba en adivinarlos á las 
pocas palabras. Raimundo, que había asistido con 
frecuencia á las tribunas del Congreso, les había 
cogido bastante bien, á casi tocios, el acento, la 
acción y los gestos. Particularmente imitando á 
Jiménez Arbós á quien trataba por verle en casa de 
Osorio, estaba graciosísimo. Por supuesto, después 
de cada discurso se inclinaba reverentemente y be- 
saba la mano de la soberana , volviendo á ponerse el 
tricornio de papel que se había hecho para el caso. 
Estas niñerías alegraban á la clama dilatando su 
corazón, casi siempre encogido por la soberbia ó el 



GO 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



hastío. De aquellas largas entrevistas salía rejuve- 
necida, los ojos brillantes, el pie ligero, saludando 
con afecto á personas á quienes en otra ocasión 
hubiera dirigido una fría y desdeñosa cabezada. 

Luego Raimundo la llenaba de asombro, á lo me- 
jor, con algún acto inconcebible de candor infantil. 
En una ocasión, habiendo entrado sin hacer ruido 
en el cuarto de la calle del Caballero de Gracia (los 
dos tenían llave), le sorprendió barriendo afanoso la 
sala. El muchacho quedó confuso al verla delante, 
se puso colorado hasta las orejas. Clementina , entre 
alegres carcajadas, le abrazó y le cubrió el rostro 
de besos, exclamando: 

— ¡ Chiquillo, eres delicioso ! 



III 



UN POCO DE DERECHO CIVIL 



Era mañana de gran trajín en las oficinas de 
Salabert. Se hacían unos pagos de consideración. 
El duque había ido en persona á la caja á presen- 
ciarlos y ayudaba al cajero en la tarea de contar los 
billetes. A pesar de los años que llevaba manejando 
dinero, nunca le tocaba pagar una cantidad crecida 
que no le temblasen un poco las manos. Ahora es- 
taba nervioso, atento, mordiendo crispadamente el 
cigarro y sin escupir porque tenía las fauces resecas. 
En varias ocasiones llamó la atención al empleado 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



creyendo que pasaba dos billetes en vez de uno; 
pero se equivocó en todas: el cajero era diestrísimo 
en su oficio. Cuando terminaron , el duque se retiró 
á su despacho, donde le estaba esperando M. Fa- 
yolle, el famoso importador de caballos extranjeros, 
proveedor de toda la aristocracia madrileña. 

— Bonjour, monsieur, — dijo rudamente el duque 
dándole una palmada en la espalda. — ¿Viene usted 
á encajarme algún otro penco? 

— Oh, señor duque; los caballos que yo le he 
vendido no son pencos, no. Los me cor es animales 
que nunca he tenido se los ha llevado V. , — respon- 
dió con acento extranjero, sonriendo de un modo 
servil M. Fayolle. 

— Los desechos de París es lo que Y. me trae. 
Pero no crea Y. que me engaña. Lo sé hace tiempo, 
monsieur; lo sé hace tiempo. Sólo que yo no puedo 
ver esa cara tan frescota y tan risueña sin rendirme. 

M. Fayolle sonrió abriendo la boca hasta las ore 
jas, dejando ver unos dientes grandes y amarillos. 

— La cara es el especo del alma, señor duque. 
Puede tener confiansa en mí , que no le daré nada 
que no sea superior. ¿Es que Pollón ha salido malo? 

— Medianejo. 

— ¡ Vamos , tiene gana de bromear ! El otro día le 
he visto por la calle de Alcalá enganchado al faetón. 
Bien de mundo se paraba á mirarlo. 

Hablaron un rato de los caballos que el duque le 
había comprado. Este ponía tachas á todos. Fayolle 
los defendía con entusiasmo de aficionado y de 
comerciante. En un momento de pausa dijo sacando 
el reloj : 



LA ESPUMA 



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— No quiero molestarle más. . . Venía á cobrar la 
cuentesita última. 

La faz del duque se oscureció. Luego dijo entre 
risueño y enfadado: 

— ¡Pero hombre; que no estén ustedes jamás 
contentos sino sacándole á uno el dinero! 

Y al mismo tiempo echó mano al bolsillo y sacó la 
cartera. M. Fayolle sonreía siempre diciendo que lo 
sentía, porque el señor duque era un pobrecito y no 
le gustaba echar á nadie á pedir limosna, etc., etc. 
Una porción de bromitas que el banquero no parecía 
escuchar, atento á contar los billetes. Contó siete de 
quinientas pesetas y se los entregó, oprimiendo al 
mismo tiempo el timbre para que un dependiente ex- 
tendiese el recibo. Fayolle también los contó y dijo: 

— Se ha equivocado, señor duque. El presio del 
caballo era cuatro mil pesetas , y aquí no hay más 
que tres mil quinientas. 

El duque no dio señales de oir. Con los párpados 
caídos , bufando y paseando el cigarro de un ángulo 
á otro de la boca , se mantuvo silencioso y guardó 
de nuevo la cartera después de haberla apretado 
con una goma. 

— Faltan quinientas pesetas , señor duque, — repi- 
tió Fayolle. 

— ¿Cómo? ¿Faltan quinientas pesetas? No puede 
ser... A ver; cuente Y. otra vez. 

El comerciante contó. 

■ — Hay aquí tres mil quinientas. . . 

— ¡ Ya lo ve Y. ! No me había aquivocado. 

— Es que el caballo cuesta cuatro mil: así lo 
hemos acustado. 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



La cara del duque expresó admirablemente el 
asombro. 

— ¿Cómo cuatro mil? No, hombre, no; el caballo 
cuesta tres mil quinientas , y en esa inteligencia lo 
lie comprado. 

— Señor duque, está Y. equivocado, — dijo Fa- 
yolle poniéndose serio. — Recuerde Y. que había- 
mos quedado en las cuatro mil. 

— Recuerdo perfectamente. El que tiene mala 
memoria es usted... A ver (dirigiéndose al depen- 
diente que vino á extender el recibo), uno de vos- 
otros que baje á la cochera y pregunte á Benigno 
en cuánto se ha ajustado el Pollón. 

Al mismo tiempo, aprovechando el momento en 
que Fayolle miraba al empleado, le hizo un guiño 
expresivo. 

El cochero respondió por boca del dependiente que 
el caballo se había ajustado en tres mil quinientas 
pesetas. 

Entonces el comerciante se irritó. Estaba segurí- 
simo de que habían quedado en las cuatro mil pese- 
tas, y en ese supuesto lo había entregado. De otro 
modo nunca hubiera dejado salir el caballo de la 
cuadra. El duque le dejó hablar cuanto quiso, lan- 
zando sólo algún gruñido de duda, pero sin alterarse 
poco ni mucho. Sólo cuando Fayolle habló de que- 
darse otra vez con el caballo, le dijo con sorna: 

— Por lo visto, ha encontrado Y. quien dé las 
cuatro mil y quiere deshacer el trato, ¿verdad? 

— Señor duque, juro á Y. por lo más sagrado que 
no hay nada de eso... Solamente que estoy seguro 
de que es como digo. 



LA ESPUMA 



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Al banquero le acometió entonces oportunamente 
un recio golpe de tos. Se le pusieron los ojos encen- 
didos, las mejillas carmesíes. Luego se limpió sose- 
gadamente con el pañuelo la boca y las narices, y 
dijo con acento campechano: 

— Hombre, no sea V. tacaño. No se altere Y. por 
esas miserables pesetas. 

Pero él no las soltó. El comerciante quiso llevarse 
el caballo: tampoco pudo lograrlo. Hubo un mo- 
mento de silencio. Fayolle estuvo apunto de echarlo 
todo á rodar y desvergonzarse; pero se reprimió con- 
siderando que nada adelantaría: menos con llevar el 
asunto á los tribunales. ¿Quién iba á pleitear por 
dos mil reales y más con un personaje como el duque 
de Requena? Resignado, pues, con las mejillas 
encendidas aún, se despidió no sin que el duque le 
llevase hasta la puerta muy cortésmente , dándole 
afectuosas palmaditas en la espalda. 

Cuando el procer volvió á ocupar su sillón frente 
á la mesa, por debajo de sus párpados fatigados 
brillaba una sonrisa burlona de triunfo. Al cabo de 
unos minutos apretó el botón del timbre otra vez : 

— Vaya Y. á ver si la señora duquesa está sola en 
su habitación ó tiene visita, — dijo al criado que se 
presentó al punto. 

Mientras desempeñaban la comisión permaneció 
inactivo, con el cuerpo echado hacia atrás y las 
manos cruzadas, en actitud reflexiva. 

— La señora duquesa está de visita con el padre 
Ortega, — entró á decir el criado. 

Salabert hizo un gesto de impaciencia y volvió á 
quedar sumido en sus reflexiones. Estaba decidido 

5 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



á celebrar una conferencia con su esposa acerca de 
intereses. Esta jamás le había hablado nada de di- 
nero, ni él se creyó jamás en el caso de darle cuenta 
de sus especulaciones y negocios. D. a Carmen tam- 
poco entendería nada si se la diese. Creíase dueño 
absoluto de su fortuna sin que se le pasase por la 
imaginación los derechos que sobre ella tenía su 
mujer. Pero últimamente un amigo le abrió los 
ojos. Hablando de la enfermedad que aquejaba á 
la duquesa , le preguntó con naturalidad si tenía 
otorgado testamento. Este amigo, que era abogado, 
daba por resuelto que la mitad de la hacienda per- 
tenecía á D. a Carmen. Salabert quedó hondamente 
preocupado: viendo á su esposa descaecer le entró 
miedo: á su muerte los parientes le exigirían la 
mitad de lo que él había adquirido, meterían la nariz 
en sus asuntos , hasta en los más íntimos ... ¡un 
horror! Consultó con su abogado. El medio más sen- 
cillo de desvanecer aquellos temores y dejar en la 
impotencia á los parientes de su esposa, era que ésta 
hiciese testamento á su favor. El duque lo encontró 
naturalísimo: en la conferencia que iba á tener con 
ella , se lo propondría del modo más diplomático que 
le fuera posible , á fin de no alarmarla respecto á su 
enfermedad. 

Aguardó, pues, entretenido en revisar papeles 
hasta que creyó llegado el momento ele enviar nue- 
vamente el criado á saber si el padre Ortega había 
despejado. Mas cuando iba á hacerlo entraron á avi- 
sarle que estaban allí unos cuantos señores , entre 
ellos Calderón, que deseaban verle. El banquero 
frunció el entrecejo. 



LA ESPUMA 



G7 



— ¿Habéis dicho que estaba en casa? 

— Como el señor duque no se niega nunca por la 
mañana. . . 

— ¡F ! ¡malditos seáis! — murmuró con horri- 
ble expresión de disgusto. Pero alzando la voz en 




seguida y adoptando las maneras campechanotas y 
bruscas que le eran peculiares , gritó : 

— Que pasen, que pasen esos señores. 

Se presentaron Calderón, Urreta y otros dos 
banqueros no menos importantes y conocidos en 
Madrid. La expresión de todos ellos era seria y 
hasta hosca. Pero Salabert, sin reparar en ello, 
empezó á repartir abrazos y palmaditas en la es- 
palda, haciendo un ruido formidable con sus voces 
y risotadas. 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¡ Buen negocio ! Buen negocio secuestrar a^ora 
á los cuatro y exigir un millón ele pesos por cada 
uno... ¡Oh! ¡oh! Se me han colado en el despacho 
los cuatro peces más gordos que tiene Madrid... 
¡cuatro tiburones!. .. ¿Cómo va de ese reuma, Urreta? 
Me parece que V. también necesita una buena ca- 
rena como yo... Y tú, Manuel, ¿cuándo piensas 
reventar?. .. Ya ves que á tu sobrino le corre mucha 
prisa. . , 

Los banqueros se mostraron corteses y reserva- 
dos , procurando cortar con su actitud grave aquel 
flujo de chanzonetas. El caso no era para menos. 
Hacía cosa de un año que Salabert les había vendido 
la propiedad del ferrocarril de B*** á S***, ya en 
explotación y con todo su material. Aunque no se 
determinó en la escritura , convínose entre ellos 
que cuando saliese á subasta el ferrocarril desde 
S*** á V***, como quiera que estaba enlazado con el 
otro , material y económicamente , Salabert no pre- 
sentaría pliego de licitación dejándoles el negocio á 
ellos. Pues bien; acababan de saber que el duque, 
faltando á su palabra, se lo trataba de birlar des- 
caradamente: había presentado el correspondiente 
pliego en la subasta. El primero que habló fué Cal- 
derón. 

— Antonio, venimos á reñir contigo seriamente... 

— No puede ser. ¿Reñir con un hombre tan ino- 
fensivo como yo?... 

— Recordarás muy bien que al realizar la compra 
de tu ferrocarril se ha convenido, ó por mejor decir, 
nos has prometido solemnemente no presentarte en 
la subasta de la línea de S*** á Y*** 



LA ESPUMA 



■ — Ya lo creo que me acuerdo... ¡admirablemente! 

— Pues hoy hemos visto con sorpresa que hay un 
pliego tuyo. . . 

— ¡Cómo! ¿Un pliego mío? — exclamó lleno de 
asombro, abriendo desmesuradamente sus grandes 
ojos saltones. — ¿Quién les ha contado semejante 
patraña? 

— No es patraña, pues yo mismo he visto su firma 
^de V., — dijo uno de ellos, el marqués de Arbiol. 

— ¿Mi firma? No puede ser. 

— Amigo Salabert, le digo á V. que yo mismo 
he visto la firma: «Antonio Salabert, duque de Re- 
quena», — replicó Arbiol con firmeza y muy serio. 

■ — ¡ No puede ser ! ¡ no puede ser ! — repitió el 
duque poniéndose á dar vueltas por el despacho, 
presa al parecer de violenta agitación. — Me habrán 
suplantado la firma. 

El marqués de Arbiol sonrió desdeñosamente. 

— Traía el sello de su casa. 

— ¿Traía el sello? — replicó parándose de pronto. 
— Entonces me la han suplantado dentro de mi 
misma casa. ¡Sí, sí!... aquí me la han suplantado... 
No sabéis entre qué canalla estoy metido. Necesito 
tener cien ojos. . . 

Y cada vez más enfurecido fué á apretar el botón 
del timbre. 

— ¡ Ahora verán ! Ahora verán ustedes si me la 
han robado ó no... A ver, (dirigiéndose al depen- 
diente que entró), que se presenten inmediatamente 
Llera y todos los empleados de la oficina... ¡Al 
instante ! 

Arbiol dirigió una mirada á sus compañeros y 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



alzó los hombros con desprecio. Pero el duque, que 
vio perfectamente el ademán, no quiso hacerse 
cargo de él: siguió gruñendo, resoplando, dejando 
escapar interjecciones violentas y paseando furiosa- 
mente por la estancia. Hasta que se presentó Llera 
y con él un grupo de sujetos encogidos, mal trajea- 
dos, de fisonomía vulgar. Salabert se plantó delante 
de ellos cruzando los brazos con energía : 

— Vamos á ver, Llera: es necesario averiguar 
quién ha sido el tuno que ha presentado un pliego 
en mi nombre, suplantando mi firma, para la lici- 
tación del ferrocarril de S*** á y***, ¿Tií sabes algo 
de este asunto? 

Llera, después de haberle mirado fijamente ala 
cara, bajó la cabeza sin contestar. 

— Y vosotros ¿sabéis algo? ¿eh? ¿sabéis algo? 
Los empleados le miraron también con fijeza: 

luego miraron á Llera y también bajaron la cabeza 
al fin sin despegar los labios. 

Salabert paseó varias veces sus ojos saltones por 
ellos con expresión teatral de cólera , y exclamó al 
fin dirigiéndose á los banqueros : 

— ¿Lo ven ustedes claro? Nadie contesta. Entre 
éstos se esconde el culpable ¡ó los culpables! porque 
sospecho que ha de ser más de uno. Pierdan uste- 
des cuidado, que yo daré con ellos y haré un escar- 
miento... ¡Sí, un terrible escarmiento! No he de 
parar hasta que los mande á presidio... Retiraos 
vosotros (dirigiéndose á los empleados), y ya podéis 
temblar los delincuentes. Muy pronto caerá sobre 
vosotros el peso de la justicia. 

Los criminales debían de ser bien empedernidos 



LA ESPUMA 



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á juzgar por la absoluta indiferencia con que reci- 
bieron aquellas siniestras palabras pronunciadas 
con acento patético. Cada cual se retiró sosegada- 
mente á su departamento y reanudó su tarea , como 
si la terrible espada de Némesis no estuviese apare- 
jada á segarles el cuello. 

Los banqueros se miraron entre risueños y colé- 
ricos. Al fin uno de ellos, mordiéndose los labios 
para no soltar la carcajada, le tendió la mano con 
ademán desdeñoso : 

— Adiós, Salabert; hasta la vista. 

Los demás hicieron lo mismo sin decir otra pala- 
bra del asunto. El duque no se desconcertó. Fué 
á despedirlos solícito hasta la escalera , dirigiendo 
todavía al pasar miradas iracundas á sus empleados 
que las recibieron con la misma punible indife- 
rencia. Al volver á su despacho ya no les hizo caso 
alguno: pasó por entre ellos como un actor que 
atraviesa los bastidores después de haber estado 
un rato en escena. 

Unos minutos después tornó á salir bajando á las 
habitaciones de su esposa. Hallóla sola, entretenida 
en leer un libro devoto. D. a Carmen, que siempre 
había sido muy piadosa , en los iiltimos tiempos 
se había entregado por completo á las prácticas 
religiosas. La enfermedad la separaba cada vez 
más de las ideas mundanas , la entregaba triste y 
sumisa á los curas. Salabert nunca había puesto 
obstáculo á esta devoción : la miraba con indiferen- 
cia compasiva, como una manía inocente. Pero en 
los últimos tiempos , algunas limosnas harto creci- 
das de la duquesa le alarmaron un poco y le obli- 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



garon á reprenderla paternalmente. Acostumbrado 
á hallar á su mujer sometida, apartada de toda 
ambición, ajena enteramente al éxito de sus espe- 
culaciones, la trataba como á una niña, si no como 
á un perro fiel á quien de vez en cuando se pasa 
la mano por la cabeza. Nunca le había estorbado 
aquella infeliz señora, ni en sus trabajos ni en sus 
vicios. Aunque sus queridas, sus extravagancias en 
el orden erótico eran conocidas de todo el mundo, 
D. a Carmen ó las ignoraba ó fingía ignorarlas. Sin 
embargo, la última infidelidad del duque, la rela- 
ción con la Amparo habíale acarreado más disgus- 
tos que ninguna otra. Aquella mujer dominante y 
soez se gozaba en vejarla de mil modos, cosa que 
no había hecho ninguna de sus antecesoras. En el 
paseo, cuando iba con su marido en coche, el de la 
Amparo se colocaba á su lado, y con cínico descaro 
la ex florista cambiaba con el duque sonrisas de in- 
teligencia. Cuando la buena señora se quejó suave- 
mente de este proceder, Salabert negó en redondo, 
no sólo sus miradas y sonrisas, sino toda relación 
con aquella mujer: no la conocía más que de vista: 
jamás había hablado con ella. En el teatro Real lo 
mismo. Amparo se obstinaba en mirar toda la noche 
al palco del duque. Luego en los toros, en las carre- 
ras de caballos, ostentaba un lujo escandaloso que 
llamaba fuertemente la atención pública. Algunas 
amigas bien intencionadas, que nunca faltan, com- 
padeciéndola muchísimo enteraban á D. a Carmen 
de las cuantiosas sumas que aquella mujer costaba 
al duque, de todas sus extravagancias y caprichos. 
Esta serie de pinchazos padecidos en secreto, sin 



LA ESPUMA 



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confiarlos á nadie más que á su confesor, habían la- 
brado la salud de la señora, reduciéndola á un estado 
de flaqueza tal que por milagro se sostenía. Salabert 
tenía más que hacer que reparar en tales sufrimien- 
tos. Pensaba que con el título de duquesa, y tan- 
tísima riqueza acumulada en aquel palacio, doña 
Carmen debía de ser la mujer más feliz de la tierra. 

— ¿Qué hace la viejecita? ¿qué hace? — entró 
preguntando en tono medio brutal medio cariñoso, 
que revelaba muy bien la profunda indiferencia que 
su mujer le inspiraba. 

D. a Carmen levantó los ojos sonriendo. 

— Hola ¿eres tú? Milagro, por aquí á esta hora. 

— Antes hubiera venido á saber de ti, si no me 
hubieran dicho que estaba el padre Ortega. ¿Cómo 
has pasado la noche? Bien ¿eh? Ya lo creo.. . Tú no 
estás tan mala como te figuras. ¿A qué viene eso 
de rodearte de curas como si fueses á morirte? 

— ¿Los curas no hacen falta más que cuando uno 
se muere? 

— Sí , los curas son indispensables para dar respe- 
tabilidad á las casas, — dijo repantigándose en una 
butaca y extendiendo groseramente las piernas. — 
Sin un poco de paño negro, los palacios recién pin- 
tados como éste chillan demasiado... Sólo que á la 
larga se hacen muy molestos: no se cansan de pedir: 
tienen tantas tragaderas como las ballenas ... Yo 
los compraría de buena gana figurados, de cera ó de 
cartón, y harían el mismo efecto. .. 

— Calla, calla, Antonio; no empieces á soltar 
disparates. Cualquiera que te oyese te juzgaría un 
hereje, y gracias á Dios no lo eres. 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¡Yaya una ganga el ser hereje! ¿Qué utilidad 
trae el ser hereje? ... — -Y cambiando bruscamente 
de tema preguntóle : — ¿Cómo va ese aquelarre que 
habéis hecho en los Cuatro Caminos? 

Se refería al asilo de ancianas , del cual era doña 
Carmen la principal protectora. 

— Ya muy bien. Sólo que la marquesa de Alcudia 
no quiere continuar siendo tesorera y no sabemos 
á quién se ha de nombrar. 

— Por supuesto, los sábados se despoblará aquello. 
— - ¿Pues? — preguntó inocentemente la señora. 

— Porque se marcharán á Sevilla todas sobre 
escobas. 

— ¡ Bah, bah ! No hagas burla de las pobres ancia- 
nas , — replicó riendo. — También tú y yo somos 
dos viejos. . . 

— Yerdad, verdad, — dijo el banquero ponién- 
dose afectadamente grave y triste. — Somos un par 
de trampas que el día menos pensado nos escurrimos 
para el otro barrio, sin sentirlo. 

Había visto una entrada oportuna para la con- 
versación que apetecía, y se apresuraba á aprove- 
charla. 

— No; tú estás fuerte y robusto. Aun puedes dar 
mucha guerra en el mundo... Pero yo, querido, ya 
tengo un pie en el estribo. 

— Los dos lo tenemos, los dos. En pasando de los 
sesenta, no hay día seguro. . . 

— Si esos pensamientos te sirviesen para acor- 
darte más de Dios y trabajar en su santo servicio, 
me alegraría de que los tuvieses. 

— ¿Te parece que no trabajo bastante por él, y 



LA ESPUMA 



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me lleva todos los años más de cinco mil duros en 
misas y novenas? 

— ¡ Yamos , Antonio, no hables así ! 

— Hija mía; bueno es pensar en lo de allá, pero 
es también prudente pensar en lo de acá... Mira, 
precisamente estos días estaba yo imaginando que 
si se muriese uno de nosotros, al que sobreviviese 
le quedarían bastantes enredos. . . 

— ¿Por qué? 

— Porque el marido y la mujer no son herederos 
forzosos el uno del otro, y, como es natural, si nos 
muriésemos sin testamento, nuestros parientes ven- 
drían á molestar al que quedase. 

— Eso tiene muy fácil remedio. Con hacerlo se 
arregla. 

— Precisamente es lo que yo pensaba, — dijo el 
duque resollando mucho para mostrar indiferencia 
y aplomo, que no sentía. — Había imaginado que 
en vez de testar cada uno por su parte, hiciésemos 
un testamento mutuo. 

— ¿Qué es eso? 

— Un testamento en el cual nos instituímos mu- 
tuamente por herederos. 

D. a Carmen bajó la vista al libro que traía en la 
mano y guardó silencio un rato. El duque, inquieto, 
la observaba con atención por debajo de sus pár- 
pados medio caídos, mordiendo con impaciencia el 
cigarro. 

— ~No puede ser, — dijo al cabo gravemente la 
señora. 

— ¿Que no puede ser? ¿Y por qué? — replicó con 
viveza incorporándose un poco en la butaca. 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Porque yo pienso en dejar por heredera de lo 
que tenga, poco ó mucho, á tu hija. Así se lo he 
prometido ya. 

No creía Salabert tropezar con aquel obstáculo: 
juzgaba cosa hecha lo del testamento mutuo. Quedó 
tan sorprendido como turbado. Pero recobrándose 




instantáneamente , adoptó un continente grave y 
digno para decir: 

— Está bien, Carmen. Yo no trato de imponer mi 
voluntad á la tuya. Eres dueña de dejar tus bienes 
á quien te parezca, por más que estos bienes hayan 
sido ganados por mí á costa de muchos trabajos. 
En los años que llevamos unidos, las cuestiones de 
intereses jamás han producido ninguna reyerta en- 
tre nosotros. Yo deseo que continuemos siempre lo 



LA ESPUMA 



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mismo. El dinero, comparado con los afectos del 
corazón, no tiene ningiín valor. Lo único que siento 
es que otra persona, por más que sea una hija que- 
ridísima, me haya perjudicado hasta tal punto en 
tu cariño, me haya desterrado de tu corazón. . . 

Al pronunciar estas líltimas palabas su voz se 
alteró un poco. 

— No, Antonio, no, — se apresuró á decir doña 
Carmen; — ni tu hija ni nadie puede arrancarte el 
cariño que te pertenece... Pero considera que tú 
eres bastante rico sin necesidad de mi fortuna, y 
que ella la necesita. 

— No, no trates de desfigurarlo... el golpe está 
dado : lo siento en el fondo del corazón , — replicó 
Salabert en tono patético llevándose la mano al lado 
izquierdo. — Treinta y cinco años de vida matri- 
monial , treinta y cinco años compartiendo pesares 
y alegrías , temores y esperanzas , no han bastado á 
conquistarme la primer plaza en tu cariño. Todo lo 
que se diga es inútil ya. Pensaba que nuestro ma- 
trimonio, la vida de felicidad y de amor que hemos 
llevado tantos años, debía cerrarse por medio de un 
acto que la resumiese , instituyéndonos herederos 
de lo que juntos hemos ganado... El cariño de los 
esposos nunca se demuestra mejor que en la última 
voluntad. . . 

El discurso de Salabert adquiría un tono de eleva- 
ción moral que parecía preocupar por un instante 
á su esposa. Sin embargo, replicó al fin con dulzura 
y con firmeza á la vez : 

— Aunque no la he llevado en mis entrañas , yo 
quiero á Clementina como si fuese mi hija; la he 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



mirado siempre como tal; me parece una injusticia 
privar á una hija de su parte de herencia. 

— ¡Pero mujer! — exclamó con viveza el duque: 
— yo ¿para quién quiero lo que tengo sino para mi 
hija? Déjame por heredero, que yo te prometo trans- 
mitírselo íntegro y aun con aumento. . . 

D. a Carmen guardó silencio limitándose á hacer 
un signo negativo con la cabeza. El duque se levantó 
como si fuese presa de una violenta emoción. 

— Sí, sí; bien lo comprendo. Tú no me perdonas 
algunos leves extravíos hijos del capricho y la ton- 
tería. Aprovechas la ocasión que se te presenta para 
vengarte. Está bien: satisface tu venganza; pero 
sabe que yo no he querido de veras á ninguna 
mujer más que á ti. En el corazón no se manda, 
Carmen, y si yo te quisiera arrancar del corazón, 
mi corazón diría : «No, no puedes arrancarla sin que 
yo me rompa. . . » Es triste, muy triste llevar al fin 
de la vida este terrible desengaño... Si mañana te 
murieses tú, lo que Dios no consienta, ¡cuántos 
disgustos , cuántas penas me esperan además de la 
pérdida de una esposa adorada ! Acaso este pobre 
anciano se viera precisado á salir de la casa donde 
ha vivido, que ha fabricado con ilusión para morir 
en ella en brazos de su esposa. 

La voz del duque se alteraba por momentos, sus 
ojos se arrasaban de lágrimas. Todavía siguió en 
este tono patético un rato. Al fin cayó como desfa- 
llecido en la butaca, llevándose el pañuelo á los ojos. 

Pero D. a Carmen, aunque caritativa y sensible, 
no dió señales de hallarse conmovida. Antes , con 
firmeza, dijo: 



LA ESPUMA 



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— Bien sabes tú que nada de eso es cierto. Ni soy 
capaz de vengarme, ni sería fuerte venganza dejar 
cuanto tengo á una hija tuya, que sólo es mía por 
el cariño que la tengo. 

El duque cambió de táctica. Miró un rato á su 
esposa con ojos compasivos, y al cabo dijo sonriendo 
con amargura: 

— Tú quieres mucho á Clementina, ¿verdad?... 
Pues mira; lo mejor que puedes hacer para darle un 
alegrón es reventar cuanto más antes. El pobre 
Osorio está con el agua al cuello. Ahora me explico 
por qué sus acreedores no acaban de tragárselo. Sin 
duda, tú le has hablado á su mujer algo de testa- 
mento, y como estás un poquillo delicada aguardan 
tu muerte como agua de Mayo. Conque no te des- 
cuides. 

D. a Carmen se puso mucho más pálida de lo que 
estaba al oir estas sangrientas palabras : necesitó 
agarrarse á los brazos del sillón para no desfallecer. 
Lo que decía su marido era horrible, pero muy ve- 
rosímil. El, que advirtió su emoción, se apresuró á- 
ofrecerle todos los datos necesarios para confirmar 
la sospecha. Le expuso en un cuadro complete la 
situación económica de Osorio, insistiendo en lo raro 
de que sus acreedores aguardaran si no contasen 
con alguna esperanza positiva , que no podía ser 
más que la muerte de ella. 

Entonces aquella infeliz mujer tuvo una frase 
sublime. 

— Pues aunque Clementina desee mi muerte, yo 
la quiero lo mismo, con todo mi corazón. Para ella 
será cuanto tengo. 



so 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



El duque salió de la estancia furioso, bufando 
como un toro con banderillas de fuego, ó como un 
actor á quien acaban de propinar una silba. 

D. a Carmen permaneció inmóvil largo rato, en la 
misma postura que la había dejado, con los ojos cla- 
vados en el vacío. Dos lágrimas temblaron al fin en 
sus ojos y rodaron silenciosamente por sus mejillas 
marchitas. 



w 





IV 



BAILE EN EL PALACIO DE REQUENA 



Transcurrieron los días y los meses. Clemen- 
tina pasó el verano, como siempre, en Biarritz. Rai- 
mundo la siguió, dejando á su hermana confiada á 
unos parientes , y regresó cuando aquélla á últimos 
de Septiembre. Por la casa de los huérfanos soplaba 
un viento tormentoso que la había removido por 
completo. Raimundo, abandonando en absoluto sus 
estudios y costumbres metódicas , se había lanzado 
con ardor de neófito á los placeres mundanos. Su 
hermana, aterrada por este cambio, le hizo suave- 



6 



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ARMANDO PALACIO VALDÉÍS 



mente algunas advertencias, sin resultado. El joven 
se enfadaba como niño mimoso maltratándola de pa- 
labra, ó bien, cuando la reprensión era más dura, 
se echaba á llorar desconsoladamente, llamándose 
desgraciado, diciendo que no le quería, que más le 
hubiera valido morirse cuando su madre, etc., etc. 
Aurelia, en vista de esto, había determinado ca- 
llarse, padeciendo en silencio, llena de aprensiones y 
presentimientos tristes. Bien adivinaba la causa de 
aquel cambio; pero en sus conversaciones ninguno 
de los dos osó hacer referencia á ella: Raimundo, 
porque no podía dignamente declarar á su hermana 
las relaciones que sostenía con Clementina: aquélla, 
porque creía indecoroso darse por advertida. 

Aquellas relaciones obligaron á nuestro joven á 
hacer gastos extraordinarios que no permitía su 
renta. Para seguir el carruaje de su querida éntre- 
la balumba de ellos en los paseos del Retiro y la 
Castellana compró un bonito caballo, después de dar 
previamente algunas lecciones de equitación. Los 
teatros , las flores y los regalitos á su amante , las 
francachelas con sus nuevos amigos del Club de los 
Salvajes, los trajes y las joyas, todo lo que consti- 
tuye, en suma, el tren de un lechuguino en la corte, 
le hicieron desembolsar sumas enormes con relación 
á su hacienda. Para ello hubo necesidad de echar 
mano del capital. Este consistía, como ya sabemos, 
en acciones de una fábrica de pólvora y en títulos de 
la Deuda. Unos y otros documentos guardábalos su 
madre en un cofrecito de hierro dentro de su arma- 
rio. Cuando murió, el pariente de los chicos á quien 
correspondía la tutela vino á examinarlos y tomó 



LA ESPUMA 



S8 



nota de ellos; pero como Raimundo gozaba tal fama 
de muchacho formal, de conducta intachable, como 
hacía ya tiempo que manejaba y cobraba los cupo- 
nes , y como en fin no le faltaban más que tres años 
para llegar á la mayor edad, su tío no quiso recoger- 
los: los dejó en el mismo cofrecito que estaban. Pues 
bien; Raimundo, necesitando á toda costa dinero, y 
no atreviéndose á pedírselo á nadie , faltó á esta 
confianza vendiendo poco á poco algunos títulos. Y 
es lo raro del caso que siendo un chico hasta enton- 
ces tan puro de costumbres , tan recto en el pensar 
y tan honrado de corazón, llevó á cabo esta villanía 
sin grandes remordimientos. Hasta tal punto su des- 
atinada pasión le había desequilibrado y aturdido. 

No sólo hizo esto sino otra cosa peor, si cabe. Su 
curador, al enterarse de sus gastos excesivos y de 
la vida que llevaba , se presentó un día en su casa , 
encerróse con él en el despacho y le interpeló brus- 
camente : 

— Vamos á cuentas, Raimundo. Por lo que me 
han dicho y por lo que veo, tú estás haciendo unos 
gastos que de ningún modo puedes sostener con tu 
renta. El caso es grave, y yo, como curador, nece- 
sito saber de dónde sale ese dinero, no sólo por ti, 
sino principalmente por tu hermana. . . 

Experimentó una violenta emoción. Se puso pálido 
y balbució algunas palabras ininteligibles. Luego, 
viéndose apurado, comprendiendo rápidamente que 
de aquella entrevista dependía su salvación, esto es, 
la salvación de su amor, no tuvo inconveniente en 
mentir descaradamente. 

— Tío, es cierto que hago gastos considerables, 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



muy superiores á los que podría hacer con mi ren- 
ta. . . Pero nada tiene que ver en ellos el capital que 
heredó de mis padres. 

— ¿Entonces?. . . 

— Entonces... — dijo bajando la voz y como si 
le costase trabajo hablar, — entonces. . . yo no puedo 
decirle á V. el origen de este dinero, tío. .. Es una 
cuestión de honor. 

El curador quedó estupefacto. 

— ¿De honor?.. . No sé lo que quieres decir: pero 
mira, chico, yo no puedo quedar conforme... Mi 
posición es delicada: si no velo como debo sobre 
vuestros intereses, mañana se me puede pegar al 
bolsillo y no tiene gracia. 

Raimundo guardó silencio unos momentos. Al fin, 
vacilando y tropezando mucho, dijo: 

— Puesto que es necesario decirlo todo, lo diré. .. 
Usted habrá oído hablar quizá de mis relaciones con 
una señora. . . 

— Sí, algo he oído de que haces el amor á la hija 
de Salabert. 

— Pues ya tiene V. explicado el misterio. . . — dijo 
poniéndose fuertemente colorado. 

— ¿De modo que esa señora?... — replicó el tío 
haciendo resbalar la yema del dedo pulgar sobre la 
del índice. 

Raimundo bajó la cabeza y no dijo nada, ó, más 
exactamente, lo dijo todo con su silencio. El, que 
había rechazado con indignación y tristeza los bille- 
tes de Banco de su querida, confesábase ahora cul- 
pable, sin serlo, de tal indignidad, bajóla influencia 
del miedo. 



LA ESPUMA 



85 



Su tío era un hombre vulgar, un almacenista de 
la calle del Carmen. La confesión de su sobrino, 
lejos de sublevarle, le hizo gracia. 

— ¡ Bien , hombre ! . . . Me alegro de que hayas sa- 
lido del cascarón y sepas lo que es el mundo. ¡ Ah, 
tunante , qué callado té lo tenías ! 

Pero como todavía se quedase en el despacho 
adivinándose en su actitud un resto de inquietud, 
Raimundo, con esa audacia peculiar de las mujeres 
y de los hombres débiles en las circunstancias críti- 
cas , dijo con firmeza : 

— El capital de mi hermana y el mío está ínte- 
gro. Ahora mismo va Y. á ver los títulos. . . 

Y sacó la llave y se dirigió al armario. Su tío le 
detuvo. 

— • No hace'falta, chico... ¿Para qué? 

Así salió, casi milagrosamente, de aquel terrible 
compromiso, que de otro modo hubiera producido 
una catástrofe. Sin embargo, la victoria le costó 
muchos momentos de cruel amargura , un gran des- 
fallecimiento físico y moral que por poco le hace 
enfermar. No es posible romper bruscamente con 
nuestras ideas y sentimientos, con lo que consti- 
tuye nuestro carácter, sin que la ruptura produzca 
vivo dolor. 

Por esta época vino á visitarle un caballero chi- 
leno, aficionado á la zoología y dedicado también á 
la especialidad de las mariposas como él. Yenía de 
Alemania y se disponía á regresar á su país : había 
leído algunos de sus artículos científicos , y teniendo 
además noticia de su colección, no quiso pasar por 
Madrid sin verla. Raimundo le recibió con alegría 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



y un poco de vergüenza también : hacía ya algunos 
meses que no se ocupaba poco ni mucho en asuntos 
de ciencia, que tenía su colección abandonada. Á 
pesar de eso el chileno la halló muy notable y sim- 
patizó extremadamente con él: le dijo que tenía 
encargo de su Gobierno para llevar algunos jóve- 
nes de valer que se pusiesen al frente de las cáte- 
dras recién creadas en Santiago de Chile: si quería 
venirse, una de ellas sería para él. El sueldo que se 
le ofrecía era bastante crecido, la posición brillante 
en un país nuevo y ansioso de instrucción. En otras 
circunstancias, Raimundo, que ya no tenía más 
vínculo en España que su hermana, quizá se hubiera 
decidido á emigrar con ella. Mas ahora, enloquecido 
por el amor, encontró tan absurda la proposición 
que no pudo menos de sonreír con cierta lástima al 
rechazarla cortésmente, como si fuese un millona- 
rio ó un hombre colocado en la cima de la sociedad 
española. 

Para costear su viaje á Biarritz necesitó enaje- 
nar más papel de la Deuda. Llevó en metálico á 
Francia unas cinco mil pesetas, cantidad más que 
suficiente para pasar el verano. Sin embargo, á los 
pocos días, arrastrado del ejemplo de sus amigos, se 
le antojó jugar en el Casino á los caballitos, y en dos 
sesiones perdió todo el dinero. No estando avezado 
á estos lances , lo único que se le ocurrió fué regre- 
sar precipitadamente á Madrid , vender más títulos 
y volverse otra vez. Su hacienda mermaba de día 
en día. Cuando empezó el invierno tenía ya de 
menos algunos miles de duros; mas esto no le impi- 
dió seguir gastando lindamente. Aurelia, que tal vez 



LA ESPUMA 



87 



por indicación ele su tío y curador, ó por propias 
sospechas , creía saber de dónde procedía aquel di- 
nero, andaba melancólica, recelosa: no podía menos 
de mirar á su hermano con ojos donde se reflejaban 
la pena, la lástima y la indignación también. 

Así continuaron las cosas hasta Carnaval. La 




duquesa de Requena había mejorado bastante en 
unos baños de Alemania, adonde su marido la había 
llevado. Desde que tenía hecho testamento á favor 
de su hijastra Clementina, éste la prodigaba extre- 
mados cuidados , sabiendo cuánto le importaba su 
vida. Los negocios del célebre especulador mar- 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



cliaban también prósperamente. La mina de Biosa 
se había comprado como él pretendía, al contado. 
Desde entonces, sordamente, había comenzado á 
hacer guerra á las acciones , vendiéndolas cada vez 
más baratas para depreciarlas. Llevaba muy buen 
camino para conseguirlo. En pocos meses habían 
bajado desde ciento veinte, á que se habían puesto 
poco después de la venta, hasta ochenta y tres. 
Salabert esperaba de un momento á otro, por medio 
de una gran oferta que tenía preparada , introducir 
el pánico en el mercado y hacerlas bajar á cuarenta. 
Entonces, por medio de sus agentes en Madrid, en 
París y en Londres, se haría dueño de la mitad 
más una, y por lo tanto del negocio. 

Porque le interesaba para sus fines políticos y 
económicos y por satisfacer al genio fanfarrón que, 
á pesar de su avaricia, habitaba dentro de él, resol- 
vió dar un gran baile de trajes en su magnífico 
palacio, invitando á toda la aristocracia madrileña 
y á las personas reales. Los preparativos comen- 
zaron dos meses antes. Aunque el palacio estaba es- 
pléndidamente amueblado, el duque hizo desterrar 
de los salones algunos muebles demasiado grandes 
y pesados y traer de París otros más sencillos y 
ligeros , se quitaron algunos tapices , se compraron 
muchos objetos de arte, ele los cuales estaba un poco 
necesitada la casa. Veinte días antes del designado 
para el baile , se enviaron las grandes tarjetas de 
invitación. Era necesario todo este tiempo para que 
los invitados pudiesen preparar sus disfraces. Exi- 
gíase traje de capricho, y á los caballeros, cuando 
menos, la t almilla veneciana sobre los hombros. La 



LA ESPUMA 



SO 



prensa comenzó á esparcir el anuncio del baile por 
todos los rincones de España. 

Como su madrastra ni entendía mucho en estos 
asuntos, ni estaba en disposición, á causa de su que- 
brantada salud, de tomar parte activa en los prepa- 
rativos, el alma de ellos fué Clementina. Pasaba el 
día en casa de su padre , robando sólo algunos ratos 
que dedicaba á Raimundo. Osorio tuvo la mala 
ocurrencia de traer á las dos niñas que tenía en el 
colegio de Chamartín , una de diez y otra de once 
años, á pasar unos días con ellos; pero las pobreci- 
tas tuvieron que marcharse antes de lo que les 
había prometido su padre, porque Clementina es- 
taba tan ocupada que apenas podía fijar en ellas la 
atención. Esto indignó tanto á Osorio, que un día, 
sin que se despidiesen de su madre, las metió en el 
coche y las llevó él mismo al colegio. Por cierto que 
á la noche, cuando Clementina regresó, hubo con 
este motivo una escena violenta entre los esposos. 
Raimundo también padecía con las ocupaciones de 
su amante; pero no dejaba de gozar puerilmente 
con la perspectiva del baile , al cual pensaba asistir 
vestido de paje de los Reyes Católicos. Fué una idea 
que le suministró Clementina. El modelo lo sacaron 
de un célebre cuadro que había en el Senado. Ella 
estaba enamorada del retrato de doña Margarita 
de Austria, esposa de Felipe III, hecho por Pan- 
toja. Se mandó hacer un traje igual de terciopelo 
negro muy ajustado al talle, con saya interior color 
de rosa recamada de plata. Sin duda, este traje era 
muy á propósito para realzar la gallardía de su 
figura y la belleza majestuosa de su rostro. 



90 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



El duque trabajaba también en la parte menos 
delicada de los preparativos, en la erección del 
estrado para la orquesta, que hizo colocar adosado 
á la pared medianera de los dos grandes salones de 
baile contiguos, rodeándolo de plantas y arbustos, 
en el arreglo del guardarropa, en la colocación de 
alfombras, en la traslación de muebles, etc. Salabert 
era un terrible sobrestante para sus operarios ; un 
verdadero mayoral de ingenio. No les dejaba reposar, 
les exigía un cuidado incesante: jamás se le daba 
gusto en nada. Se trataba un día de trasladar cierto 
armario de ébano tallado, desde el salón que iba á 
ser de conversación, á la sala destinada á jugar. 
Los obreros, dirigidos por el maestro carpintero, lo 
llevaban suspendido, mientras el duque les seguía 
recomendándoles atención con una sarta de inter- 
jecciones que dejaba escapar oscuramente entre el 
cigarro y sus labios sinuosos, nauseabundos. 

— ¡F...., despacio!... ¡Despacio tú, papanatas, 
el de las narices largas ! . . . Cuidado con esa lám- 
para... Baja un poco tú, Pepe... ¡f , no seas 

jumento, baja más ! . . . ¡ Eh! ¡ eh! arriba ahora. . . 

Al llegar al hueco de una puerta, el maestro, 
viendo que era fácil lastimarse, les gritó: 

— ¡ Cuidado con las manos ! 

— ; Cuidado con los relieves , f . . . . ! — se apresuró 
á gritar el duque. — ¡Lo que menos me importa á 
mí son vuestras manos , babiecas ! 

Uno de los obreros levantó la vista y le clavó una 
mirada indefinible de odio y desprecio. 

Cuando el mueble estuvo en su sitio, el duque 
mandó enganchar y se dirigió á sus habitaciones 



LA ESPUMA 



á quitarse el polvo. Poco después bajaba por la gran 
escalinata del jardín y montaba en coche, dando 
orden que le condujesen al hotel de su querida. 

La pasión brutal del banquero por la Amparo ha- 
bía crecido mucho en los últimos tiempos. Todavía 
fuera conservaba su razón; pero en cuanto ponía 
el pie en la casa de la hermosa malagueña, la per- 
día por completo, se transformaba en una bestia 
que aquélla hacía bailar á latigazos. No se crea que 
esto es enteramente figurado. Contábase en Madrid 
que el duque traía un aro de hierro con una argolla 
al brazo en señal de esclavitud, y que la Amparo 
le ataba con cadena cuando bien le placía. Algu- 
nos amigos , para cerciorarse , le habían apretado el 
brazo burlando y certificaban que era cierto. La ex- 
florista , aunque de inteligencia limitadísima y de 
cultura más limitada aún, tenía suficiente instinto 
para remachar los clavos de esta esclavitud. Con su 
genio arisco y desigual, alimentaba el fuego de la 
sensualidad en aquel viejo lúbrico. El duque había 
llegado á persuadirse de que su querida , á pesar de 
las sumas fabulosas que con ella gastaba, era muy 
capaz de dejarle plantado si un día se atufaba. Esta 
convicción le tenía siempre sobresaltado y rendido, 
dispuesto á humillarse, á cometer cualquier bajeza 
por complacerla. Aunque muy sagaz, su lascivia le 
cegaba hasta el punto de no comprender que la 
Amparo era más interesada y astuta de lo que él se 
figuraba. 

Cuando llegó al hotelito de mazapán, serían las 
tres de la tarde. Amparo estaba conferenciando 
gravemente con la modista , de modo que se vió 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



obligado á esperar un rato leyendo los periódicos. 
Al salir del gabinete, la joven al verle exclamó: 

— ¡ Ah! ¿Estaba V. allí, duque? 

— Sí; no lie querido sorprender secretos de Es- 
tado. 

■ — ¡Y que lo diga! ¿Yerdá usté? — dijo la ex flo- 
rista echando una mirada significativa á la modista. 

Esta sonrió discretamente y se fué. El duque 
abrazó por el talle á su querida y la llevó al gabi- 
nete. 

— ¿Cómo te va, chiquita ? ¿Bien, eh? 

— ¡Al pelo, hijo! ¿Cómo quieres que me vaya con 
un hombre tan retrechero? 

Al mismo tiempo se colgó de su cuello y le dió un 
largo y sonoro beso en la mejilla. Los párpados del 
duque temblaron de placer; mas por sus ojos pasó al 
mismo tiempo un reflejo de inquietud. Siempre que 
la Amparo se le colgaba del cuello era para darle 
un sablazo formidable, una entrada á saco en el 
bolsillo. 

— ¡ Y que no tiene guita el gachó ! ¡ Y que no 
sabe lo que son mujeres! — siguió la hermosa con- 
templándole con admiración. 

«¡Malo! ¡malo!» dijo para sí el banquero. Sin em- 
bargo, las caricias de su querida le hacían feliz. 

— Mira, Tono, no hay cosa que más me guste que 
decirles por lo bajo á todas las sin vergüenzas 
que pasean por el Retiro: «¡Andad, andad, ham- 
bronas, que si á mí se me antoja os puedo enterrar 
en billetes de Banco!. . .» ¿Yerdá tú, salao? 

« ¡ Malísimo ! » volvió á decir el duque en su inte- 
rior; y en voz alta: 



LA ESPUMA 



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— Algunos hay, preciosa; algunos hay en casa. 
Y llevando la mano al bolsillo para sacar la car- 
tera, dijo brutalmente: 

— ¿Cuántos necesitas? 

— ¡ Ninguno, canalla ! — exclamó ella soltando á 
reir. — Pensabas que me estaba preparando para 
darte un sablazo, ¿eh? 

— ¡ Claro ! No te veo cariñosa sino cuando nece- 
sitas dinero. 

— ¡Habrá embusterazo, marrullero! Cualquiera 
que te oyese, pensaría que es cierto. Confieso que 
soy un poco bruta y testaruda, ¡pero no siempre, 
hijo, no siempre ! . . . Además, no me sienta mal este 
geniecillo agrio, ¿verdá tú? 

La hermosa odalisca se había sentado sobre las 
rodillas del duque y le daba fuertes palmadas con 
entrambas manos en sus carrillos de trompetero 
recién rasurados. Vestía una bata de color azul 
oscuro con adornos más claros, que le sentaba admi- 
rablemente. Su tez era cada día más fina , más tersa , 
más nacarada: era un milagro de la naturaleza. Y 
sobre aquella tez lucían sus grandes ojos negros 
sombríos , salvajes , con un fuego misterioso y sen- 
sual. Sus cabellos, que daban en azules de tan ne- 
gros , caían ondeados sobre la frente ocultándola á 
medias. Su garganta, amasada con leche y rosas, 
pedía á gritos el homenaje de los labios. El duque 
estaba contentísimo desde que había conjurado el 
peligro: se derretía en caricias, que la Amparo acep- 
taba sumisa contra su costumbre. 

— Espera un poquito. Hoy quiero que tomes cafó 
conmigo. 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Ya lo he tomado, hija. 

— No importa, lo vas á tomar otra vez. Hace ya 
muchos días que no lo tomamos juntos. ¡Claro, con 
ese dichoso baile te van á saltar los sesos ! 

Al mismo tiempo se levantó y comenzó á manio- 
brar con los enseres de hacer café, que estaban 
dispuestos sobre la mesa. 

— Yo mismita te lo voy á hacer para que te rela- 
mas, so canalla: y voy á echar en él unos polvitos 
que me ha vendido una gitana para ponerte blan- 
dito, ¿sabes?. .. Porque tengo que pedirte una cosa. 

Los ojos del duque volvieron á reflejar la inquie- 
tud. Pero se apresuró á disimularla riendo. 

— ¡Ya lo decía! ¿Qué tienes que pedirme, rubita? 

— En tomando el café lo sabrás. 

No pudo arrancarle antes el secreto. Arrimó una 
mesilla japonesa á la butaca donde estaba el duque: 
para sí trajo una sillita dorada. Y charlaron con 
animación ó, por mejor decir, charló ella mientras 
él la escuchaba arrobado, con la cabeza echada hacia 
atrás , acercando de vez en cuando con su mano tré- 
mula de hombre gastado la taza á los labios. 

— Oye, Tono, ■ — ■ dijo ella cuando terminaron, po- 
niendo con decisión los codos sobre la mesa y mirán- 
dole fijamente: — ¿qué te parece, de ir yo á tu 
baile? 

Otro que no fuese Salabert hubiese dado un brinco 
al oir semejante atrocidad. El no hizo más que abrir 
los ojos repentinamente, para dejar caer los pár- 
pados otra vez quedando en la misma actitud soño- 
lienta. 

— No me parece mal. 



LA ESPUMA 



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— ¿De modo que puedo ir? 

— ¡ Ya lo creo que puedes ir ! Lo que no podrás 
será entrar. 

— ¿Pues? — exclamó ya encrespada la bella. 

— Porque no te recibirían. 
Amparo se levantó furiosa. 

— ¿Y por qué no me recibirían, di, por qué? — 
profirió sacudiéndole un brazo y acercando su cara 
á la de él. 

— ¡ Calma, chica , calma ! Porque mi hija no puede 
soportar á su lado una mujer más bonita que ella. 
Si te presentases en mi casa, todas las miradas se 
irían tras de ti : serías la verdadera reina del baile. . . 
Ya comprendes que eso no le haría maldita la gracia. 

Amparo miró al duque fijamente para averiguar 
«si se estaba quedando con ella». La fisonomía de 
aquél permanecía inalterable. 

— Bien; pues de todos modos quiero ir, — dijo 
con mal humor y recelosa. — Me traerás una invi- 
tación. 

— ¿Que más quisiera yo, querida, que traerte 
una invitación? Si sabes de alguna persona á quien 
yo deseara más ver en el baile que á ti , dilo. . . Pero 
mi mujer y mi hija me sacarían los ojos, ¿sabes? 

— ¿Y qué tengo yo que ver con tu mujer y tu 
hija? — prorrumpió la irascible malagueña. — Tú 
eres el amo. Yo quiero una invitación y la tendré. 
Quedamos, pues , en que mañana me la traerás. . . 

— Dispensa, chiquita. . . 

— -¡Ah! ¿Conque no quieres? ¿Conque te niegas 
á darme ese gusto? Entonces, grandísimo gorrino, 
embustero, ¿por qué no hablas claro? Es decir que 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



yo te estoy aguantando , viejo sucio, te estoy siendo 
fiel como si fueses el chico más guapo de Madrid , 
y cuando se trata de complacerme en una cosa 
insignificante te llamas andana. ¡Ay, qué tío! La 
tonta es una en guardar consideraciones á quien no 
las merece. Y luego, ¿quién me va á rechazar? ¡La 
de Osorio ! ¡ Ole mi vida !. . . Siento mucho decírtelo, 

hijo, aunque bien debes 
saberlo. Clementina, en 
cuanto á conducta, vale 
tanto como yo... menos 
que yo , porque al fin y al 
cabo soy libre, y ella no. . . 
Pero tú tienes menos ver- 
güenza que ella... ¡Qué 
se puede esperar de un 
hombre que se pone de ro- 
dillas delante de una p. . . 
y se deja abofetear por 
ella! Lo mismo que de to- 
dos esos pendones viejos 
que irán á tu baile y que 
nos pueden poner á nos- 
otras escuela de porque- 
rías. 

La bella soltaba ó me- 
jor vomitaba estos y otros 
insultos acompañados de interjecciones de cochero, 
paseando furiosa por la estancia. De pronto se paró 
delante del duque y le gritó hecha una hiena : 

— ¡Sal de aquí, so gorrino! Sal de mi casa. Me 
escupo yo en ti y en tus millones. 




LA ESPUMA 



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Salabert soltó una carcajada. 

— Amparito, nunca te he visto tan enfadada, 
ni tan guapa tampoco. . . Aquí está la invitación , — 
dijo sacando la cartera. 

— Métela en . . . — exclamó la sultana con des- 
precio. 

Fué preciso que el banquero se humillase á ro- 
garle que la aceptara. Al cabo de muchas súplicas 
se dignó tomarla. 

— Bien; déjala ahí y vete al pasillo por haberme 
puesto tan nerviosa. 

Esto de mandarlo al pasillo era un castigo que 
la Amparo había inventado últimamente. Cuando el 
duque la impacientaba ó la aburría, echábale de 
la habitación y le tenía á veces horas enteras en la 
antesala ó en el pasillo esperando como un perro. 
Ahora no tardó tanto en abrirle de nuevo. Estaba 
sonriente y serena y le abrazó cariñosamente. 

— Oye, Tono, ¿estaría bien, disfrazada de María 
Estuardo? 

— Estarías admirablemente. Creo que debes en- 
cargarte el traje en seguida. 

Amparo sonrió maliciosamente. 

— Ya está encargado y ya está hecho. Mira. 

Y abriendo el cuarto guardarropa le mostró un 
maniquí vestido de reina de Escocia. 

Llegó al fin el día del baile. Los periódicos lo 
anunciaron por última vez haciendo resonar fuerte- 
mente el bombo y los platillos. El duque de E-e- 
quena había gastado en los preparativos más de un 
millón de pesetas , según contaban los revisteros á 
sus lectores. Decían además ¡oh caso inaudito! que 

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ARMANDO PALACIO YALDÉS 



las flores habían venido casi todas de París. Y era 
cierto. El duque, nacido en Valencia, el más her- 
moso jardín de Europa, para su baile hacía traerlas 
flores de Erancia. Un capital de algunos miles de 
duros en flores : las camelias rodaban por el suelo 
sirviendo de alfombra en la antesala y los corredo- 
res. Centenares de plantas casi todas exóticas ador- 
naban aquélla, el vestíbulo y los dos salones de 
baile. Legiones de criados con calzón corto y visto- 
sas casacas aguardaban apostados estratégicamente 
en todos los puntos necesarios. Una pareja de guar- 
dias de caballería permanecía al lado de la verja del 
jardín manteniendo el orden en los coches, ayudada 
de algunos agentes de orden público. El guardarropa 
construido nuevamente era una estancia lujosa don- 
de tocio estaba prevenido para que los magníficos 
abrigos, sereneros ó salidas de baile, como ahora se 
nombran, no sufriesen el más mínimo desperfecto. 
La gran escalinata estaba iluminada con luz eléc- 
trica: el vestíbulo y el comedor con gas: los salones 
de baile con bujías. En la sala de conversación y en 
la de juego había algunas lámparas de petróleo con 
enormes y artísticas pantallas. En éstas ardía ade- 
más un fuego claro y brillante en las chimeneas. 

Clementina recibía á los invitados en el primer 
salón, cerca de la antesala. Sustituía á su madrastra 
porque ésta, á causa de su debilidad, no podía man- 
tenerse tanto tiempo en pie. La duquesa estaba en 
la sala de conversación rodeada de algunas amigas : 
allí recibía á los que iban á saludarla. El duque y 
Osorio, á la puerta de la antesala, ofrecían el brazo 
á las damas que iban llegando y las conducían hasta 



LA ESPUMA 



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Clementina. El atavío de ésta realzaba, como había 
presumido bien, su espléndida belleza. Su gallarda 
figura parecía aún más fina y más esbelta con aquel 
traje ajustadísimo: su linda cabeza rubia resaltaba 
sobre el terciopelo negro como una rosa blanca. El 
rey Felipe III hubiera trocado de buena gana su 
Margarita auténtica por ésta contrahecha. Un por- 
menor que comenzó á correr por los salones y que al 
día siguiente noticiaron los revisteros , era que había 
venido un peluquero de París en el sud-exprés expro- 
feso á peinarla. 

La abigarrada muchedumbre comenzó á invadir 
los salones. Todas las épocas de la historia ,. todos 
los pueblos de la tierra mandaron su representación 
al baile de Requena. Moras , judías, chinas, damas 
godas, venecianas, griegas, romanas, de Luis XIY, 
del Imperio, etc., etc., reinas, esclavas, ninfas, gita- 
nas, amazonas, sibilas, chulas, vestales, paseaban 
amigablemente del brazo ó formaban grupos char- 
lando y riendo entre caballeros del siglo pasado, 
soldados de los tercios de Flandes, pajes y nigro- 
mánticos. La mayoría de los hombres, no obstante, 
había limitado el disfraz á la taima veneciana. La 
orquesta había tocado ya dos ó tres valses y rigodo- 
nes; pero nadie bailaba. Se esperaba la llegada de 
las personas reales para dar comienzo. 

Raimundo se deslizaba por todos los salones con 
cierta seguridad de favorito, hablaba con los cono- 
cidos , sonriendo á todo el mundo con su especial 
modestia, que le hacía más extraño que simpático en 
una sociedad donde los modales fríos y levemente 
desdeñosos son signo de elevación y grandeza. Vivía 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



el joven entomólogo, desde hacía tiempo, en un deli- 
cioso aturdimiento, una especie de sueño de oro, 
como algunas veces suelen tenerlos las personas de 
condición más humilde. Su atavío de paje de los 
Reyes Católicos le sentaba muy bien , y más de una 
linda joven volvió la cabeza para contemplarle. De 
vez en cuando se acercaba al sitio donde Clementina 
se hallaba cumpliendo sus deberes , y sin dirigirle 
la palabra cambiaban algunas miradas y sonrisas 
amorosas. Una de las veces, al tiempo que lo hacían, 
se aproximó á la dama Pepe Castro, disfrazado de 
caballero de la corte de Carlos I. 

— ¿Qué es eso? — le dijo al oído. — ¿No te has 
cansado aún de tu bambino? 

Cuando se encontraban solos, Pepe se autorizaba 
el tutearla y Clementina lo admitía. 

— Yo no me canso de lo biieno, — repuso ella son- 
riendo. 

— Muchas gracias, — replicó él irónicamente. 

— No hay de qué. ¿Por qué me buscas la lengua? 

— Porque me gusta. Ya lo sabes. 

La dama alzó los hombros , hizo un mohín de des- 
dén , y pugnando por no reir se dirigió á la condesa 
de Cotorraso que en aquel instante pasaba cerca. 

Raimundo los había contemplado mientras habla- 
ron. El tono confidencial en que lo hicieron le hirió. 
Permaneció un instante inmóvil: por delante de él 
pasó, sin que lo advirtiera, la niña de Calderón, que 
acudía por vez primera á un baile. Traía un lindí- 
simo traje de joven veneciana color carmesí, y 
escote bajo. Su madre otro riquísimo de dama ho- 
landesa; saya de color noguerado recamada de oro y 



LA ESPUMA 



101 



plata, voluminosa gorguera con puntas de encaje 
y doble collar de diamantes y perlas. ¡Cuánta hiél 
habían hecho tragar aquellos vestidos al bueno de 
Calderón! Al principio, cuando se habló del baile 
de trajes, pensó que con cualquier disfraz de mala 
muerte cumpliría y no tuvo inconveniente en otor- 
gar su permiso. Cuando vió los trajes y la cuenta de 
la modista, quedó estupefacto: estuvo por gritar 
¡ladrones! Maldijo de su colega Salabert, de ] a hora 
en que se le había ocurrido dar aquel baile y ele 
todas las damas venecianas y holandesas que habían 
existido. Lo que más hondamente trabajaba su es- 
píritu abatido era la consideración de que aquellos 
trajes costosos no servirían más que para una noche. 
Cuatro mil pesetas tiradas á la calle, como él dijo 
más de cien veces aquellos días. 

Esperancita dirigió una mirada á Alcázar bus- 
cando su saludo; pero viéndole distraído volvió los 
ojos al grupo de Clementina y se hizo cargo inme- 
diatamente de lo que ocurría. También por su frente 
pasó una nube de tristeza como por la de Raimundo. 
Mas, repentinamente, se iluminó, sus ojos brillaron, 
y todo su rostro, que era asaz insignificante, se 
transfiguró adquiriendo cierto encanto indefinible. 
Era que Pepe Castro se acercaba á saludarla. 

— ¡Preciosa, preciosa! — dijo el adonis en tono 
distraído, inclinándose con afectación. 

La niña se puso fuertemente colorada. 

— ¿Quiere V. bailar el primer vals conmigo? 
Justamente en aquel instante se acercó á ellos un 

grupo de pollastres de los que revoloteaban en torno 
de los millones de Calderón, felicitando calurosa- 



102 



ARMANDO PALACIO VALDÉ8 



mente á la niña. Entre ellos estaba Cobo Ramírez. 
Todos se apresuraron á pedirle bailes, apuntando en 
el primoroso librito de Esperanza la inicial de su 
preclaro nombre. Ramoncito Maldonado, que se ha- 
llaba á unas cuantas varas de distancia , no se 

acercó al grupo, fiel á la 
consigna de no prodi- 
garse, de hacerse desear, 
que hacía ya más de un 
año le había dado su 
amigo y mentor Pepe 
Castro. Hasta entonces, 
de poco ó nada le había 
servido aquella táctica: 
Esperancita permanecía 
insensible á sus asiduos 
y rendidos obsequios. 
Pero esto no lo atribuía 
él á deficiencia del mé- 
todo, sino á su falta de 
valor para seguirlo ri- 
gurosamente sin desma- 
yos ni contemplaciones. 
En cuanto la niña le po- 
— nía los ojos dulces, le 

dirigía alguna palabra 
afectuosa , ¡ adiós , plan estratégico ! Ahora echaba 
miradas torvas al grupo contestando distraídamente 
al conde de Cotorraso, que desde hacía algún tiempo 
le mostraba una terrorífica predilección cogiéndole 
por la solapa donde quiera que le hallaba para ex- 
plicarle su nuevo método de destilación del aceite. 




LA ESPUMA 



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Con su lujosa casaca y peluca blanca ele caballero 
del siglo pasado, el joven concejal no había ganado 
en dignidad. Parecía un lacayo. 

Hubo gran agitación, de pronto, en los salones. 
Llegaban las personas reales. La muchedumbre se 
agolpó en las inmediaciones de la puerta. El duque , 
la duquesa, Clementina y Osorio bajaron la escali- 
nata del jardín para recibirlas. La orquesta tocó la 
Marcha Real. Los soberanos pasaron lentamente, 
sonriendo, por entre las apretadas filas de los invi- 
tados, deteniéndose cuando veían alguna persona 
de su conocimiento para dirigirle una palabra afec- 
tuosa. Esta se inclinaba profundamente y les be- 
saba la mano con emoción, que se traslucía en la 
cara. Particularmente las señoras se humillaban con 
un deleite que no eran poderosas á disimular, con un 
sentimiento de ternura y adoración que las ponía 
rojas. Organizóse poco después el rigodón de honor 
y Clementina abandonó su puesto para tomar parte 
en él. El monarca bailó con la duquesa, que hizo 
un esfuerzo por contentar á su marido. Una triple 
fila de curiosos formaban círculo viéndoles bailar. 

Salabert triunfaba. El granuja del mercadal de 
Valencia traía los reyes á su casa. Sus ojos salto- 
nes, mortecinos, de hombre vicioso, brillaban con 
el fuego del triunfo. La explosión de la vanidad 
hacía volar en pedazos las inquietudes sórdidas que 
aquel baile le había causado, la lucha á muerte 
que había sostenido con su avaricia. Mañana tal 
vez estos pedazos se volverían á juntar para darle 
tormento: pero ahora, ebrio de orgullo, aspiraba á 
graneles bocanadas el aire de grandeza y de fuerza 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



que sus millones le daban. Tenía las mejillas encen- 
didas , congestionadas por la vanidad satisfecha. 

— Mirad qué cara resplandeciente tiene Salabert 
en este momento, — decía Rafael Alcántara á León 
Gruzmán y á otros íntimos que formaban grupo. — 
¡ Qué felicidad respira por todos los poros ! Gran 
ocasión para pedirle diez mil duros prestados. . . 

— ¿Los daría? — preguntó uno. 

— Sí , al siete por ciento con buena hipoteca , — 
replicó el perdis. — Mirad, mirad, ahí viene Lola 
Madariaga. . . , la mujer más graciosa y más remoní- 
sima que ha pisado el salón hasta ahora , — añadió 
elevando un poco la voz para que lo oyese la inte- 
resada. 

Lola le envió una sonrisa de gratitud. Su marido, 
el mejicano de las vacas, que también oyó el piropo, 
saludó al grupo con afabilidad. Aquélla estaba real- 
mente muy linda disfrazada de dama de Luis XIV; 
vestido rojo recamado de oro, y manto amarillo, 
también bordado, el cabello empolvado, y al cuello 
una cinta de terciopelo negro con brincos de plata. ■ 

Terminado el rigodón de honor, los jóvenes co- 
menzaron á bailar. Pepe Castro vino á recoger á 
Esperancita, que paseaba con su íntima la última 
de Alcudia. Ambas asistían por vez primera á un 
baile de importancia. Estaban alegrísimas contem- 
plando con viva emoción el mundo bajo su aspecto 
más risueño, gorjeándose discretamente al oído sus 
dulces y recónditas impresiones. Paseó un instante 
con ellas, hasta que un pollo vino á invitar á Paz, y 
ambas parejas se lanzaron á la vez en la corriente 
del baile. El mundo desapareció para Esperancita. 



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Un delicioso y vago sentimiento de dicha y libertad, 
como el que tendría un pájaro al volar si estuviese 
dotado de alma, penetró en su corazón y lo inundó 
de alegría. Era también la primera vez que Pepe 
Castro le apretaba la cintura. Sentíase^ arrebatada 
por él en medio del torbellino de parejas y se creía 
sola. ¡Ella y él!, y la música acariciando los 
oídos y el corazón, interpretando dulcemente 
las inefables impresiones que palpitaban en el 
fondo de su alma. Al descan- 
sar unos instantes, su rostro 
expresaba de tal modo intenso 
este divino sentimiento del 
primer amor, que su tía Cle- 
mentina , al cruzar del brazo 
del presidente del Congreso, 
no pudo menos de sonreir di- 
rigiéndole una mirada mitad 
cariñosa, mitad burlona que 
la hizo enrojecer. Pepe Cas- 
tro se esforzaba por sacarle 
las palabras del cuerpo : aque- 
lla noche, el exceso de la emo- 
ción la tenía semimuda. La 
dicha que embargaba su alma 
se traducía, como casi siempre 

acontece, en un sentimiento de benevolencia hacia 
todo el mundo. El baile le parecía encantador; todos 
los hombres eran chistosos; todas las mujeres esta- 
ban admirablemente vestidas. Hasta Mamoncito, que 
acertó á pasar por delante , pudo recibir algunas 
gotas de este rocío bienhechor. 




IOS 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¿No baila V., Ramón? — le preguntó con una 
sonrisa tan amable, que el ilustre concejal se sintió 
desfallecer ele felicidad. 

— Me ha entretenido el conde de Cotorraso basta 
ahora . 

— Pues á buscar pareja. . . Mire V.: allí está Rosa 
Pallares que no baila. 

El futuro estadista se apresuró á invitarla , pen- 
sando con su penetración característica que Espe- 
rancita le daba esa pareja porque era bastante fea. 
Mecido en este grato y dulcísimo pensamiento pasó 
un rato feliz bailando con la hija del general Palla- 
res, «uno de nuestros más bellos bacalaos», al decir 
ele Cobo Ramírez. Creía estar cumpliendo con un 
mandato de su adorada, dándole un testimonio irre- 
cusable de que sus celos , si los sentía , eran in- 
fundados. 

Cuando terminó el vals, vino, como un caballero 
de la Edad inedia que sale del torneo, á recibir el 
galardón de las manos de su dama. Pero como no 
hay dicha completa en este mundo, al mismo tiempo 
que él se acercó á la niña Cobo Ramírez. Ambos 
se sentaron á su lado y la atosigaron á requiebros 
y atenciones. El uno le pedía el abanico, el otro 
el pañuelo; los dos procuraban atraer su atención 
sacando conversaciones divertidas, lisonjeando su 
orgullo por todos los medios que podían. En ho- 
nor de la verdad hay que confesar que , aunque 
Ramoncito era mucho más profundo y político, 
la conversación de Cobo era más amena. Sin em- 
bargo, por uno de esos caprichos inexplicables de 
las jóvenes, Esperancita mostrábase más afectuosa 



LA ESPUMA 



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y deferente con Maldonado, contra su costumbre. 
Y los tres ofrecían un espectáculo curioso y di- 
vertido. 

Los criados circulaban con bandejas llenas de 
sorbetes, jarabes, confites y frutas heladas. Ramón 
llamó á uno, para ofrecer á Esperanza ciertas ye- 
mas á las cuales sabía que era aficionada. Al mismo 
tiempo invitó con empeño á su antagonista á que 
tomase un helado. Cobo lo rehusó. Le apremió con 
tal afán, que el conde de Agreda, Alcántara y otros 
varios que estaban cerca lo notaron. 

— Mirad á Ramón qué empeño tiene en que Cobo 
tome un helado, — dijo uno. 

— ¡Claro! lo ve sudando y quiere matarlo. Es 
lógico, — repuso León. 

Pepe Castro, cuando vió acercarse á Cobo y Ra- 
moncito, se había retirado discretamente. En el 
camino tropezó con Clementina, que parecía multi- 
plicarse acudiendo á todos los sitios donde hacía 
falta y volviendo á cada instante junto á los sobe- 
ranos, que se habían retirado con la duquesa, el 
duque y las personas de su servidumbre, á una sala 
donde nadie osó entrar. 

— Ya te he visto bailando con mi sobrinita , — 
le elijo. — ¿Por qué no le haces el amor? 

— ¿Para qué? 

— Para casarte. 

— ¡Horror ! Pero chica, ¿qué te he hecho yo para 
que me aborrezcas tanto? 

— Vamos, ven aquí. Has de ser formal, — dijo ella 
poniéndose grave, adoptando un aire maternal. — 
Esperanza no es hermosa, pero tampoco desagra- 



108 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



dable. Tiene la frescura de la juventud y está ena- 
morada de ti. . . me consta. . . 

— Sí; lo mismo que tú, — manifestó el gallardo 
salvaje, sonriendo con un poco de amargura. 

Ella lo advirtió y quiso dejarle satisfecho. 

— Lo mismo que yo... si te hubiese conocido á 
los diez y seis años. Te digo que te quiere, y mucho. 
Nosotras las mujeres cogemos al vuelo estas cosas. 
Cásate, no seas tonto. . . Calderón es muy rico. . . 

Cuando Pepe quiso contestar, la dama ya se había 
alejado con pie rápido. Quedó unos instantes inmó- 
vil y pensativo: luego, á paso lento, balanceándose, 
comenzó á dar la vuelta á los salones , deteniéndose 
ante las mujeres hermosas, examinándolas con mi- 
rada impertinente, como un bajá en el mercado de 
esclavas. 

Lola Madariaga se había apoderado de Raimundo. 
Le tenía á su lado allá en un ángulo de la gran sala 
de conversación, y desplegaba uno tras otro, con 
arte infinito, todos los recursos de su coquetería 
para conquistarle. Esta era la manía de la graciosa 
morena. No podía cualquiera de sus amigas tener 
un galán sin que al momento no se le antojase arran- 
cárselo. Importaba poco que fuese guapo ó feo, 
airoso ó encogido. Para ella, lo interesante era 
satisfacer la violenta necesidad que siempre había 
sentido de ser idolatrada , de triunfar de todas las 
demás. Tenía unos ojos de mirar suave, inocente, 
que engañaban. Nadie creyera que detrás de aquella 
mirada se ocultaba una voluntad tan firme y tan 
astuta. Alcázar la encontraba linda y su conver- 
sación muy placentera; pero influía mucho en esta 



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simpatía la consideración de ser amiga íntima de 
Clementina y la de versar la plática casi siempre 
acerca de ésta. No pndiendo bailar con su adorada 
ni hablar á solas, tanto por prudencia como por las 
muchas obligaciones que aquella noche pesaban so- 
bre ella, se consolaba oyendo 
á Lola relatar pormenores 
referentes á su amiga. Todo 
le interesaba al mancebo, el 
vestido que había llevado al 
baile de la embajada fran- 
cesa, los menudos acciden- 
tes que le habían ocurrido en 
la cacería de Cotorraso, las 
escenas que allí había tenido 
con su marido, etc. La linda 
morena seguía el plan de 
atraer primero su atención, 
captarse su simpatía á fin de 
ponerle blando. 

Clementina llegó á la sala 
cuando más enfrascados es- 
taban en la charla. Quedóse 
un instante á la puerta mi- 
rándoles sorprendida é irri- 
tada. Hacía tiempo que Lola 
cayera de su gracia. Aunque 

Pepe Castro ya no le interesaba, cuando su amiguita 
trató de birlárselo, esta acción produjo cierto en- 
friamiento en sus relaciones. Luego observó que 
Lola miraba á Raimundo con buenos ojos y bro- 
meaba con él en cuanto se le presentaba ocasión. 




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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Esto despertó en su pecho un odio, que le costaba 
trabajo disimular. 

Les clavó una mirada intensa y colérica, y avan- 
zando hasta el medio de la estancia, dijo con voz 
un poco alterada: 

— Alcázar, le necesitamos para bailar. ¿Está us- 
ted muy cansado? 

— j Oh, no ! — se apresuró á decir el joven levan- 
tándose. — ¿Con quién quiere V. que baile? 

No contestó. Lola la había dirigido una sonrisita 
sarcástica que acabó de exasperarla. Se dirigió á la 
puerta. 

— Siento mucho haberle molestado á V., — le dijo 
fríamente cuando estuvieron lejos. 

Raimundo la miró sorprendido. Cuando nadie los 
oía acostumbraba á tutearle. 

— ¿Molestia? Ninguna. 

— Sí; porque, al parecer, estaba V. muy á gusto 
al lado de esa señora. . . 

Y no pudiendo refrenar sus ímpetus más tiempo, 
le dijo sordamente: 

— Ven conmigo. 

Le llevó al comedor donde las mesas estaban ya 
esperando á los invitados. Allí, en el hueco de un 
balcón, desahogó su ira. Le llenó de insultos y dió 
por definitivamente rotas sus relaciones. Llegó á 
sacudirle violentamente por el brazo. Alcázar quedó 
tan estupefacto, tan aterrado, que no supo qué con- 
testar. Esto le salvó. Al ver su rostro descompuesto 
donde se pintaban el dolor y la sorpresa, Clemen- 
tina no pudo menos de comprender que la ira la 
engañaba. En Raimundo no había existido hiten- 



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ción de coquetear. Sosegándose un poco admitió 
las disculpas que aquél le dio al fin. 

— Si precisamente, para hablar ele ti es paralo 
que yo me acerco á ella. 

— ¡Ah! ¿para hablar de mí?... Pues mira, de 
aquí en adelante no hables de mí. Basta con que me 
quieras. 

Los criados, que por allí anclaban, los miraban con 
el rabillo del ojo y se hacían guiños maliciosos. Al 
salir tropezaron con Pepa Frías. La frescachona 
viuda estaba muy bien ataviada : había oído infi- 
nitos requiebros. Vestía de princesa extranjera del 
tiempo de Carlos III, de lama plata con recamos de 
oro, y manto de terciopelo azul. Un escote cuadrado 
dejaba ver con harta claridad lo que Pepa debía de 
considerar más interesante en su persona , á juzgar 
por la predilección con que lo mostraba. 

— ¡ Chica , tengo un hambre de lobo ! — entró 
diciendo. — ¿Cuándo acabáis de abrir el buffet? ¡Ah! 
¿conque os vais por los rincones? ¡Prudencia, Cíe- 
mentina, prudencia !. . . Hija, yo no puedo aguardar 
más: dame algo de comer, ó me caigo. 

Clementina la llevó riendo á un rincón y la hizo 
servir algunas viandas. Alcázar se volvió á los salo- 
nes muy alegre, pero tembloroso aún por la violenta 
emoción que su querida le había hecho experimen- 
tar. Nunca la había visto tan furiosa. 

La amistad de ella con Pepa se había remachado 
desde la escena que hemos descrito más atrás. La 
viuda se había persuadido de que la salvación de 
su fortuna se fundaba en este cariño y procuraba 
fomentarlo. Gracias á él había rescatado ya, poco á 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



poco, una gran parte ele ella. El resto no le apu- 
raba. Sabía que D. a Carmen tenía hecho testamento 
á favor de su hijastra, y aunque esta señora había 
mejorado un poco era segura su muerte en plazo 
breve: los módicos habían descubierto en ella un 
tumor y no se atrevían á operarla á causa de su 
extremada debilidad. 

A Clementina le hacía muchísima gracia el des- 
enfado y, mejor aún, el cinismo de Pepa. Ambas se 
entendían admirablemente. Ambas eran chulapas, 
dos manólas nacidas demasiado tarde y en condi- 
ción social poco acomodada á su naturaleza. Por 
supuesto, Pepa lo era mucho más legítima que Cle- 
mentina, quien no lo llevaba en la masa de la sangre: 
veníale de afición. 

— Mira, Ciernen, que te estás desacreditando, — 
le decía aquélla, mientras engullía vorazmente un 
pedazo de pavo en galantina. — Deja ese niño que 
no vale un perro chico.. . Para capricho ya ha sido 
bastante. 

— ¿Qué sabes tú lo que vale? — replicaba riendo 
Clementina. 

— Por las trazas, hija... Parece hecho en la 
Dulce Alianza. Lleva más de un año en relaciones 
contigo, y todavía se pone colorado como un pavo 
cuando le miras. 

— Pues eso es precisamente lo que á mí me gusta. 
Pepa alzó los hombros con indiferencia. 

— ¿De veras? Para mí sería una calamidad, hija. 

— Y Arbós , ¿qué tal se porta ? 

— Ese es un tonto de capirote, ¿sabes? — dijo con 
la boca llena; — pero al menos tiene fachada. En 



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dicióndole que es un gran hombre se tira de cabeza 
al agua por ti. . . Tú no sabes. . . me ha colocado en 
el Ministerio más de dos docenas de parientes... 
Luego da gusto tener cierta influencia en la polí- 
tica y que los diputados la mimen á una. Ayer, pre- 
cisamente, tuve la visita de Mauricio Sala, que 
quiere á todo trance ser subsecretario... Al pare- 
cer, está seguro de que, siéndolo, Urreta le dará su 
hija. 

— Yo detesto la política... ¿Sabes que Irenita 
está monísima con su traje de cazadora?. . . 

— ¡ Ps ! vistosilla. . .. 

— No, no, monísima. ¿Dónde anda su marido, 
que no le he visto más que al entrar? 

■ — ¿Su marido? ¡Valiente tuno está su marido! — 
exclamó levantando furiosa la cabeza. — ¡Ay qué 
disgustos, querida, qué disgustos tan grandes tengo 
sobre mí ! — añadió con la boca llena. 

— ¿ María Huerta ? — preguntó Clementina en 
tono confidencial. 

— La misma, — dijo entre dientes la viuda, mi- 
rando fijamente al pavo. Luego encrespándose de 
pronto: — Es un bribón ¿sabes?, un sin vergüenza, 
que no sabe siquiera guardar el decoro de su mujer. 
La mayor parte de los días la espera á la salida de 
San Pascual y la acompaña á pie hasta su casa. En 
el teatro no le quita los gemelos de encima. ¡Una 
porquería! Aunque sea un mal marido, que tenga 
dignidad. Y la pánfila de mi hija, loca, perdida por 
él. ¡Has visto qué imbécil! No hace más que llorar 
y pedirle celos... ¡Qué más quiere ese monigotillo 
que verla humillada ! . . . Si yo estuviera en su caso 

8 * 



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¡ya le diría ! . . . Le ponía en segnidita un armatoste 
en la cabeza que no cabía por esa puerta. 

La exaltación de su espíritu no le impedía engu- 
llir lindamente. 

— Dios te lo pague, bija, — concluyó por decir 
levantándose. — A ver si este corazón se está quieto 
un rato. 

Pepa pretendía padecer de cierto mal de corazón 
que sólo se le calmaba comiendo. 

Pocos minutos después de salir ambas amigas del 
comedor, Clementina dió las órdenes oportunas y el 
buffet se abrió solemnemente. Las personas reales 
entraron primero acompañadas de su servidumbre 
y de los amos de la casa. Salabert había echado el 
resto en la cena. El gran comedor de techo arteso- 
nado parecía un ascua de oro : las flores de vividos 
colores, las frutas exóticas, la vajilla de plata, la 
cristalería, bajo las poderosas lámparas de gas titi- 
laban como el cielo estrellado, producían un fuerte 
deslumbramiento. Los criados con casaca y peluca 
blanca, aguardaban inmóviles pegados á la pared, 
tiesos y solemnes. En las dos cabeceras del salón 
ardían enormes troncos de encina dentro de sendas 
chimeneas con retablos de roble tallado, cuyos ador- 
nos casi llegaban al techo. Todos los manjares que 
estaban sobre la mesa habían venido de París acom- 
pañados de una comitiva de criados y marmitones. 
Se exceptuaba el pescado, que procedía del Cantá- 
brico, y un pudding llegado por la tarde de Londres. 
Eran fiambres en su mayoría. No obstante, había 
consommé caliente para el que lo pedía. 

Las personas reales estuvieron muy cortos mo- 



LA ESPUMA 



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mentos en el comedor. Así que salieron precipitóse 
en él la ola de la muchedumbre con harto poca cere- 
monia. Los salones quedaron silenciosos en poder 
de los criados, que con la regularidad y precisión de 
soldados cambiaron las bujías próximas á extin- 
guirse por otras nuevas , mientras el comedor reso- 
naba con el campanilleo de los platos y las copas, 
la charla y las carcajadas de los convidados. 

Cobo Ramírez abandonó por un rato á Esperan- 
cita dejándola en poder de su rival, para sentarse 
en un rincón delante de una mesita volante y de- 
vorar algunos trozos de boeuf d'Hambourg y jamón. 
Naturalmente , E-amoncito aprovechó este desahogo 
para poner de manifiesto el contraste entre su par- 
quedad poética y la glotonería prosaica de Cobo, 
hasta que Esperancita le paró los pies diciendo con 
mal humor á su amiguita Paz, que estaba del otro 
lado: 

— Pues á mí me gustan los hombres que comen 
mucho. 

■ — A mí también , — repuso Pacita. — Al menos 
indica que no tienen enfermo el estómago. 

— Yo no lo tengo tampoco, — se apresuró á decir 
el concejal, sofocado y molesto por la actitud hostil 
en que las dos amiguitas se habían colocado. 

Paz se contentó con sonreír desdeñosamente. 

El general Patiño, fatigado de enviar mortíferos 
proyectiles á la esposa de Calderón sin que la plaza 
se diese siquiera por enterada , había levantado el 
cerco para sitiar á la marquesa de Ujo, que á las 
primeras granadas había capitulado abriendo las 
puertas al enemigo. Sin embargo, el general, como 



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estratégico consumado, 210 perdía de vista á Ma- 
riana, esperando cualquier incidente favorable para 
caer de nuevo sobre ella. Se decía en los periódicos 
que iba á ser nombrado ministro de la Gruerra. Este 
cargo, sin duda, le daría más prestigio y más auto- 
ridad para entrar á rebato en cualquier parte. La 
marquesa de Ujo vestía de turca y le sentaba tan 
bien, que, según Alcántara, apetecía soltarle un tiro. 
Su languidez era tanta aquella noche , que apenas 
tenía fuerzas para articular las palabras, viéndose 
á cada paso el ilustre general en la necesidad de 
ayudarla en tan ímproba tarea. Mientras roía con 
sus dientes desvencijados algunas pastas, pues no 
admitía otra cosa su estómago, también un poquito 
averiado, disertaba, mejor dicho, exhalaba una serie 
de exclamaciones acerca de cierta novela recién pu- 
blicada en Francia. 

— ¡ Qué escena ! . . . ¡ Ah ! ¡ pero qué cosa tan lin- 
da !.. . Cuando ella le dice : « Entrad en el cuarto 
si queréis: podréis manchar mi cuerpo, pero no mi 
alma...» ¡ Ah ! ¡Y cuando va al lugar del duelo y 
recibe la bala que iba dirigida á su marido ! . . . ¡Qué 
cosa más linda ! . . . 

Pepe Castro caracoleaba (perdón por el símil) 
en torno de Lola Madariaga. Esta le contaba con 
risa maligna lo acaecido hacía un rato, cuando Cle- 
mentina se presentó de improviso donde ella estaba 
con Alcázar. Hablaba como si le hubiese arrancado 
el galán á su amiga, con un acento protector y des- 
deñoso que hubiera hecho dar un salto á la orgu- 
Uosa hija de Salabert si por ventura la hubiese oído. 

— ¡Pobre Ciernen! Se está haciendo vieja, ¿ver- 



LA ESPUMA 



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dad? ¡Qué figura tiene todavía! Claro que es á 
fuerza de apretarse , y esto tarde ó temprano le va 
á hacer daño; pero de todos modos... La cara no 
corresponde á la figura, ¿no cree V.? Sobre todo 
ahora que se le está empañando el cutis de un modo 
horroroso. Siempre ha tenido una fisonomía muy 
dura. 

Y al mismo tiempo sus ojos claros y suaves mira- 
ban á Castro con tal dulzura, que realmente era para 
empacharse. Le habían dicho siempre (y era cierto) 
que tenía una fisonomía muy dulce. Por dar más 
realce á esta cualidad ponía cara de idiota. 

Castro asentía á todo, tanto por lisonjearla como 
por la mala voluntad que tenía á Clementina. No 
sentía interés por Lola, pero á raíz de su ruptura 
con aquélla se había consolado un poco festeján- 
dola : aunque en ello había tenido no poca parte el 
deseo de no aparecer derrotado á los ojos del mundo. 

— ¿Y usted cree que está enamorada realmente 
de ese niño que parece una colegiala del Sagrado 
Corazón ? 

— ¡ Yaya Y. á saber ! Clementina presume mucho 
de original. Esta última aventura la acredita de 
ello... Mire Y. qué miraditas tiernas le está echando 
el bebé desde lejos. 

Raimundo, en pie, allá en el extremo de una de 
las mesas, no quitaba ojo á su amada, que iba y 
venía de un sitio á otro previniendo los deseos de 
aquellos invitados á quienes más deseaba compla- 
cer. De vez en cuando le enviaba una imperceptible 
sonrisa de inteligencia que transportaba al joven al 
séptimo cielo. 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Pepa Frías, si no comía porque estaba ahita, 
pellizcaba en las frutas y confites, teniendo detrás 
de su silla á Calderón, Pinedo, Fuentes y otros 
tres ó cuatro caballeros maleantes que gozaban en 
tirarle de la lengua. No se la mordía, en verdad, la 
fresca viuda: se defendía admirablemente de todos 
ellos parando y contestando los golpes con maestría. 

- — ¿Dónde dice V. que tiene gota, Pepa? 

— En los pies, Pinedo, en los pies.. . donde tiene 
usted el talento. 

— Aunque Y. me insulte, quisiera que me traspa- 
sase esa gota... ¡por tener siquiera una gota de 
usted ! 

— ¡ Pocas gracias ! sería una gota de esencia aro- 
mática, — dijo un consejero de Estado harto dulzón. 

— ¿Y usted qué sabe, hombre, si no ha metido la 
nariz más que en el coro de ambos sexos? 

El consejero se puso colorado. Todos rieron de la 
alusión. 

— ¡Pero qué cruel es Y., Pepa! — exclamó Fuen- 
tes riendo todavía. — - Los que aquí estamos no sabe- 
mos nada... (digo, señores, yo hablo por mí), del 
olor, del color, ni del sabor de Y.; pero no nos qui- 
tará el derecho de figurarnos que es Y. una cosa 
apetitosa y tierna. 

— ¿Tierna?. . . Está Y. en un error lamentable. 

- — Yo lo digo por lo que veo... — dijo acercando 
el rostro al exuberante seno de la viuda... — Y á pro- 
pósito: ¿qué lleva Y. en ese alfiler? ¿es un retrato 
de familia? 

El alfiler representaba un mono. 

— No, Fuentes, — replicó furiosa, — es un espejo. 



LA ESPUMA 



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De todo el grupo salió una carcajada espontánea 
que hizo volver la cabeza á los que estaban cerca. 

Fuentes quedó acortado un instante, pero como 
hombre de ingenio que era supo reponerse. 

- — Yo seré mono, Pepa; pero Y. es monísima. 

— ¡Bravo, Fuentes, bravo! — exclamó Calderón, á 
quien, como hombre exclusivamente de debe y haber, 
causaba asombro cualquier frase oportuna. 

El tiroteo siguió aun después de haber salido la 
mayor parte de la gente á los salones. El grupo 
se había reforzado con algunos pollastres. Esta fué 
la razón de que Pepa se levantase bruscamente al 
cabo, diciendo: 

— Me voy. Por mi causa están ustedes escandali- 
zando á estos seres tiernos y candorosos. 

Los pollos protestaron con algazara. 

Poco después de poblarse nuevamentelos salones 
de baile se retiraron las personas reales. Hubo para 
despedirlas el mismo ceremonial, esto es, las filas 
apretadas á la puerta de la antesala, la Marcha 
Real por la orquesta y la despedida de los dueños 
hasta la escalinata. 

Clementina respiró con libertad. A paso lento, 
gozando el placer del que ha terminado una tarea 
difícil, atravesó los salones dirigiendo sus ojos risue- 
ños á todas partes, dejando fluir de sus labios pala- 
britas amables á los amigos con quien tropezaba. 
Aquel baile espléndido, quizá el más suntuoso que 
hubiese dado jamás un particular en España, era 
obra suya casi exclusivamente. Su padre había sumi- 
nistrado el dinero; pero ella la actividad, el gusto, 
el artificio. Escuchaba las enhorabuenas que todos 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



al paso la murmuraban, mecida en una embriaga- 
dora satisfacción del amor propio. La felicidad le 
hizo pensar en el amor , su complemento indispen- 
sable. Acometióle un deseo penetrante de cambiar 
con Raimundo, á solas, algunas tiernas palabras de 
cariño, algunas caricias fugitivas. Y buscóle con 
los ojos entre la muchedumbre. 

Raimundo había vagado toda la noche por los 
salones casi siempre solo. Había esperado el baile 
con deseo pueril, prometiéndose vivos ó ignorados 
placeres: jamás había asistido á una de estas fiestas 
brillantes de la sociedad aristocrática. La realidad 
no correspondió á su esperanza, como siempre acon- 
tece. Toda aquella vana ostentación, el lujo escan- 
daloso desplegado ante su vista, en vez de acariciar 
su orgullo lo hirió cruelmente. Nunca se sintió tan 
forastero en aquel mundo que hacía tiempo fre- 
cuentaba. Sus pensamientos , encaminados hacia la 
melancolía, representáronle su pobre hogar, donde 
por su culpa iba á faltar muy pronto lo necesario, la 
modestia de su santa madre, que no vacilaba en des- 
empeñar las tareas más humildes de la casa, y la de 
su inocente hermana , que con ella había aprendido 
á ser económica y trabajadora. Un remordimiento 
feroz le mordió el corazón. Observaba, además, 
que en los jóvenes salvajes que le rodeaban, existía 
contra él cierta hostilidad latente. Tenía á muchos 
por amigos, le recibían agradablemente, jugaba con 
ellos, les acompañaba en algunas excursiones de 
placer: pero había llegado á comprender que para 
ellos no tenía otra personalidad que la que le daba 
el ser el amante de Clementina : en casi todos los 



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que trataba , percibía , ó su exagerada susceptibi- 
lidad le hacía percibir, un dejo desdeñoso que le 
humillaba horriblemente. El amor frenético que 
profesaba á Clementina le compensaba muy bien 
de esta tortura y hasta se la hacía olvidar muchas 
veces: pero aquella noche su dueño adorado, aunque 
no le olvidase, andaba lejos. Y le pasaba lo que á 
los místicos cuando Dios no les tiene de la mano: 
acometíale una gran sequedad, un tedio abrumador. 
Bailó por compromiso dos ó tres veces; conversó un 
poco. Harto al fin de dar vueltas se retiró al más 
oscuro rincón de una de las salas , y sentándose en 
un diván quedó sumido en tristeza profunda. 

Clementina le buscó en vano durante algunos 
minutos, hasta impacientarse. Cuando entró en la 
sala de juego le vió al fin venir hacia ella con la faz 
radiante. Toda su tristeza se había disipado al 
verla y al observar que le buscaba. 

— Si quieres que hablemos un momentito, vente 
al despacho de papá. Saliendo al corredor lo halla- 
rás á mano derecha, — le dijo rápidamente y con 
acento cariñoso. 

Y se fué. Raimundo, por disimular, se acercó á 
una de las mesas de juego y estuvo algunos instan- 
tes mirando. 

Clementina se deslizó disimuladamente por los sa- 
lones, salió al corredor y se dirigió al despacho del 
duque, una pieza regia que sólo tenía de respeto, 
pues siempre trabajaba arriba. Estaba profusamente 
iluminada, como todas las estancias del piso princi- 
pal. Al poner el pie en él creyó percibir un sollozo 
ahogado, que la llenó de sorpresa y temor. Derramó 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



la vista por todo el ámbito y percibió, allá en el fon- 
do, á una señora tumbada en el sofá, ocultando el 
rostro con el pañuelo, en actitud de llorar. Acercóse, 
y por el traje la conoció en seguida. Era Irenita. 

— ¡Irenita! Hija mía, ¿qué tienes? — exclamó 
inclinándose sobre ella con solicitud. 

— -Ay, perdón, Clementina. . . Me he metido aquí 
sin saber lo que hacía. . . ¡ Soy tan desgraciada! 

Y las lágrimas brotaron con abundancia de sus 
ojos. 

— -Pero, ¿qué te ha pasado, criatura? 

— ¡Nada, nada ! — replicó la niña sollozando. 
Hubo unos segundos de silencio. Clementina la 

contemplaba con lástima. 

— - Vamos , — dijo acercando la boca á su oído. — 
Emilio te ha dado algún disgusto esta noche. 

Irenita no contestó. 

— No te aflijas, tonta. Con eso no adelantas nada. 
Procura, aunque sea haciendo un gran esfuerzo, 
aparecer indiferente. Ese es el medio mejor de que 
no te desprecie. . . Digo. . . el medio mejor es otro. . . 
pero no te lo aconsejo, porque no está bien acon- 
sejar ciertas cosas. . . Si estás enamorada de él no 
des tu brazo á torcer, por Dios. . . Que no sepa estas 
penas tuyas, porque eres perdida. . . Déjale que satis- 
faga su capricho, que él volverá á ti. 

Irenita levantó su rostro bañado de lágrimas. 
— -¿Pero ha visto V. lo que ha hecho hoy? ¡Es 
horrible ! 

En aquel momento Clementina oyó pasos en el 
corredor, y sospechando de quien eran fué rápida- 
mente á la puerta, diciendo : 



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— Espera un poco: déjame cerrar. 

Fué bien á tiempo, porque en aquel instante lle- 
gaba Raimundo. La dama puso el dedo en los labios 
haciéndole seña de que se alejase. Irenita no advir- 
tió nada. Cuando Clementina volvió á su lado le dió 
cuenta, entre lágrimas y sus- 
piros, de los agravios que 
su marido le había inferido 
aquella noche. En primer 
lugar, Emilio se vistió de 
húngaro para venir al baile. 
Irene había observado en 
cuanto entró, que María 
Huerta vestía también de 
húngara. Debían de estar 
convenidos, lo cual era una 
afrenta, que más de una per- 
sona había notado. Luego 
bailaron un vals y un ri- 
godón. Mientras duró éste, 
Emilio no había cesado de 
hablarle al oído. Toda la no- 
che la había estado sirvien- 
do lo mismo que un "criado, 
presentándole él mismo las fuentes de confites y 
frutas heladas. Una vez, al darle una de éstas , le 
había apretado los dedos; bien lo había visto. ¡Esto 
era una indecencia! Irenita quería suicidarse. Pre- 
fería morir mil veces á padecer semejantes tor- 
mentos. Clementina la consoló como pudo. Emilio 
la quería muchísimo : le constaba. Sólo que los hom- 
bres tienen á lo mejor estos sofocos, lo que llaman 




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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



los toreros, extraños. Como el corazón no está inte- 
resado, dejándoles sueltos un momento se hastían 
y vuelven á lo que verdaderamente aman. 

Para arreglarse un poco y lavar los ojos no quiso 
llevarla al tocador del baile : subióla al de la du- 
quesa. Al cabo de unos minutos bajaron ambas. Ire- 
nita prometió no dar á conocer su pena. En cuanto 
Clementina enteró á Pepa de lo que había pasado, 
se sulfuró de tal modo que tuvo necesidad de conte- 
nerla para que no fuese á arañar á su yerno. 

— Bien , si no le araño ahora , le arañaré después , 
— dijo alzando los hombros con indiferencia. Tan 
resuelta estaba á ello. — Suceda lo que suceda, yo 
no puedo consentir que ese tití mate á mi hija, 
¿sabes?... Y en cuanto á esa pendona desorejada, 
no he de parar hasta que la escupa en la cara. . . y al 
cabronazo de su marido, lo mismo. . . ¡Pues estamos 
aviados ! 

— ¿No será mejor que procures desembarazarte 
de ellos? Huerta está en el Ministerio. Mira á ver si 
le mandas de gobernador á cualquier parte. . . 

— ¡ Pues es verdad ! Ahora mismo voy á hablar á 
Arbós. . . ¡ Pero lo que es á mi señor yerno no le per- 
dono!... Esta noche me las ha de pagar, ó no me 
llamo Pepa. 

El duque, rodeado siempre de un grupo de fieles, 
se dejaba atufar á golpes de incensario; soltando á 
largos intervalos algún gruñido espiritual que los 
electrizaba , les hacía prorrumpir en exclamaciones 
de alegría. Las señoras eran las que más se distin- 
guían por su entusiasmo : el genio especulador de 
Salabert les infundía vértigos de asombro, como si 



LA ESPUMA 



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se pusiesen á calcular cuántos vestidos podrían com- 
prarse con sus millones. Y él, tan flexible general- 
mente, que había llegado al puesto que ocupaba, 
según propia confesión, á fuerza de puntapiés en el 
trasero, al hallarse entre sus adoradores los maltra- 
taba sin piedad: sus chistes brutales, lo mismo caían 
sobre los hombres que sobre las señoras; gozaba 
en la ostentación bárbara de su fuerza. Si aquellos 
sus devotos admiradores se dejaban humillar tan 
pacientemente no dándoles nada, ¿qué no sucedería 
si repartiese entre ellos sus millones, si el becerro 
de oro comenzase á vomitar monedas? 

En la sala de juego, adonde se fué después de 
haber despedido á los soberanos, le tenían material- 
mente bloqueado una porción de especuladores de 
segunda y tercera fila. 

— ¿Cómo van las acciones de Riosa, señor du- 
que? — se atrevió á preguntarle uno. 

— No me hable usted de eso, — gruñó el procer 
poniendo los ojos torvos. 

El plan de Llera se estaba desenvolviendo pun- 
tualmente: esto es, el duque, después de haber 
tomado un número crecido de acciones , se ocupaba 
en producir el pánico entre los accionistas. Hacía 
ya algunos meses que por medio de agentes secretos 
compraba acciones para venderlas al instante con 
pérdida. Gracias á estas operaciones, el papel había 
bajado considerablemente. Ahora preparaba el golpe 
definitivo, comprando mayor cantidad para lanzarlo 
repentinamente al mercado, aprovechar la baja que 
esto produciría y adquirir la mitad más una de las 
acciones. 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— No todos los negocios han de salir bien , — re- 
plicó el otro sonriendo con mal disimulada satisfac- 
ción. — Usted ha sido siempre afortunado. . . 

— No es á la fortuna á quien debe sus éxitos 
el señor duque. A su genio, á su habilidad inconce- 
bible es á quien los debe, — manifestó un tercero 
arreándole una tufarada de incienso. 

— Sin duda , sin duda , — se apresuró á decir el 
otro tratando á su vez de apoderarse del incensa- 
rio. — El señor duque es el primer genio financiero 
que ha salido en nuestro país. Yo no comprendo 
cómo no se le entrega la Hacienda española. Si 
él no la arregla, no hay que esperar salvación para 
nosotros. . . 

— Pues si acierto á salvarla como he acertado 
en el negocio de Riosa, aviados quedan los espa- 
ñoles , — profirió estoposamente el duque con acento 
de mal humor. 

— ¿Pero ha salido tan malo el negoció? 

— ¡F — ! para el Gobierno, no; pero para mí, que 
he tomado á la par las acciones , me parece que no 
ha sido bueno. 

El duque echaba la culpa de haberse metido en 
él al animal de su administrador, á Llera, que se lo 
había metido por la cabeza contra todos sus pre- 
sentimientos. 

— Los hombres como Y. no deben fiarse de nadie 
más que de su instinto, — le decían. — Cuando se 
tiene el genio de los negocios. . . 

Y la palabra genio venía á cada instante á los 
labios de los fieles idólatras del becerro. 

Súbito apareció en la puerta de la sala Ciernen- 



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tina seguida de Osorio, de Mariana y de Calderón. 
Los cuatro traían el semblante inquieto y asustado, 
y sus ojos se clavaron á la vez en Salabert, hacia el 
cual avanzaron precipitadamente. 

— Papá, escucha una palabra, — le dijo Clemen- 
tina. 

Salabert se destacó del grupo y fué á reunirse con 
los otros en el opuesto rincón. 

— ¡ Esa mujer está ahí !. . . — dijo aquélla con voz 
alterada, los ojos relampagueantes de ira. 

— ¡Es un escándalo ! — manifestó Osorio. 

— Algunas personas ya se han ido, y en cuanto 
se enteren, se irán todas , — apuntó con más sosiego 
Calderón. 

— ¿Qué mujer está ahí? — preguntó el duque 
abriendo mucho sus ojos saltones. 

— ¡Esa mujer!... esa Amparo la malagueña,— 
replicó su hija buscando el tono más despreciativo. 

— ¡ Cómo ! — exclamó el duque con profundo estu- 
por. — ¿Se ha atrevido esa z. . . . á presentarse en el 
baile? ¿Quién la ha dejado pasar? Mañana mismo 
despido al portero. 

— No, á quien hay que despedir ahora mismo es 
á ella... ¡en seguidita ! — dijo Clementina atrepe- 
llándose por la cólera. 

— ¡Sí, sí... ahora mismo! ¿Cómo es eso? ¡Atre- 
verse esa desvergonzada á poner los pies en esta 
casa y en un día semejante ! ¿Ya no hay pudor? ¿Ya 
no hay vergüenza? ¿En qué país estamos? ¿Pero 
cómo ha podido pasar? ¡ Una fiesta que había comen- 
zado tan bien ! 

— Traía invitación, al parecer. 



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— Pues la ha robado ó estará falsificada. 

— Bien, bien; concluyamos pronto, — dijo Cle- 
mentina con voz irritada. — Está en los salones. Es 
necesario que vayas á allá y la notifiques que haga 
el favor de salir, del modo que mejor te parezca.. . 
¡Pero pronto! antes que lo perciba la gente... y 
sobre todo, mamá. . . 

— No, chica; yo no voy... Me conozco bien y sé 
que no podría contener mi indignación. No nos con- 
viene llamar la atención en este momento... Ye 
tú, ve tú. . . y que se largue pronto. . . 

Clementina, sin pronunciar otra palabra, se alejó 
con paso rápido, el rostro pálido y contraído, los 
labios'trómulos. Lanzóse en el torbellino de los salo- 
nes y buscó ansiosamente á la intrusa. No tardó 
muchos minutos en hallarla ¡ oh vergüenza ! del 
brazo del marqués de Dávalos. 

Estaba espléndidamente hermosa la ex florista 
con su traje de María Estuardo. Llevaba un so- 
bretodo acuchillado de mangas abiertas , color car- 
mesí recamado de oro ; un elegante prendido de 
encaje y menudas florecillas de esmalte y perlas. 
Su incomparable belleza irritó aún más la ira de 
Clementina. 

La hermosa odalisca de Salabert, aunque de inte- 
ligencia limitadísima , había tenido tiempo á refle- 
xionar que su presencia en el baile podría acarrear 
un conflicto. Pero su antojo era tan vivo y desorde- 
nado, que de ningún modo quiso dejar de satisfa- 
cerlo, de lucir su costoso vestido de reina de Escocia. 
Pensó que podría sortear aquella difícil situación 
yendo á última hora , dando un par de vueltas por los 



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salones y retirándose en seguida. Hízose acompañar 
de una amiga vieja de aspecto venerable. Amargo 
desengaño debió de experimentar cuando al pene- 
trar en los salones y tropezar con una porción de 
distinguidos salvajes á quienes trataba con intimi- 
dad, Pepe Castro, el conde de Agreda, Maldonado 
y otros , observó que todos le volvían la espalda y 
se apresuraban á alejarse. Tan sólo el fiel Manolo, 
el loco marqués de Dávalos, la reconoció y consintió 
en la mengua de ofrecerla el brazo. 

Pocos minutos pudo disfrutar de su apoyo la ma- 
lagueña. Cuando una sonrisa de triunfo plegaba ya 
sus labios y á paso lento y majestuoso iba dando su 
apetecida vuelta por los salones , se encontró repen- 
tinamente frente á Clementina, la cual, sin previo 
saludo ni la más leve inclinación de cabeza, ni hacer 
caso alguno de su acompañante, la puso la mano 
en el hombro, dicióndola: 

— Tenga V. la bondad de escuchar una palabra. 
María Estuardo empalideció, titubeó unos instan- 
tes, y por fin dijo con firmeza y ademán orgulloso: 

— Nada tengo que hablar con V. A quien deseo 
ver es al dueño de la casa, al duque de Requena. 

Margarita de Austria la clavó una mirada ira- 
cunda, que la otra sostuvo sin pestañear. Luego, 
acercando la boca á su oído, le dijo con rabioso 
acento : 

— Si V. no me sigue ahora mismo, llamo á dos 
criados para que la saquen del salón á viva fuerza. 

La reina de Escocia se estremeció; pero tuvo aún 
ánimos para contestar : 

— Deseo ver al señor duque. 

9 * 



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— El señor duque no está visible para usted... 
¡ Sígame, ó llamo ! 

Y al mismo tiempo echó una mirada en torno 
como en ademán de cumplir su promesa. 

La Estuardo empalideció aún más, y despren- 
diéndose del brazo de 
Dávalos la siguió al fin. 

Esta escena había si- 
do observada por varias 
personas; pero nadie osó 
seguirlas si no es el de- 
mente Manolo, que lo 
hizo de lejos. La esposa 
de Felipe III se dirigió 
á la antesala y allí dijo 
á un lacayo : 

— El abrigo de esta 
señora. 

No se habió otra pa- 
labra. El lacayo entregó 
el abrigo. María Estuar- 
do se lo puso sin ayuda de na- 
die, con mano temblorosa. Luego 
avanzó unos cuantos pasos, y vol- 
viéndose de pronto, dirigió una 
mirada ele odio mortal á D. a Mar- 
garita de Austria, que se la de- 
volvió acompañada de una sonrisa de desprecio. 

Estaba de Dios que la desgraciada reina de Esco- 
cia había de ser humillada siempre. Primero lo fué 
por su tía Isabel de Inglaterra. Ahora la reina Mar- 
garita la ponía sin miramientos de patitas en la 




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calle. Donde encontró á su acompañanta dentro ya 
del coche: al ver el comienzo de la escena pasada se 
había escabullido prudentemente. Antes que par- 
tiesen, el marqués de Dávalos se juntó aellas. No 
sabemos lo que los salones de Requena ganaron 
en su aspecto moral con la marcha de María Es- 
tuardo; pero sí podemos afirmar que perdieron 
mucho en el estético: porque, á la verdad, estaba 
lindísima. 

El baile tocaba á su fin. Comenzaron los prepara- 
tivos para el gran cotillón. La muchedumbre se 
había aclarado un poco: algunos se fueron antes de 
terminar el baile, viejos en su mayoría á quienes 
hacía daño el trasnochar. Entre las damiselas hubo 
la agitación y el movimiento que precede siempre 
al cotillón, última etapa en la cual el baile adquiere 
un aspecto de recreo familiar muy grato, en que el 
arte y la imaginación intervienen para arrancarle 
sensualidad y hacerle un pasatiempo inocente, al 
estilo de las hermosas fiestas que en el siglo xiv se 
celebraban en los palacios de Inglaterra y Francia. 
Para las niñas casaderas suele ser también el mo- 
mento en que termina el primer acto de la comedia 
amorosa que han empezado á representar. 

Pepe Castro había recibido el consejo de su ex 
querida Clementina referente á la conveniencia de 
festejar á la niña de Calderón, con risa como ya 
hemos visto. Sin embargo no le cayó en saco roto. 
Mientras bailaba y bromeaba con otras jóvenes, no 
dejó de acordarse más de una vez. Al llegar el coti- 
llón se acercó á Esperancita preguntándola si quería 
ser su pareja, á sabiendas de que esto no podía ser, 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



pues todos los pollastres se apresuran á pedir tal 
merced á las damas así que entran en el baile. Pero 
le convenía para el plan que comenzaba á desenvol- 
verse en su cerebro, fecundo en abstracciones. La 
niña lo tenía, en efecto, comprometido con el conde 
de Agreda; mas al oir la demanda de Castro, sintió 
tales deseos de acceder á ella, que con sorprendente 
audacia respondió que sí. 

La duquesa designó como dama directora á la 
condesa de Cotorraso, á la cual se unió Cobo Ra- 
mírez: éste se imponía en todos los bailes como 
habilísimo director de cotillones. Tan era así, que 
muchos días antes del baile ya había celebrado 
largas conferencias con Clementina acerca de este 
punto esencialísimo. 

Formóse el corro de sillas. Pepe Castro fué á 
sacar á Esperanza, que tomó su brazo de buen 
grado. Mas antes de dar un paso llegó el conde de 
Agreda. 

— ¡Cómo, Esperancita ! ¿No me había Y. conce- 
dido el cotillón? — preguntó sorprendido. 

La audacia no abandonó á la niña, la audacia de 
la mujer enamorada. 

— ¡Ay, perdóneme V., León! Cuando se lo con- 
cedí á Y. no me acordaba que ya lo tenía compro- 
metido con Pepe , — respondió en un tono que podía 
envidiar la más consumada actriz. 

El conde se retiró diciendo algunas palabras de 
cortesía, que no pudieron ocultar su mal humor. 
Cuando quedaron solos, Esperancita, asustada de 
aquel testimonio de interés que había dado á Castro, 
se apresuró á disculparse ruborizada. 



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— La verdad es que no me acordaba de que lo 
tenía comprometido con León. . . Y como ya había 
tomado el brazo de usted... y además el conde baila 
de un modo que me fatiga mucho. . . 

Pepe Castro no abusó de su triunfo, se manifestó 
modesto y sumiso. En vez de galantearla descarada- 
mente, adoptó un temperamento más insinuante, 
colmándola de atenciones delicadas, estableciendo 
mayor confianza entre ellos , mostrándola, en una 
palabra, mucho cariño, pero sin hablarla de amor. 
La niña rebosaba de dicha. Empezaba á sentirse 
adorada; creía que la simpatía y el afecto con que 
siempre se habían tratado Pepe y ella se transfor- 
maban al fin en amor: su corazón empezó á saltar 
alegremente dentro del pecho. 

También Ramoncito estaba muy contento con 
aquel trueque. El conde de Agreda le era de poco 
tiempo atrás muy antipático, casi tan antipático 
como Cobo Ramírez , porque empezó á sentir de él 
los mismos celos que del otro. En cambio, á Pepe 
Castro considerábalo como su mismo yo, otro con- 
cejal más esbelto. Las atenciones que Esperancita 
le guardase, las tomaría como dirigidas á su propia 
persona. Así que, al verlos del brazo se conmovió 
profundamente, y al acercarse á ellos para decir- 
les algunas palabras insignificantes no pudo menos 
de ruborizarse. Pepe le hizo un guiño malicioso 
como diciendo: «Has triunfado en toda la línea». 
El joven concejal sintió que se acercaba á pasos 
de gigante el logro de sus esperanzas y el apogeo de 
su dicha. 

El cotillón fué digno remate de aquel baile bri- 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



llantísimo. La fantasía de Cobo Ramírez, apretada 
por la gravedad del caso, fascinó á los invitados con 
peregrinas trazas y artificios delicados: los tnvo 
enajenados cerca de una hora. Llamó la atención, 
y le valió unánimes aplausos, un juego de sortija 
que se organizó en el medio del salón. Cobo dividió 
á los caballeros en dos cuadrillas , que tiraron al- 
ternativamente flechas con unos primorosos arcos 
dorados á la sortija suspendida por una cinta del 
techo. Los vencedores tenían derecho á bailar con 
las damas de los vencidos, mientras éstos los habían 
de seguir dándoles aire con el abanico. Organizóse 
después otro juego de cintas para las damas. La 
vencedora salió un momento del salón y apareció 
en seguida en un magnífico carro tirado por cuatro 
lacayos vestidos de esclavos negros : dió así una 
vuelta rodeada de todas las demás, al compás de 
una marcha triunfal. Estas y otras invenciones no 
menos famosas, dejaron para siempre sentada sobre 
bases sólidas la fama del hijo de los marqueses de 
Casa-Ramírez. 

Terminado el cotillón, comenzó el desfile de la 
gente. Fué una retirada estrepitosa. Toda aquella 
muchedumbre se agolpó en el vestíbulo y en la es- 
calinata, charlando en voz alta, riendo, gritando 
alguna vez en demanda del coche. El vasto jardín, 
iluminado por algunos focos de luz eléctrica, ofrecía 
un aspecto fantástico, inverosímil, como los paisa- 
jes de los cosmoramas de feria. Aquellas luces blan- 
cas, intensas, hacían aún más negro y profundo el 
follaje, borraban los linderos del parque extendién- 
dolo desmesuradamente. La noche era despejada. 



LA ESPUMA 



135 



En el oriente azuleaba ya la aurora. Hacía un frío 
intenso. Envueltos en sus gabanes de pieles, los 
jóvenes salvajes quemaban los últimos cartuchos de 
su ingenio en honor de las hermosas clamas que 
tenían cerca. Los costosos y pintorescos abrigos de 
éstas chillaban debajo de las bombillas eléctricas. 
Los caballos piafaban, los lacayos gritaban, y 
los coches, al acercarse lentamente á la escalinata, 
hacían crujir la arena de los caminos. Sonaban 
golpes de portezuelas, ruido de besos, voces de des- 
pedida. La rueda de los coches, al pasar por delante 
de la gran escalinata, iba arrebatando poco á poco 
á los que allí estaban para dispersarlos por todo 
Madrid en busca de reposo. 

Pepe Castro se había colocado al lado de Espe- 
rancita y la hablaba dulcemente al oído. La niña, 
embozada hasta los ojos, sonreía sin mirarle. Cuando 
su coche llegó al fin , se estrecharon las manos 
largamente. 

— Supongo que no nos tendrá tanto tiempo olvi- 
dados como hasta ahora; que irá por casa más á 
menudo, — dijo ella teniendo aún su mano entre 
las del gallardo salvaje. 

— ¿Usted quiere de verdad que vaya á menudo 
por su casa? — dijo mirándola fijamente como un 
magnetizador. 

— ¡ Ya lo creo que quiero ! 

Al decir esto se ruborizó fuertemente debajo del 
embozo, y desprendiendo bruscamente su mano, 
siguió á su mamá que entraba en el carruaje. 

Pepa Frías había dicho á su hija: 

— Mira , chica , cuando nos vayamos , deseo que 



136 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Emilio me acompañe. Estoy nerviosa y no podría 
dormir si no le ajustase antes las cuentas. No quiero 
más escándalos, ¿sabes? Le voy á dirigir el ultimá- 
tum. Si persiste, tú te vienes conmigo y él que se 
vaya al infierno. 

Estaba furiosa. Su hija, aunque quisiera poner 
reparos á esto de la separación, pues adoraba á su 
infiel marido, no se atrevió. Bajó sumisa la cabeza. 
Cuando llegó el momento de marchar, Pepa se diri- 
gió á su yerno: 

— Emilio, haz el favor de acompañarme. Deseo 
hablar contigo. 

« ¡ Malo ! » dijo para sí el joven. 

— ¿É Irene? 

— Que vaya sola. No se la comerán los lobos, — 
respondió ásperamente. 

« ¡ Malísimo ! » tornó á decirse Emilio. 

En efecto, al partir Irenita dirigiendo ojeadas de 
temor y ansiedad á su mamá y su marido, se metió 
sola en su landeau, mientras ellos subían al de la 
primera. 

Cuando el carruaje comenzó á rodar, Emilio, para 
desarmar á su suegra , quiso , como un chiquillo que 
era, desviar el rayo sacando una conversación que 
pudiese entretenerla. 

— ¿Ha visto V. qué audacia la de la Amparo? La 
creía capaz de muchos desatinos, pero no ele uno 
semejante. 

Y habló de la Amparo con gran verbosidad sin 
conseguir que su suegra desplegase los labios. Lo 
mismo sucedió cuando principió á hacer comenta- 
rios acerca de la fortuna de Salabert, de los gastos 



LA ESPUMA 



137 



del baile, del extraordinario honor que había mere- 
cido de los soberanos aquella noche, etc., etc. Pepa, 
reclinada en su rincón, guardaba un silencio feroz 
que no anunciaba nada bueno. Pero Emilio, sin des- 
animarse, tocó con habilidad la tecla que responde 
en todas las mujeres. 

— ¿Sabe Y., Pepa (así la seguía llamando, lo 
mismo que cuando era novio de su hija), que en un 
grupo donde estaba el presidente del Consejo, oí, sin 
querer, grandes elogios de V.? Elogiaban mucho el 
traje: pero más aún la figura. Decían que no había 
ninguna niña en el baile que pudiera competir con 
la frescura de Y.; que tenía Y. un cutis como raso, 
cada día más terso y brillante. 

— ¡ Jesús , qué tontería ! Esas son payasadas , 
Emilio. En otro tiempo, no digo. . . 

— No, Pepa, no; el cutis de Y. es proverbial 
en Madrid. Ya daría Irene algo por tenerlo como 
usted. 

— ¿Es mejor que el de María Huerta? — preguntó 
con cierto tonillo irónico, donde no se adivinaba, 
sin embargo, gran irritación. 

Pepa había cambiado de plan: pensó que sería 
mucho mejor adoptar la vía diplomática. A un chi- 
quillo como Emilio, que no había sido indócil hasta 
entonces, era fácil atraerlo con el cariño. Aquél, 
en la oscuridad del coche , se había puesto colo- 
rado. 

— El de María Huerta no vale nada. 

— Por eso te gusta. Todos los hombres sois lo 
mismo en eso de cambiar las orejas por el rabo. 
Mira, Emilito, — añadió cogiéndole una mano, — yo 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tenía que reñirte mucho, hablarte muy seriamente, 
decirte cosas muy amargas... pero no puedo. Tengo 
un corazón tan estúpido que para todas las ofensas 
encuentra disculpas. Hoy has hecho una barraba- 
sada de marca, lo bastante para que Irene se sepa- 
rase de ti; pero á mí se me antoja que no es tan 
grande como parece , porque eres un chiquillo atur- 
dido. Estoy segura de que tú mismo no te explicas 
la gravedad de ella. . . 

Pepa continuó su sermón en este tono dulce y 
persuasivo. Emilio, que esperaba una rociada de 
injurias, quedó gratamente sorprendido. Escuchólo 
con sumisión, y después, con voz conmovida, empezó 
á disculparse. Verdad que había coqueteado un poco 
con María Huerta, pero juraba que no estaba inte- 
resado por ella: era una cuestión de amor propio. 
Cuando él se había casado con Irene, esta María 
había dicho en casa de Osorio que no comprendía 
como Irene aceptaba por marido un chico tan feo 
y tan insustancial. Entonces juró que se tragaría 
aquellas palabras y ya estaba conseguido. Por lo 
demás ¡ qué amor ni qué calabazas ! Nunca había 
estado enamorado de María Huerta ni pensaba 
estarlo. 

— Yo no podía creer que estuvieses enamorado, 
porque siempre has tenido muy buen gusto... Por- 
que en resumen, esa mujer no es más que un paquete 
de trapos. .. Si vistes el palo de la escoba como ella, 
puede muy bien hacer sus veces... Pero ya ves, Irene 
lo cree y tienes la obligación de evitarla esos dis- 
gustos. Si yo estuviese en su caso no me los darías, 
monigote , — añadió cogiéndole cariñosamente de la 



LA ESPUMA 



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oreja. — Ya sabría yo tenerte bien amarradito á mis 
faldas. 

— Lo creo, — repuso el joven dirigiéndola una 
larga mirada que nada tenía de filial. — Usted tiene 
más recursos que Irene. 

— ¿Pues? — preguntó ella con otra mirada poco 
maternal. 

— Porque Y. es una mujer más complicada, que 
necesita más estudio. Por lo mismo, no me dejaría 
tiempo á aburrirme seguramente. 

— ¿Qué sabes tú de eso, mamarrachillo? Hablas 
de mí como si me supieses de memoria. 

— ¡ Qué más quisiera yo ! 

— ¡Yaya, Emilio, no seas payaso! Mira que me 
estás faltando al respeto. 

La conversación siguió en este tono alegre y 
cariñoso mientras el carruaje rodaba por las calles 
sombrías. En aquel rincón oscuro, sacudidos por el 
vaivén de los resortes y aturdidos por el estrépito de 
las ruedas al saltar sobre el pavimento, el cuchicheo 
se hizo cada vez más íntimo, más insinuante, ani- 
mado á cada momento por risas ahogadas y palabri- 
tas dulces. De ambos se había apoderado un suave 
enternecimiento; de Pepa por haber hallado á su 
yerno tan dócil; éste por ver á su suegra tan cari- 
ñosa y transigente, creyendo encontrarla hecha una 
furia. Animado con su éxito, acariciado por aquella 
dulce confianza que repentinamente se estableció 
entre ellos, no cesaba de piropearla. Pepa se enfa- 
daba ó fingía enfadarse, le daba pellizcos feroces, le 
llamaba hipócrita, coquetón, desvergonzado. Con- 
cluyó por decir: 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Todo eso que me dices es una farsa tuya. Si 
fuese verdad me alegraría, porque así tendría cierta 
influencia contigo para hacerte un buen marido. 

Al salir del coche, con el rostro encendido, más 
hermosa que nunca, le dijo: 

— Sube un momento: tengo que darte el reloj de 
Irene, que se le ha olvidado ayer. 

Emilio la subió del brazo y entró con ella en su 
gabinete. 

Mientras tanto, Irenita llegaba á casa en un estado 
de agitación fácil de comprender en una niña tan 
sensible y enamorada de su marido como ella. La 
conducta de Emilio aquella noche la había trastor- 
nado, la había puesto excesivamente nerviosa. Y 
para fin de fiesta, la escena violenta que preveía 
entre su madre y su marido, de la cual tal vez sal- 
dría su ruptura definitiva con éste, la llenaba de 
espanto. Así que, apenas saltó en tierra delante de 
la puerta, acometida súbito de un vivo ó irresistible 
anhelo, volvió á montar apresuradamente, diciendo 
al cochero : 

— A casa de mamá. 

Le abrió el sereno la puerta exterior : la del piso 
el criado que había estado velando y que aguardaba 
la salida del señorito para irse á acostar. 

— ¿Dónde está mamá? 

■ — ■ En las habitaciones de adelante con el señorito 
Emilio. 

Irenita se dirigió con precipitación á la sala. No 
estaban allí. Pasó luego al bondoh*. Tampoco, ni 
se oía el más leve ruido. Entró en el gabinete. 
Nada. Entonces, sobrecogida de terror, de duda, de 



LA ESPUMA 



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ansiedad, lanzóse hacia la alcoba oculta por cortinas 
de brocatel donde creyó percibir algún rumor. En 
aquel momento se alzaron las cortinas y apareció 
su marido agitado y descompuesto, contemplándola 
con ojos de espanto. Irenita dió un grito y se des- 
plomó sobre el pavimento. 



V 



MATINÉE RELIGIOSA 



Pocos días después, á las once de la mañana de un 
viernes de Cuaresma, el salvaje más elegante de 
Madrid salía de un sueño tranquilo y profundo con 
el firme propósito de casarse con la hija de Calderón. 
Abrió los ojos, los paseó por los adornos hípicos 
que colgaban de las paredes de su cuarto, se despe- 
rezó con elegancia, bebió un vaso de limón que tenía 
sobre la mesa de noche y se preparó á levantarse. 
No afirmaremos que el mencionado propósito viniese 
á su espíritu durante el sueño; pero es innegable 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



que debió de operarse en él una misteriosa labor que 
lo favoreció sensiblemente. Porque en el momento 
de acostarse, Castro sólo pensaba vagamente en 
esta unión provechosa: al abrir los ojos, su deci- 
sión de lograr la mano de Esperancita por cuantos 
medios estuviesen á su alcance era ya irrevocable. 
Felicitemos , pues , de todo corazón á la afortunada 
niña y sigamos atentamente al noble salvaje en la 
tarea de perfeccionar la obra primorosa que la Na- 
turaleza había llevado á cabo al crearle. 

El criado tenía ya el baño dispuesto. Después de 
dar un vistazo al espejo para observar el semblante 
del día, esto es, el suyo, cogió unas bolas de hierro 
ó hizo con ellas algunos movimientos. Tomó un flo- 
rete y se tiró á fondo unas cuantas veces : en seguida 
aplicó unas docenas de puñetazos rectos sobre la 
almohadilla de un dinamómetro. Hecho lo cual creyó 
llegado el instante de meterse en el agua. Dentro de 
ella se hallaba aún cuando apareció en la habita- 
ción, .sin previo anuncio, Manolo Dávalos. 

— Pepe, tengo que hablarte de una cosa muy 
seria, — dijo el lunático marqués, con aparato de 
misterio, los ojos más extraviados que nunca. 

— Aguarda un poco: déjame salir del baño. 

— Sal pronto, que corre prisa. 

El marquesito se levantó de la silla donde se había 
sentado y comenzó á dar vueltas por la estancia con 
cierta agitación extrámbotica , á la cual ya estaban 
acostumbrados sus amigos. ~No podía estarse quieto 
cinco minutos. Si cualquiera hiciese al cabo del día 
la mitad de movimientos que él, caería rendido antes 
de llegar la noche. Castro seguía sus movimientos 



LA ESPUMA 



145 



con ojos burlones y desdeñosos; pero estos ojos se 
tornaron serios ó inquietos al ver que su amigo 
se acercaba á la mesa de noche y se ponía á jugar 
con un precioso revólver que allí tenía. 

— Mira que está cargado, Manolo. 

— Ya lo veo, ya, — respondió éste sonriendo; y 
volviéndose de pronto : 

— ¿Qué dirían en Madrid, si yo te matase ahora 
de un tiro? 

Pepe Castro sintió cierto hormigueo en la espalda, 
que no era producido solamente por el agua, y rió 
de un modo muy extraño. 

— Y que, hoy por hoy, lo podría hacer impune- 
mente, — siguió muy risueño el marqués. — Porque 
como todos dicen que estoy loco... 

— ¡Je, je! 

El tenorio volvió á reir como el conejo. No era 
cobarde; al contrario, tenía fama de quisquilloso 
y espadachín: pero, como casi todos los valientes, 
necesitaba público. La perspectiva de una muerte 
oscura á manos de un loco, no le hizo maldita la 
gracia. Los ejemplos de Séneca, Marat y otros 
hombres notables que murieron violentamente en el 
baño, no lograron darla ninguna amenidad, quizá 
porque no tuviese noticia de ellos. El marqués 
avanzó con el revólver amartillado, dicióndole : 

— ¿Qué dirían en Madrid? ¿eh? ¿qué dirían? 

Castro se sintió penetrado de frío como si estu- 
viese metido entre hielo y no en agua tibia. Pero 
tuvo aún serenidad para gritarle : 

— ¡Deja ese revólver, Manolo! Si no lo dejas 
no vuelves á ver en tu vida á Amparo. 

10 * 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¿Por qué? — preguntó aquél bajando el arma 
con el desconsuelo pintado en los ojos. 

— Porque yo no quiero; porque la aconsejaré que 
no te deje entrar más en su casa. . . 

— Bueno, hombre, no te incomodes... Ha sido 
una broma , — replicó apresurándose á colocar el 
revólver en su sitio. 

Castro salió al instante del baño. Lo primero que 
hizo, cuando estuvo envuelto en el capuchón turco 
con que se secaba, fué coger el revólver y guardarlo 
bajo llave. Tranquilo ya, pero irritado por el susto 
que su majadero amigo le había dado, comenzó 
á hablarle en tono malhumorado y despreciativo, 
mientras delante del espejo prodigaba á su bella 
figura, con el respeto debido, todos los cuidados á 
que era acreedora. 

— Vamos á ver, hombre, desembucha ese secre- 
to... Será una gansada de las que tú acostumbras... 
Desengáñate, Manolo, que tú ya no estás para salir 
á la calle. Debes ponerte en cura, — decía mientras 
se frotaba los brazos cpn una pomada olorosa que 
había tomado de la batería de tarros y frascos de 
todos tamaños que tenía delante. 

El marqués echó mano al bolsillo, y sacando la 
cartera y de ella un billetito de mujer, dijo con no 
poca solemnidad: 

— Amparo me acaba de escribir esta carta. Deseo 
que te enteres de ella. 

Pepe no volvió siquiera los ojos para mirar el 
documento que su amigo le exhibía. Absorto en la 
tarea de atusarse el bigote con un cepillito de barba, 
repuso en tono distraído : 



LA ESPUMA 



147 



— ¿Y qué dice la Amparo? 

El marqués le miró sorprendido de la poca impor- 
tancia que daba á aquella preciosa misiva. 

— ¿Quieres que te la lea? 

— Si no es muy larga. . . 

Manolo la desdobló con el mismo cuidado y res- 
peto que si fuese un autógrafo de Santa Teresa de 
Jesús y leyó con voz conmovida : 

«Mi queridísimo Manolo: Hazme el favor de man- 
darme por el dador dos mil pesetas que necesito con 
urgencia. Si ahora no las tienes, no dejes de traér- 
melas esta tarde á casa. Tuya de corazón siempre: 

» Amparo » . 

— ¡ Sopla ! ¡ Qué voracidad la de esa chica ! ¿No 
tiene bastante con el bolsillo de Salabert? Supongo 
que no se las habrás mandado. 

— No. 

— Has hecho bien. 

— Es que no las tenía. Precisamente para ver si 
tú puedes facilitármelas es para lo que he venido. 

Castro se volvió hacia él y le contempló unos 
momentos entre irritado y sorprendido. Tornando 
luego la vista al espejo, dijo con calma desprecia- 
tiva : 

— Querido Manolo ; eres un melón de gran tama- 
ño. Estoy seguro de que si heredases ahora á tu tía, 
entregarías la herencia á la Amparito para que la 
engullese como ha hecho con la de tus papás. 

Manolo se enfureció al oir esto. Defendió con 
energía á su ex querida. No era ella, no, quien le 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



había arruinado, sino los tunos de los mayordomos. 
Amparo era una chica de excelentes condiciones 
para ama de casa, un portento de arreglo doméstico: 
al mismo tiempo generosa , capaz de acomodarse á 
cualquier vida por el cariño, etc., etc. 

El maníaco marqués se expresó con calor y elo- 
cuencia haciendo el panegírico de su adorada. 

— -¿Sabes dónde está el mal de todo? — dijo sor- 
damente después de una larga pausa. — En que mi 
familias me privó, sin razón, de casarme con ella. 
¡ Qué obstinación tan estúpida ! Se empeñaban en 
que yo estaba perdidamente enamorado de esa mu- 
jer. ¡ Que había de estar enamorado ! . . . Lo que 
yo quería era dar una madre á mis hijos, ¿sabes? 
Nada más que eso. Ellos hubieran sido felices y yo 
también. 

Pepe Castro se volvió estupefacto. Por las pálidas 
mejillas del marqués rodaban algunas lágrimas de 
enternecimiento. Hizo un mohín de lástima y siguió 
arreglándose los bigotes. Al cabo de unos momentos 
de silencio, dijo: 

— -Dispensa, chico. No tengo esas dos mil pese- 
tas; pero aunque las tuviera puedes estar seguro de 
que me guardaría de dártelas si las ibas á emplear 
como dices. 

El marqués permaneció silencioso y comenzó á 
pasear de través por el espacioso dormitorio. 

— ¿A quién me aconsejas que se las pida? — dijo 
parándose de pronto. 

— A Salabert, — respondió Castro sonriendo bur- 
lonamente al espejo. 

Manolito se encrespó terriblemente al oirlo; sus 



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ojos llamearon siniestramente y se dirigió frenó- 
tico, agitando los puños, hacia Pepe, que se volvió 
hacia él y dio un paso atrás preparándose á re- 
chazarle. 

— ¡Eso que me has dicho es una porquería! ¡Es 
una infamia que merece una estocada ó un tiro ! 
Es una cobardía porque estás en tu casa. .. 

Y se puso á crujir los dientes y á rodar los ojos 
que daba espanto verle; pero no llegó á agredir á 
su amigo. Haciendo un esfuerzo supremo por con- 
tenerse, desahogó su furor arrojando contra el suelo 
el sombrero, de tal modo que lo destrozó. Castro 
quedó aturdido, hecho una estatua. Mil veces había 
bromeado con él diciéndole cosas mucho más fuertes, 
verdaderas insolencias sin que jamás se le hubiese 
ocurrido enfadarse: y ahora , por una chanza senci- 
llísima, montaba en cólera de aquel modo extraño. 
Procuró calmarle con algunas palabras de disculpa: 
pero Manolito no le escuchaba. Aunque desistió de 
la primera idea de arrojarse sobre él, comenzó á pa- 
sear como una fiera enjaulada , murmurando amena- 
zas, moviendo los brazos y gesticulando vivamente. 
No tardó en enternecerse, sin embargo. 

- — Nunca lo creyera de ti, Pepe, — concluyó por 
decir con voz alterada. — Nunca pensó que el mayor 
amigo que tengo me había de insultar, me había de 
clavar el puñal hasta el pomo. . . 

— ¡ Pero, hombre de Dios ! . . . 

— No me hables , Pepe. . . Me has matado con una 
palabra... Déjame tranquilo... Dios te perdone 
como yo te perdono... Yo soy como un conejo á 
quien hiere el cazador y corre á morir á su ma- 



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driguera... No me hurgues más... Déjame morir 
eu paz. 

Este símil del couejo le hizo tal impresión después 
de haberlo proferido, que se dejó caer sollozando 
en una butaca. Al mismo tiempo le acometió un 
fuerte golpe de tos , en el cual soltó por la boca una 

cantidad prodigio- 
sa de rails : pero la 
locomotora que te- 
nía atravesada en 
la garganta , por 
más esfuerzos que 
hizo, en manera al- 
guna pudo arro- 
jarla. Castro le hizo 
beber una taza de 
tila con azahar. 

Cuando el insen- 
sato marqués se fué 
al cabo, estaba 
aquél terminando 
el aderezo de su 
persona. La cual sa- 
lió á la calle correc- 
ta y severamente 
vestida en traje de ceremonia diurna. Almorzó en 
Lhardy, dió una vuelta por Los Salvajes, y á las tres 
de la tarde , poco más ó menos , se dirigió á casa de 
su tía la marquesa de Alcudia, sita en la calle de San 
Mateo. Esta severísima señora era muy celosa de la 
religión como ya sabemos : lo mismo de su alcurnia, 
por no decir más. Castro era sobrino segundo de ella, 





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y aunque con su vida de calavera la había disgus- 
tado bastante, siempre le había tratado con mucho 
afecto procurando atraerle al buen camino. Para la 
marquesa , los timbres nobiliarios imprimían carác- 
ter como el sacramento del orden: por más vilezas 
que un noble hiciese, siempre era un noble, como un 
sacerdote es siempre un sacerdote. En esta devota 
señora pensó Castro para que le secundase en su 
empresa. Su instinto (que era mucho más admirable 
que su inteligencia) le dijo que si la marquesa se 
encargase de casarle con la niña de Calderón lo con- 
seguiría seguramente. Era grande el prestigio que 
tenía en la sociedad aristocrática y mayor aún entre 
los que estaban agregados á ella por razón del 
dinero, como Calderón. 

El palacio de Alcudia era una fábrica sombría 
levantada á principios del siglo pasado. Un piso bajo 
con grandes ventanas enrejadas, otro piso alto, y 
nada más : pero la casa ocupaba un perímetro in- 
menso y detrás tenía un vasto jardín bastante des- 
cuidado. El portal era chato y poco decoroso: la 
escalera de piedra toscamente labrada y gastada por 
el uso. El difunto marqués estaba pensando en una 
reforma cuando le arrebató la muerte. Su viuda 
abandonó este proyecto, no tanto por avaricia, como 
por el horror que le inspiraban toda clase de refor- 
mas aunque fuesen de cal y canto. Por dentro, la 
mansión era suntuosa: los muebles antiguos y riquí- 
simos; tapices de gran valor vestían las paredes, 
cuadros de los mejores pintores antiguos adornaban 
las de algunas piezas, como el despacho y el oratorio. 
Este era una maravilla de lujo: ocupaba un rincón 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de la planta baja , pero su techo era el del principal: 
tan elevado por consiguiente como el de una iglesia: 
tenía grandes ventanas con cristales de colores como 
las catedrales góticas : estaba alfombrado como un 
salón de baile; tenía una pequeña tribuna con su 
órgano: el altar era primoroso, de gusto francés, y 
en medio de él se veía un magnífico Ecce-Homo de 
Morales. Era , en fin, una estancia agradable y ele- 
gante, calentada por una gran estufa subterránea. 

En el salón de familia estaban solas las chicas, 
con la labor entre las manos. La marquesa, según le 
dijeron, estaba en el despacho ocupada en escribir 
cartas. Se dirigió allá después de bromear un ins- 
tante con las primas. 

— ¿Se puede , tía? 

— Adelante ... ¡ Ah ! ¿eres tú, Pepe? — dijo la 
marquesa alzando los ojos y mirándole por encima 
de las gafas que se había puesto para escribir. 

— Si la interrumpo me voy. Quería celebrar con 
usted una conferencia, — dijo el galán sonriendo. 

— Siéntate un instante. Estoy terminando una 
carta. 

Acomodóse en un sillón, y mientras la tía Eugenia 
hacía crujir la pluma con su mano seca y nerviosa, 
empezó á coordinar el exordio del discurso que pen- 
saba dirigirla. Aquélla dió á los pocos minutos un 
gran plumazo estridente que debió corresponder á su 
rúbrica, y arrancándose vivamente las gafas, dijo: 

— Ya soy tuya, Pepe. 

Este bajó los ojos al suelo en demanda, sin duda, 
de inspiración, se atusó el bigote, tosió ligeramente 
y al fin elijo con acento solemne: 



LA ESPUMA 



153 



— Tía , no sé si es que Dios me ha tocado en el 
corazón ó es que me voy cansando de la vida que 
llevo; pero es lo cierto que de poco tiempo á esta, 
parte me acuerdo mucho de los consejos que me ha 
dado muchas veces, que ando con deseos de forma- 
lizar, de romper con estos hábitos poco dignos que 
la falta de un padre y, sobre todo, de una madre 
como V. me han hecho adquirir. Friso ya en los 
treinta y me parece hora de acordarse del nombre 
que llevo. Debo cumplir con él y también con mi 
cualidad de cristiano; . . . porque en medio de mis 
excesos yo no me he olvidado jamás de que perte- 
nezco á una familia católica y que hoy en España 
nuestra clase es la encargada de velar por la reli- 
gión, dando buen ejemplo como Y. hace... El medio 
mejor para favorecer este cambio que siento en mi 
corazón es casarme. . . 

No pudo el gallardo joven escoger mejor sus pala- 
bras para catequizar á la tía Eugenia. Tan buena 
impresión la hicieron, que levantándose del sillón 
vino á ponerle la mano sobre el hombro, exclamando: 

— ¡ Cuánto me alegro, Pepito ! ¡ No sabes el placer 
que me has dado ! j Y dices que no sabes si Dios te 
ha tocado en el corazón! ¿Cómo había de realizarse 
este cambio repentino en tu ser si Dios no le mo- 
viese? Dios ha sido, hijo mío, Dios ha sido, y un 
poco también la buena sangre que tienes en las 
venas... ¿Tienes escogida ya esposa? 

El joven sonrió haciendo un signo afirmativo. 

— ¿Quién es? 

— He pensado en Esperancita Calderón. ¿Qué le 
parece? 



154 



ARMANDO PALACIO YALDÉS 



— Perfectamente. Es una niña muy bien edu- 
cada, muy simpática, y además yo la quiero como 
una hija. Ya ves; ha sido siempre la amiga íntima 
de mi Paz. . . Has tenido una elección feliz. . . 

Castro volvió á sonreir maliciosamente y repuso: 

— Mire V., tía, yo bien quisiera casarme con una 
mujer de nuestra clase... Pero Y. bien sabe que 
estoy completamente arruinado... Las chicas déla 
nobleza, por desgracia, no suelen tener en el día for- 
tuna. Las que la tienen, no me querrán á mí que no 
puedo ofrecerles más que lo que ellas poseen ya, 
esto es, un nombre. Por eso me he fijado en una 
que carezca de él y tenga dinero. 

— Está bien pensado. Aunque sea transigiendo 
un poco, debemos salvar nuestros nombres de la 
ignominia. . . Pero Esperanza es una niña excelente. 
Se ha educado ya entre nosotros. Será una dama 
cumplida que te honrará. 

El bizarro joven no abandonaba aquella sonrisa 
de ironía maliciosa. G-uardó silencio un instante, y 
dijo al cabo: 

— ¿Sabe Y., tía, qué nombre damos entre nos- 
otros al casarse de este modo? 

— ¿Cómo? 

— Tomar estiércol. 

La marquesa sonrió con el borde de los labios: 
pero poniéndose grave en seguida, replicó: 

— No; aquí no se puede decir eso, Pepe. Te 
repito que esa niña merece un partido brillante. El 
que va ganando en este asunto eres tú... ¿Sois 
novios ya? Hasta ahora no tengo noticia. . . 

— No le he dicho nada aún. . . Sé que no le soy 



LA ESPUMA 



155 



antipático; nos miramos con buenos ojos; pero de 
relaciones, nada. Antes de pedírselas he querido 
consultar con V., la persona más caracterizada que 
hoy tengo dentro de la familia en Madrid. 

— Muy bien hecho. Has procedido dignamente. 
Cuando se trata de contraer matrimonio, que al 
fin y al cabo es un sacramento de la Iglesia, hay 
que guardar circunspección y formalidad. En otros 
tiempos mejores que éstos, no se realizaba una 
boda entre nosotros sin escuchar antes la opinión 
de los mayores. Te agradezco mucho la confianza 
que haces de mí , y desde luego puedes contar con 
mi aprobación. 

— ¿Y con su ayuda puedo contar? Mire V. que 
temo que surjan algunas dificultades por parte de 
su padre... Es un hombre metalizado... Franca- 
mente, no quisiera sufrir un desaire. . . 

La marquesa quedó pensativa unos instantes. 

— Déjalo de mi cuenta. Haré lo posible para arre- 
glarlo... Pero es necesario que me prometas no dar 
un paso sin consultarme. Es un negocio diplomático 
que hay que llevar con prudencia y habilidad. 

— Prometido, tía. 

— Sobre todo, con la niña mucho cuidado... No 
me la alarmes. 

— Haré lo que V. me mande. 

Pocos momentos después salían ambos del despa- 
cho y entraron en el salón , donde ya había algunas 
personas de fuera. Durante la Cuaresma la marquesa 
de Alcudia recibía á sus amigos en las tardes de los 
viernes, dedicándose con ellos á la oración y á las 
prácticas religiosas. Estaban allí ya la marquesa de 



156 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Ujo y su hija, siempre con las sayas á media pierna, 
el general Patino, Lola Madariaga y su marido, Cle- 
mentina Salabert con su dama de compañía Pascuala 
y otras varias personas, entre ellas el padre Ortega. 
Como en realidad á él le correspondían los honores 
de la tarde y era el director de la fiesta, todos le 
rodeaban formando grupo en medio del salón. Pero 
todos hablaban en voz más alta que él. La palabra 
del ilustrado escolapio era siempre suave, apagada, 
como si jamás saliese de la sala de un enfermo. 
Cuando él hablaba, sin embargo, establecíase el 
silencio en el grupo, se le escuchaba con placer y 
veneración. La marquesa, al acercarse, le besó la 
mano rendidamente y le preguntó con interés por 
el catarro que hacía días padecía. 

— ¿Pero está V. acatarrado, padre? — preguntaron 
á la vez muchas señoras. 

— Un poquito nada más, — respondió el sacerdote 
sonriendo dulcemente. 

— Un poquito, no; bastante. Ayer no cesaba 
usted de toser en San José, — dijo la marquesa. 

Y se puso á dar cuenta de la dolencia del padre 
con solicitud y minuciosidad, no omitiendo ningún 
pormenor que pudiese contribuir á esclarecer tan 
importante punto. El clérigo sonreía, con los ojos 
en el suelo, diciendo en voz baja: 

— No la hagan ustedes caso. La señora marquesa 
es muy aprensiva. Verán ustedes cómo resulto en 
último grado de tisis. 

— Padre, hay que cuidarse. . . hay que cuidarse. . . 
Usted trabaja demasiado. . . Por el bien mismo de la 
religión debe V. cuidarse. 



LA ESPUMA 



157 



Todos se apresuraban á aconsejarle con afectuoso 
interés. Una señorita de treinta y siete años, muy 
correosa y espiritada, que se confesaba con él, llegó 
á decir entre burlas y veras : 

— Padre, ¡qué sería de mí si Y. se muriese! 

Lo cual hizo reir á los circunstantes y pareció 
molestar un poco al correcto sacerdote. La mar- 
quesa quiso prohibirle que pronunciase aquella tarde 
la plática de costumbre; pero él se negó rotunda- 
mente á ello. 

En esto fueron entrando otras muchas personas 
en el salón. Llegaron Mariana Calderón y su hija 
Esperanza, los condes de Cotorraso, Pepa Frías y 
su hija Irene. Esta última traía el semblante pálido 
y ojeroso : como que salía de la cama donde había 
estado algunos días retenida por una afección ner- 
viosa. Ya que estuvo poblado, la marquesa les invitó 
á pasar al oratorio y así lo hicieron. Las señoras se 
colocaron cerca del altar, donde tocias tenían prepa- 
rados sendos y lujosos reclinatorios: los caballeros 
permanecieron detrás y sólo tenían un almohadón 
de terciopelo para arrodillarse. Comenzó la sesión 
rezando todos el Rosario detrás del padre Ortega. 
Las señoras lo hicieron con una compostura y un 
recogimiento que edificaba : las ebúrneas manos , 
donde los diamantes y esmeraldas lanzaban destellos, 
cruzadas humildemente; la hermosa cabeza hundida 
en el pecho: estaban irresistibles. Aunque no fuese 
más que por galantería , el Supremo Hacedor estaba 
obligado á concederles lo que pedían. No era la 
menos humilde, la menos bella y edificante, Pepa 
Frías. La mantilla negra iba admirablemente á sus 



158 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



cabellos rubios y á su tez blanca y sonrosada. Lo 
mismo decimos de Clementina Salabert, que era 
más esbelta , más delicada de facciones y que no 
le cedía nada en la tersura y brillo de la tez. Sin 
duda , aquellas actitudes lánguidas y artísticas que 
las damas adoptaban , debían de estar destinadas á 
mover la voluntad divina; pero como un fin entera- 
mente secundario también tenían por objeto la edi- 
ficación de los fieles salvajes que las contemplaban. 
Y si por casualidad hubiese entre ellos algún libre- 
pensador ¡ qué confusión y vergüenza se apoderarían 
de su ánimo al ver que el Señor tenía de su lado 
á lo más distinguido y elegante de la Jiigh Ufe ma- 
drileña ! 

Terminado el Rosario, dos de las más espirituales 
tertulianas subieron á la pequeña tribuna acompa- 
ñadas de un salvaje barítono y de otro que tecleaba 
el piano y cantaron uno de los más preciosos nú- 
meros del Stabat Mater de Rossini. Al escucharlos 
todas aquellas almas místicas sintieron la nostalgia 
del teatro Real, de la Tosti y de Grayarre, y se con- 
fesaron con dolor que si en el Paraíso celeste había 
tantos inteligentes como en el de la plaza de Isa- 
bel II, la pita que en aquel instante estaban dando 
á sus amiguitos debía de ser monumental. A seguida 
del canto vino la plática ó conferencia del padre 
Ortega. Acomodóse el sabio escolapio en un rico 
sillón de ébano y marfil en el centro de la capilla; 
rodeáronle las señoras sentadas en sillitas y cojines, 
acercáronse los caballeros formando en segunda fila, 
y después de meditar unos minutos para recoger las 
ideas, comenzó á exponer con voz suave y palabra 



LA ESPUMA 



159 



lenta y solemne algunas consideraciones acerca de 
la familia cristiana. Ya sabemos que el padre Or- 
tega era un sacerdote á la altura de la civilización 
contemporánea, que seguía con ojo avizor los pro- 
gresos de la ciencia raciona- 
lista para caer de improviso 
sobre ella y desbaratarla. Po- 
sitivismo , trans- 
formismo , socio- 
logía, pesimismo; 
todos estos térmi- 
nos no eran para 
él extraños ni le 
amedrentaban co- 
mo á la mayor 
parte de sus cole- 
gas : los conocía 
íntimamente y sa- 
bía hacer uso de 
ellos para confun- 
dir á los pretendi- 
dos sabios moder- 
nos. En lo que 
estaba más fuerte 
el ilustrado esco- 
lapio era en la demostración 
de la perfecta compatibilidad 

entre la ciencia y la fe, la harmonía (con h, por 
supuesto,) entre la religión y la filosofía. Al hablar 
de la familia estuvo profundo y elocuente. Para 
el padre Ortega lo que constituía la familia era el 
respeto y el amor á la tradición , el respeto y el amor 




160 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



á los antepasados. «La familia es una tradición; 
tradición de glorias, de nombres, de honores, de 
virtudes y de recuerdos; y todo esto significa una 
misma cosa: amor, estimación y respeto á los mayo- 
res, es decir, á lo más generoso y conservador que 
hay en la familia». Con este motivo el conferen- 
ciante tronó contra la revolución , contra ese viento 
que sopla del infierno para destruir todo lo antiguo 
y glorificar lo nuevo, contra ese desprecio bárbaro 
de las creencias, de las costumbres, de las leyes, de 
las instituciones , de las glorias de nuestros antepa- 
sados. «La revolución lleva escrito en su bandera: 
desplació á los mayores. ¿Cómo no, si las creencias 
antiguas, las costumbres antiguas, las institucio- 
nes antiguas, las aristocracias antiguas, á pesar 
de lo que en ellas, como en todo lo humano, puede 
echarse de menos , representan el trabajo de nuestros 
antepasados , la inteligencia , la gloria , el alma , la 
vida y el corazón de nuestros padres? Y siendo así, 
¿cómo la ciencia revolucionaria que lanza sobre 
todas las cosas antiguas sus estúpidos desdenes, no 
había de lanzar también sobre los antepasados sus 
groseros desprecios?» Un principio de disolución de 
la familia es el ataque que se dirige por las escuelas 
revolucionarias á la propiedad. Esta agresión no 
sólo es un atentado directo contra la sociedad, sino 
que es un atentado todavía más directo contra la 
familia. «La propiedad, la herencia y el patrimonio 
¿qué son sino el culto de los antepasados y el amor 
á los hijos? La propiedad es el presente, el pasado y 
el porvenir de la familia; es el lugar donde crece 
y se dilata en el tiempo; es el suelo que aseguraron 



LA ESPUMA 



161 



los abuelos que se van, puesto hoy bajo las plantas 
de la posteridad que se eleva bendiciéndolos» . 

Cerca de una hora estuvo el sabio escolapio asen- 
tando sobre sólidas bases la existencia de la familia 
cristiana. Estas bases no eran otras que la religión, 
la propiedad y la tradición. Hablaba con autoridad, 
en un tono sencillo y persuasivo, con palabra atil- 
dada y correcta. El auditorio le escuchaba atento, 
sumiso, convencido de que era el Espíritu Santo 
quien por boca del venerable sacerdote les orde- 
naba tener mucho cuidado con la tradición , con la 
religión, y sobre todo con la propiedad. Este su- 
blime pensamiento les edificaba de tal modo, que el 
conde de Cotorraso y algunos otros grandes pro- 
pietarios que allí había , se sentían unidos eterna- 
mente al Ser Supremo por el vínculo sagrado de 
la propiedad territorial y se prometían combatir 
por ella heroicamente y oponerse en el Senado á 
toda ley que directa ó indirectamente atentara á su 
integridad. 

Al terminar el escolapio se le cumplimentó con 
sonrisas y reprimidas exclamaciones de entusiasmo. 
Todos hablaban en voz de falsete respetando el 
sagrado del recinto. La señorita correosa que había 
preguntado antes qué sería de ella si el padre 
Ortega le faltase, corrió á tomarle la mano y se la 
besó repetidas veces con arrebato que hizo cambiar 
algunas miradas de burla á los circunstantes. El 
padre se la retiró bruscamente con visible desagrado. 
Y otra vez subieron á la tribuna varias damas y 
caballeros, y ejecutaron, en toda la extensión de la 
palabra , algunas melodías religiosas de Grounocl. 

11 * 



162 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Al fin salieron del oratorio todas aquellas almas 
beatas y se dirigieron al salón. 

La marquesa de Alcudia, cuya voluntad no podía 
estar jamás en reposo, se dispuso á cumplir lo que 
había prometido á su sobrino. Este la vio llamar 
aparte á Mariana y salir con ella. Al cabo de un 
rato ambas volvieron. Castro comprendió que se 
había hablado de él , en la mirada tímida y afec- 
tuosa que la esposa de Calderón le dirigió al entrar. 
Luego observó que la marquesa se retiraba hacia 
un rincón con el padre Ortega y hablaban reserva- 
damente: sospechó que también él estaba sobre el 
tapete. El sacerdote le dirigió dos ó tres miradas 
con sus ojos vagos de miope. No se había acercado 
á Esperancita en todo el tiempo, pero de lejos se 
miraban y se sonreían. La niña parecía sorprendida 
de aquella actitud reservada; Pepe la había feste- 
jado bastante en los últimos días. Comenzó á in- 
quietarse. Al fin, ella misma vino hacia él. 

— No ha estado V. anoche en el Real. ¿G-uarda 
usted la Cuaresma? 

— ¡Oh, no! — dijo riendo el joven. — Es queme 
dolía un poco la cabeza y me acostó temprano. 

■ — ¡Claro! ¿qué había de suceder? Por la tarde 
montaba Y. un caballo que no cesaba de saltar. 
Hubo un momento en que pensó que le tiraba. 

Castro sonrió lleno de condescendencia. La niña 
se apresuró á decir: 

— Ya sé que es Y. un gran jinete; pero de todos 
modos, siempre puede suceder una desgracia. 

— ¿Qué hubiera Y. hecho si me hubiese tirado? — 
preguntó él mirándola á los ojos fijamente. 



LA ESPUMA 



163 



— ¡Qué sé yo! — exclamó la niña alzando los 
hombros y ruborizándose. 

— ¿Daría V. un grito? — insistió sin dejar de mi- 
rarla. 

— ¡Vaya unas preguntas extrañas que Y. hace! — 
dijo Esperancita más ruborizada cada vez. — Lo 
daría quizá. . . ó no lo daría. . . 

En aquel momento se acercó la marquesa de Al- 
cudia llamándola. 

— Esperanza , tengo que decirte una cosa. . . 

Y al pasar junto á su sobrino, murmuró muy 
bajo : 

— ¡Prudencia, Pepe ! Esos apartes no están en el 
programa. 

Al verlas alejarse y salir de la estancia, otro 
hombre menos superior sentiría alguna inquietud, 
cierto anhelo por saber lo que iba á pasar en 
aquella conferencia memorable; pero nuestro joven 
estaba tan por encima del vulgo en estas y otras 
materias, que se puso á bromear con las damas con 
la misma tranquilidad que si Esperancita y la mar- 
quesa se hubiesen ido á hablar de modas. Cuando 
al cabo de un rato tornaron á entrar, la niña de 
Calderón tenía la carita encendida, los ojos brillan- 
tes, con una expresión sumisa y dichosa á la vez, 
que si no temiéramos cometer una profanación en 
viernes de Cuaresma, compararíamos á la de la Vir- 
gen María cuando el ángel Gabriel le anunció que 
concebiría del Espíritu Santo. 

Continuó la reunión con un carácter semirreli- 
gioso. Aquellos espíritus ascéticos no podían olvi- 
darse de que era un día consagrado por las peniten- 



164 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



cias de Jesús en el desierto. En su consecuencia, las 
niñas que se acercaron al piano abstuviéronse de 
cantar el vals de La Bujía Elegante. Sus gargantas 
piadosas no modularon más que el Ave María de 
Schubert, la de Grounod y otras piezas donde se 
exhala el amor divino. Se hablaba y se reía con dis- 
creción, bajando el tono. Si algún pollo se desman- 
daba un poco de palabra , las damas le llamaban al 
orden recordándole que en viernes de Cuaresma no 
se debe aludir á ciertas cosillas prohibidas. El espí- 
ritu de Dios estaba en la asamblea , á juzgar por la 
gran conformidad, por la dulce serenidad con que 
todos se resignaban á vivir en este valle de lágrimas. 
Una sonrisa feliz vagaba por los labios de ellas y 
ellos. Entre cánticos melodiosos, entre amenas plá- 
ticas y bromas delicadas se pasó la tarde. Los re- 
visteros podían decir, sin faltar á la verdad al día 
siguiente, que los «viernes del Supremo Hacedor» 
eran deliciosos, y que la marquesa de Alcudia hacía 
los honores en su nombre con exquisita amabilidad. 

Al cabo, la piadosa reunión se dispersó. Todas 
aquellas almas bienaventuradas y temerosas de Dios 
salieron del palacio de Alcudia y se dirigieron á sus 
moradas, donde les aguardaba la sopa de tortuga 
humeante, el salmón con salsa mayonesa, las ricas 
ensaladas de col de Bruselas y las apetitosas bou- 
chées de crevettes. La oración de quietud, aquellas 
horas de unión contemplativa con la Divinidad, les 
había abierto de par en par el apetito. No hay nada 
que vigorice el estómago como la convicción de 
tener de su parte al Omnipotente y la esperanza 
fundada de que más allá de esta vida , si hay fuego 



LA ESPUMA 



165 



y tormentos eternos para los pelagatos y descami- 
sados que se atreven á discutirle, para las familias 
cristianas , esto es , para las que tienen religión y 
propiedad y antepasados, no puede haber más que 
bienandanza, una eternidad de salmón con mayo- 
nesa y de crevettes a la parisienne. 



VI 



VIAJE Á RIOSA 



El duque de Requena había dado la última sacu- 
dida al árbol: la naranja cayó en sus manos dorada 
y apetitosa. En un momento dado sus agentes de 
París, Londres y Madrid adquirieron más de la 
mitad de las acciones de BAosa. La gerencia vino 
pues á sus manos, ó, lo que es igual, la mina. Algu- 
nos habían sospechado ya el juego; se resistían á 
vender, sobre todo en Madrid, donde el carácter del 
banquero era conocido. A no apresurarse á dar el 



168 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



golpe decisivo, seguramente las acciones hubieran 
subido. Llera olfateó el peligro y dio la señal de 
avance. ¡ Qué día más feliz para el asturiano aquel 
en que se recibieron los telegramas de París y Lon- 
dres ! Su cara angulosa resplandecía como la de un 
general que acaba de ganar una batalla. Sus lar- 
gas, descomunales extremidades se movían como 
las aspas de un molino, al dar cuenta del suceso á 
los hombres de negocios que habían acudido á casa 
del duque en demanda de noticias. Fluían sonoras, 
homéricas carcajadas de su pecho levantado de es- 
ternón como el de un pollo; abrazaba á los amigos 
hasta asfixiarlos ; y cuando el duque le dirigía al- 
guna pregunta respondíale con cierto desdén desde 
la altura de su gloria. Y sin embargo, en aquel co- 
losal negocio, él no llevaba ni un medio por ciento; 
ni una sola peseta de tantos millones de ellas como 
iban á salir por la boca de la mina , vendría á caer 
en sus manos. ¡Pero qué importa! Sus cálculos se 
realizaban, aquella intriga seguida con sigilo, con 
perseverancia, con maravillosa actividad y talento 
llegó al desenlace apetecido. Su alegría era la del 
artista que triunfa, comparados con la cual todos 
los goces sórdidos de la tierra no valen un comino. 

Los del duque no fueron todos de esta especie. 
También su vanidad se sintió halagada por aquel 
ruidoso triunfo. Pensaba sinceramente que había 
llevado á cabo una empresa maravillosa digna de 
ser esculpida en mármoles y cantada por los poetas. 
Lo que en pura verdad no pasaba de una estafa 
consentida por las leyes , por una extraña aberra- 



LA ESPUMA 



IG9 



ción del sentido moral se transformaba en gloriosa 
manifestación de la inteligencia , no sólo á sus pro- 
pios ojos sino á los de la sociedad. Para festejar el 
éxito y también para enterarse por sí mismo de 
las reformas que debían llevarse á cabo á fin de que 
la mina produjese lo que tenía pensado, proyectó 
una excursión con los ingenieros y algunas personas 
de su intimidad. Al principio no pensó en llevar 
consigo más de ocho ó diez: poco á poco se fué 
ampliando el número, de suerte que al llegar el día 
de la marcha pasaban de cincuenta los convidados. 
Este aumento era debido principalmente á la ini- 
ciativa de Clementina, á quien sedujo la idea de 
aquel viaje. Lo que en el pensamiento del duque 
había sido una excursioncita modesta , familiar, en 
el de su encopetada hija adquirió el carácter de un 
acontecimiento público, un viaje resonante y os- 
tentoso que preocupó algunos días á la sociedad 
elegante. 

Salabert hizo poner un tren especial para sus con- 
vidados. Unos días antes había mandado los criados 
y las provisiones. Todo debía estar preparado para 
recibirlos dignamente. Corría el mes de Mayo. Em- 
pezaba á sentirse el calor. A las nueve de la mañana 
se veía en las inmediaciones de la estación de las 
Delicias una multitud de carruajes de lujo, de los 
cuales salieron las damas y los caballeros ataviados 
según las circunstancias; ellas con vistosos trajes de 
fantasía para las excursiones campestres , ligeros 
y claros; ellos de americana y hongo, pero impri- 
miendo en este sencillísimo traje el sello de su 



170 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



capricho, procurando, como es justo, apartarse de 
los hongos y americanas conocidos hasta el día. 
Quién llevaba un terno de franela blanca como el 
ampo de la nieve con guantes y sombrero negros; 
quién lo lucía de color de lagarto con un sombrerito 
azul de alas microscópicas; quién, por fin, había 
creído oportuno vestirse de tricot negro con guantes, 
botines y sombrero blancos. Muchos llevaban colga- 
dos de los hombros por correas charoladas magníficos 
gemelos para que no se les escapasen los mínimos 
detalles del paisaje: y abundaban asimismo los bas- 
tones alpestres como si marchasen á alguna expedi- 
ción peligrosa al través de las montañas. 

El tren especial constaba de dos coches-salón, un 
sleeping-car y un furgón. Con la algazara que el 
caso requería se fué acomodando en los primeros 
aquella crema delicada de la salvajería madrileña. 
Predominaban los hombres. Las damas se habían 
retraído por no hallar suficiente grata la perspec- 
tiva de visitar una mina. Pero aun había bastantes 
para amenizar la excursión , y entorpecerla un poco 
también. Estaban allí las que de algún modo por 
sus padres ó maridos se relacionaban con el negocio, 
como la esposa y la hija de Calderón, la chica de 
Urreta , la señora de Biggs, Clementina Salabert 
y otras : al lado de éstas algunas que por amistad 
íntima con ellas se habían decidido á acompañarlas, 
como Pacita y Mercedes Alcudia , cuya amistad con 
Esperancita era notoria. Estaban también aquellas 
que no podían faltar donde quiera que hubiese jolgo- 
rio, verbigracia: Pepa Frías, Lola Madariaga, etc. 



LA ESPUMA 



171 



Había hombres de negocios, personajes políticos, 
títulos rancios y nuevos. Al montar en el tren podía 
observarse la solicitud servil de los empleados de la 
estación, la extrema turbación que en aquel recinto 
producían los poderosos de la tierra. 

Al fin, el más poderoso de todos, el egregio duque 
de Requena sacó el pañuelo y lo agitó en la ven- 
tanilla: sonó un pito, respondió la máquina con 
prolongado y fragoroso ronquido, y resoplando y 
bufando, el tren comenzó á mover sus anillos me- 
tálicos y á arrastrarse lentamente alejándose de la 
estación. Los convidados, desde las ventanillas, sa- 
ludaban con los pañuelos á los que habían ido á des- 
pedirlos. Grran agitación y algazara en los coches, 
apenas se encontraron corriendo por los campos 
yermos de la provincia de Madrid. Todo el mundo 
hablaba en voz alta y reía : esto y el ruido del tren 
hacía que apenas se entendieran. Poco á poco se 
fué operando, sin embargo, en aquella asamblea el 
fenómeno químico de la afinidad electiva. El duque 
se vió rodeado, en una berlina ó mirador que había 
en la trasera del coche, de varios personajes de la 
banca y la política. Clementina, Pepa Frías, Lola 
Madariaga y otras damas formaban grupo conver- 
sando con los aficionados á la charla desenvuelta 
y picante, Pinedo, Fuentes, Calderón. Las niñas y 
los pollastres se decían mil frases espirituales que 
los regocijaba hasta un grado indecible. Una de las 
cosas que más alegría les causó fué la aparición 
de Cobo Ramírez en la ventanilla con la gorra galo- 
neada de un empleado exigiéndoles el billete. Cobo 



172 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



estaba en el otro salón y había venido por el estribo, 
arriesgándose un poco, pues el tren llevaba extraor- 
dinaria velocidad. Se le acogió con aplausos. Las 
chicas enviaron recaditos á sus vecinas las del otro 
coche. Los pollos escribieron cartas de declaración. 

De todo se encar- 
gó el primogénito 
de Casa -Ramírez, 
quien iba y venía 
de un coche á otro 
con gran firmeza á 
pesar de su obesi- 
dad. Esto les divir- 
tió un rato. Los 
billetes amorosos 
escritos con lápiz 
se leían en voz alta 
y provocaban los 
aplausos y la risa. 
Raimundo char- 
laba con el mejicano de 
las vacas y con Osorio. 
Este había llegado á mi- 
rarle con cierta benevo- 
lencia. De los amantes de 
su mujer era el que había hallado más simpático y 
más inocente. Aunque niño en la apariencia, obser- 
vaba que era inteligente, instruido, cualidades que 
hasta entre salvajes concede cierto prestigio á la 
persona. Nuestro joven había concluido por adap- 
tarse bastante bien al medio en que hacía tiempo 




LA ESPUMA 



173 



vivía. No sólo en su traje podían observarse los 
refinamientos de la moda secundada por la propia 
fantasía, sino que en su trato y en sus modales se 
iba operando un cambio visible. En sus relaciones 
con Clementina continuaba siendo el niño tímido, 
el mismo esclavo sumiso que vivía pendiente de un 
gesto ó una mirada de su dueño. El amor echaba en 
su corazón cada vez más hondas raíces. Pero en el 
comercio social se había ido atemperando á lo que 
en torno suyo veía. Hizo lo posible por reprimir los 
ímpetus de su naturaleza expansiva y afectuosa; 
adoptó un continente grave, impasible, ligeramente 
desdeñoso; procuró burlarse de cuanto se decía en 
su presencia , como no tocase á los usos y fueros de 
la salvajería; adquirió para hablar un cierto tonillo 
irónico, semejante al de sus compañeros de club, y 
sobre todo se guardó muy bien de emitir ninguna 
idea científica ó filosófica , pues por experiencia 
sabía que esto era lo que no se perdonaba en aquella 
sociedad. Hasta procuró refrenarse cuando alguno 
de aquellos jóvenes le inspiraba más simpatía y 
afecto que los otros. El cariño es en sí ridículo 
y precisa guardarlo en el fondo del corazón: de 
otra suerte se exponía á que el mismo objeto de sus 
expansiones cariñosas le respondiese con alguna cu- 
chufleta como le sucedió más de una vez. Gracias á 
estas diligencias y á tal aprendizaje que fué para 
él rudo, logró que se le respetase algo más, que se le 
mirase como hombre chic, suprema felicidad á que 
no es fácil llegar en esta mísera existencia pla- 
netaria. 



171. 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Cuando Cobo hubo realizado varios de aquellos 
viajes de un coche á otro, que no dejaban de ser 
peligrosos por la velocidad del tren, Lola Mada- 
riaga, fijando una mirada burlona, primero en Cle- 
mentina, luego en Alcázar, dijo á éste: 

— Alcázar, ¿se atreve Y. á ir á pedir á la condesa 
de Cotorraso su frasco de sales? Me siento un poco 
mareada. 

Raimundo era, como ya sabemos, un chico débil, 
que no había tenido la educación gimnástica de los 
jóvenes aristócratas, sus amigos. Aquel viajecito 
por el estribo, con la marcha rapidísima del tren, 
que para ellos era cosa baladí , para él, que sentía 
vértigos al atravesar un puente ó subir á una torre, 
era realmente peligrosísimo. Así lo comprendió y 
vaciló un instante, pero la honrilla le hizo responder: 

— Yoy al momento, señora. 

Y se dispuso á dar cumplimiento al encargo. 
Pero Clementina, que había fruncido el entrecejo 
al oir la exigencia de su amiga, le detuvo excla- 
mando con energía : 

— ¡No vaya Y., Alcázar! Ya se lo encargaremos 
á Cobo cuando vuelva. 

El joven vaciló todavía con la mano en la porte- 
zuela; pero Clementina repitió aún con más fuerza, 
y ruborizándose: 

— No vaya Y. No vaya Y. 
Raimundo manifestó sonriendo á Lola: 

— Perdone Y., señora. Hoy no puedo ser lacayo 
sino de Clementina. Otro día tendré el honor de 
serlo de Y. 



LA ESPUMA 175 

M la carcajada de Lola, ni la sonrisa burlona de 
las otras damas consiguieron extinguir la emoción 
gratísima que el vivo interés de su amada le hizo 
experimentar. 

Ramoncito Maldonado se hallaba en el otro coche 
acompañando á Esperancita, á su madre y á otras 
damas y damiselas á quienes tenía el decidido pro- 
pósito de encantar con su plática. Les contaba, 
esforzándose en dar á su palabra un giro parla- 
mentario, ciertos curiosos incidentes de las últimas 
sesiones del Ayuntamiento. Manejaba ya perfec- 
tamente todos los lugares comunes de la oratoria 
municipal y conocía hasta lo más profundo el tec- 
nicismo reglamentario. Hablaba de orden del día, 
votos de confianza, particulares , nominales, secre- 
tos, proposiciones incidentales, previas, y de no ha 
lugar á deliberar, interpelaciones, preguntas , etcé- 
tera, etc., como si fuese el inventor de este aparato 
maravilloso del ingenio humano: conocía ya las 
Ordenanzas municipales como si las hubiese parido: 
trataba las cuestiones de aforos , rasantes , alcan- 
tarillado, decomisos, etc., etc., que daba gloria 
oirlo. Finalmente, como hombre desmedidamente 
ambicioso que era, se había metido en una con- 
juración contra el alcalde, de la cual pensaba sacar 
su nombramiento de individuo de la comisión de 
pasaos públicos. Hacía ya tiempo que sostenía una 
lucha sorda, pero terrible, con Pérez, otro concejal 
no menos ambicioso, para obtener este puesto en 
el cual sus grandes dotes de innovador podrían 
brillar espléndidamente. El Retiro, Recoletos, la 



176 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Castellana, el Campo del Moro esperaban nn reden- 
tor que les diese nueva y deslumbrante vida , y este 
redentor no podía ser otro que Maldonado. En el 
fondo de su cerebro, entre otros mil proyectos por- 
tentosos, había uno audacísimo que no se atrevía 
á comunicar á nadie , pero que incubaba con parti- 
cular cariño, resuelto á luchar por él hasta el fin de 
sus días. Este proyecto era nada menos que el 
ele trasladar la fuente de Apolo del Prado al centro 
de la Puerta del Sol. ¡Y que un mercachifle indigno 
como Pérez, de criterio estrecho, sin gusto y sin 
estética , se atreviese á disputarle el puesto ! 

Cuando más embebido estaba, dando cuenta de la 
habilísima intriga que habían urdido para dar un 
voto de censura al alcalde , Cobo ¡ su eterno estripa- 
c uentos ! acercóse al grupo, y después de escuchar 
un momento, le atajó diciendo: 

■ — Vaya, Ramón, no te des tono: ya sabemos que 
en el Ayuntamiento no representas nacía. González 
te lleva por las narices adonde le da la gana. 

Fué aquél un golpe rudo para Maldonado. Consi- 
dérese que estaba delante de Esperancita y de otra 
porción de señoras y señoritas. Tan rudo fué que 
le aturdió como si le hubiesen dado en la frente con 
una maza. Se puso lívido, sus labios temblaron 
antes de poder articular una palabra. Por fin, dijo 
con voz alterada : 

— ¿A mí González? . . . ¿Por las narices? ¡Estás 
loco! . . . A mí no me lleva nadie por las narices. . . y 
mucho menos González. 

Pronunció las últimas palabras con afectado des- 



LA ESPUMA 



177 



precio: negó á González por la misma razón que 
San Pedro negó á su Maestro, por el picaro orgullo. 
La conciencia le decía que faltaba á la verdad, 
aunque no cantase el gallo. González era el leader 
de la minoría municipal, y Mamoncito le tenía en el 
fondo del alma una gran veneración. 

— ¡Anda, anda! ¡si querrás negarme que González 
te maneja como un maniquí! ¡Estaríais buenos los 
disidentes si no fuese por él ! 

Ramoncito recobró súbito el uso de la palabra , y 
tan plenamente que pronunció más de mil en pocos 
minutos, con ímpetu feroz, soltando espumarajos de 
cólera. Rechazó como debía aquella absurda especie 
del maniquí y explicó cumplidamente la significa- 
ción que González tenía dentro del municipio y la 
posición que él mismo ocupaba. Pero lo hizo con 
tal exaltación y ademanes tan descompuestos que 
las damas le contemplaban sorprendidas y risueñas. 

— ¡ Pero este Mamoncito qué genio tiene ! . . . 
¡ Quién lo diría !. . . "Vamos, Cobo, no le maree usted 
más, que puede ponerse malo. 

La compasión de las señoras le llegó al alma al 
enfurecido concejal. Callóse de pronto, y crujiendo 
los dientes de un modo lamentable, se encerró lo 
menos por una hora en un silencio digno y temeroso. 

En una estación secundaria, en medio de campos 
yermos y dilatados que formaban, como el mar, 
horizonte, se detuvo el tren para que los viajeros 
pudiesen almorzar. Los criados del duque, enviados 
delante, lo tenían todo preparado á este fin. Ma- 
moncito se convirtió en caballero servant de Espe- 

12 * 



178 armando] palacio [valdés 

rancita. Esta se dejaba obsequiar con semblante 
benévolo, lo cual le tenía á él medio loco de alegría. 
La razón de esta condescendencia era que Pepe 
Castro no había venido por mandato expreso de su 
tía la marquesa de Alcudia: las negociaciones matri- 
moniales, llevadas con gran sigilo, exigían cada vez 
más prudencia. Como Maldonado era tan íntimo 
amigo del dueño de su corazón, Esperancita sentía 
cierto deleite teniéndole á su lado : al mismo tiempo 
evitaba que le fuesen llevando cuentos sobre si ha- 
blaba con el conde de Agreda ó con Cobo. ¡Pobre 
E-amón! ¡ Cuán ajeno estaba de estas complicadas 
psicologías ! 

Montaron de nuevo en el tren, siguieron cami- 
nando al través de llanuras interminables, amari- 
llentas , sin que á ninguno se le ocurriese enderezar 
hacia el paisaje los magníficos gemelos ingleses; y 
llegaron á Eiosa poco antes del oscurecer. Las céle- 
bres minas de Riosa están situadas en el centro de 
dos cumbres poco elevadas , estribaciones de una 
famosa sierra, rodeadas por todas partes de terrenos 
ásperos, de lomas y colinas de escasa elevación, 
donde abundan, no obstante, las quebraduras y aspe- 
rezas que le dan aspecto triste y siniestro. Entre 
aquellas dos cumbres hay una villa edificada desde 
la más remota antigüedad. Nuestros viajeros no lle- 
garon á ella. Detuviéronse dos kilómetros más atrás, 
en un burgo denominado Yillalegre, donde los inge- 
nieros y empleados habían situado su domicilio para 
sustraerse á las emanaciones mercuriales y sulfuro- 
sas que envenenan lentamente, no sólo á los mineros, 



LA ESPUMA 



179 



sino á los vecinos de Riosa. Se halla separado de 
ésta por una colina y ofrece, con la villa de las 
minas, notable contraste. Riega sus terrenos un 
riachuelo y lo fecunda y lo convierte en ameno 
jardín, donde crecen en abundancia los lirios silves- 
tres, el jazmín y el heliotropo y sobre todo las rosas 
de Alejandría , que han tomado allí carta de natu- 
raleza como en ninguna otra región de España. Los 
aromas penetrantes del tomillo y del hinojo em- 
balsaman y purifican el ambiente. Lo mejor y más 
florido de estos terrenos pertenecía á la Compañía. 
Separada de la aldea como unos trescientos pasos 
y en el centro de un parque se levanta soberbia 
fábrica de piedra. Es la habitación del director y 
el centro administrativo de las minas. No lejos, 
diseminados á uno y otro lado , hay unos cuantos 
pabelloncitos con su jardín enverjado. Moran allí 
algunos empleados de la administración y algunos 
facultativos , puesto que los más de éstos tienen su 
domicilio en Riosa. 

Villalegre no tiene estación: el tren se detuvo 
cerca de la carretera que va á la capital de la 
provincia. Allí les esperaban algunos coches que los 
condujeron en diez minutos al palacio de la Direc- 
ción. A la puerta del parque y en las inmediaciones 
había una muchedumbre que saludó á la comitiva 
con vivas apagados. Eran los obreros, los que no 
estaban de tarea , á quienes el director había hecho 
venir desde Riosa con tal objeto. Todos ellos tenían 
la tez pálida, terrosa, los ojos mortecinos, y en sus 
movimientos podía observarse, aun sin aproximarse 



180 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



mucho, cierta indecisión que de cerca se convertía 
en temblor. La brillante comitiva llegó á tocar 
aquella legión de fantasmas (porque tales parecían 
á la luz moribunda de la tarde): los ojos de las 
hermosas y de los elegantes se encontraron con los 




de los mineros , y si hemos de ser verídicos diremos 
que de aquel choque no brotó una chispa de sim- 
patía. Detrás de la sonrisa forzada y triste de los 
trabajadores, un hombre observador podía leer bien 
claro la hostilidad. El cortejo de Salabert atravesó 
en silencio por medio de ellos, con visible malestar, 
los rostros serios, y con cierta expresión de temor. 



LA ESPUMA 



181 



Las damas se apretaron instintivamente contra los 
caballeros-. Al entrar en el parque murmuraron 
algunas: «¡Dios mío, qué caras!» Ellos respiraron 
con satisfacción al verse libres de aquellas miradas 
profundas y misteriosas. Sólo Rafael Alcántara se 
atrevió á responder con una ehanzoneta : 

— Verdad. El pueblo soberano no anda por aquí 
muy bien de fisonomía. 

El director presentó á Salabert todos los emplea- 
dos. Los facultativos eran casi todos extranjeros, 
tipos rubios y sonrosados que nada ofrecían de 
particular. Menos aún los administrativos. El único 
que llamaba un poco la atención entre ellos era un 
joven delgado y pálido, con fino bigote negro, 
cuyos ojos negros y duros se fijaban con tal deci- 
sión en los convidados que rayaba en insolencia. 
Sin saber por qué, los que cambiaban con él una 
mirada se sentían molestos y separaban pronta- 
mente la vista. El director lo presentó como el mé- 
dico de las minas. 

Todos los invitados tenían sus habitaciones pre- 
paradas, unos en el edificio de la dirección (los de 
más cuenta, por lo que pudo verse), otros en los 
pabelloncitos adyacentes. Cuando Hubieron repo- 
sado un instante, todos se trasladaron al gran salón 
del director, y desde allí, en procesión solemne, 
las damas cogidas del brazo de los caballeros , á la 
vasta sala de oficinas que se había habilitado para 
comedor. Fué una comida espléndida la que el 
duque les ofreció. No se echó menos ninguno de 
los refinamientos de los comedores aristocráticos, 



182 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ni en el lujo de la vajilla, ni en el aderezo de los 
platos, ni en la corrección del servicio. Mientras 
comían, el vasto parque se iluminó á la veneciana. 
Al levantarse de la mesa todos corrieron á admirar 
desde los balcones el golpe de vista, que era magní- 
fico, deslumbrador. Una orquesta, oculta en uno de 
los grandes cenadores, tocaba con brío aires nacio- 
nales. Lo mismo damas que caballeros, empujados 
por el calor que era sofocante, atraídos también 
por la belleza del espectáculo, salieron de casa y se 
diseminaron por los jardines. Los pollos consiguie- 
ron llevar á algunas muchachas hasta las inmedia- 
ciones del cenador, donde estaba la orquesta , y se 
pusieron á bailar. Cobo Ramírez, acercándose al 
grupo, les gritó: 

— ¿Sabéis lo que parecéis, chicos? Viajantes de 
comercio en el soto de Migascalientes. 

Este parecido debió de llegarles á lo más vivo del 
alma : el baile perdió su encanto para aquellos jóve- 
nes ilustres y no tardó en extinguirse. Pero como la 
inspiración de Terpsícore ardía en sus corazones, 
tomaron el acuerdo de trasladarse al salón y allí 
continuaron rindiéndole culto, libre la conciencia 
de aquel horrible peso que Cobo les había echado. 

La fiesta nocturna no dejó de ser grata. Hubo 
muy lindos fuegos de artificio traídos de Madrid. 
Las damas y los caballeros discurrían por los cami- 
nos enarenados aspirando con delicia el fresco de la 
noche, embalsamado por los aromas de las flores. 
Sólo había un punto negro en aquella deliciosa ve- 
lada. Al aproximarse á la verja columbraban á la 



LA ESPUMA 



183 



muchedumbre de obreros, mujeres y niños que 
habían acudido de Biosa al ruido de la fiesta. Eran 
los mismos rostros pálidos, los ojos tristes, som- 
bríos, que les habían saeteado al entrar. Así que, 
procuraban no llegar hasta las lindes , mantenerse 
en los caminos y glorietas del centro. Sólo Lola 
Madariaga, que se enorgullecía de ser muy cari- 
tativa y era presidenta, secretaria y tesorera de 
tres sociedades de beneficencia respectivamente, 
fué la única que se aventuró á hablar con ellos y 
aun esparció algunas monedas de plata; pero de la 
oscuridad partieron al fin frases obscenas , algunos 
insultos que la obligaron á retirarse. El conde de 
Cotorraso montó en cólera al saberlo: 

— ¡ Y piden libertades y derechos para estos 
beduinos! Que los hagan honrados, agradecidos, 
decentes... y luego hablaremos. 

Por la misma ley de afinidad electiva de que 
hemos hablado más arriba, Raimundo se encontró 
paseando con un personaje que se despegaba un 
poco del resto de aquella sociedad. Era un caballero 
de cincuenta á sesenta años, bajo, delgado, con 
bigote y perilla canosos, ojos saltones y distraí- 
dos, resguardados por gafas. Llamábase D. Juan 
Peñalver, era catedrático de Filosofía en la Univer- 
sidad y había sido ministro. Grozaba fama de sabio, 
con justicia , y de una respetabilidad que pocos 
habían alcanzado en España. Por esta razón los 
jóvenes salvajes le miraban con hostilidad y afecta- 
ban tratarle con cierta familiaridad desdeñosa. Es 
evidente que no hay nada que moleste tanto á los 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



salvajes como la Filosofía. Luego la superioridad 
intelectual , la gloria que rodeaba á Peñalver hería 
su orgullo. El no advertía este desdén: tenía un ca- 
rácter jovial, afectuoso, y sobre todo muy distraído; 
era incapaz de fijarse en los diversos matices del 
trato social, que apenas cultivaba desde que se 
había retirado de la política para consagrarse ex- 
clusivamente á la ciencia. Había formado parte de 
aquella excursión por complacer á su cuñado Esco- 
sura , que poseía un número considerable de accio- 
nes en la mina. Ultimamente se había consagrado 
con ardor al estudio de las ciencias naturales , de 
donde partían los tiros más certeros contra la meta- 
física idealista á que él había consagrado su vida. 
Al tropezarse casualmente con un joven tan enten- 
dido en ellas como Raimundo, sintió un verdadero 
placer. Aquella sociedad le aburría espantosamente. 
Tomóle del brazo, y sin reparar en si le molestaba 
ó no, se puso á charlar animadamente de Fisiología. 

Raimundo se hallaba en un momento de tristeza 
y desmayo. Hacía tiempo que observaba que Esco- 
sura tenía proyectos amorosos respecto á Clemen- 
tina. La festejaba con todo descaro donde quiera 
que la veía, afectando desconocer sus relaciones, sin 
reparar siquiera en él. Este Escosura era física y 
moralmente lo contrario de su cuñado Peñalver. 
Alto y corpulento, de pecho levantado y facciones 
pronunciadas, rico, hombre de cuenta en la política, 
orador fogoso, de una voz tan sonora y descomunal 
que , según sus enemigos , á ella debía la mayor 
parte de sus éxitos parlamentarios. Tendría unos 



LA ESPUMA 



185 



cuarenta años. No había sido aún ministro, pero se 
contaba que lo fuese en plazo muy breve. Ciernen- 
tina había rechazado repetidas veces sus instan- 
cias. Raimundo lo sabía y estaba orgulloso de este 
triunfo. Sin embargo, no podía arrancar de sí cierta 
inquietud cada vez que le veía hablando con ella 
como en este momento. Estaban sentados en una 
de las glorietas con otras varias personas y charla- 
ban animadamente y aparte. Cada vez que pasaba 
por delante de ellos con Peñalver, su corazón se 
encogía : apenas entendía ni escuchaba siquiera las 
sabias disquisiciones que su ilustre compañero le 
iba vertiendo en el oído. Clementina comprendió 
por sus miradas angustiosas lo que estaba sufriendo, 
y después de aguardar malignamente un rato (que 
en esto todas son iguales), se levantó al cabo y vino 
hacia ellos sonriente: 

— ¿Que conspiran los sabios? 

— Hágamelo Y. bueno, — respondió con sonrisa 
modesta el joven. — Aquí no hay más sabio que el 
señor. 

— Pues el señor se va á poner cátedra á la con- 
desa de Cotorraso, que desea hablar con él, y usted 
se viene conmigo á ver una catedral gótica que el 
pirotécnico va á quemar ahora mismo, — dijo colgán- 
dose con desenfado del brazo de su amante. 

Alcázar se sintió feliz. No quiso informarla de la 
pena que había sentido hacía un momento, porque 
otras veces que lo hizo padeció doblemente: Clemen- 
tina le contestaba en un tono ligero y burlón que le 
hería en lo vivo del pecho. Contemplaron la mará- 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



villosa catedral de fuego hasta que se extinguió. La 
dulce presión del brazo de la hermosa , aquel suave 
perfume, siempre el mismo, que exhalaba de su 
gentil persona, enajenaban al joven entomólogo ya 
predispuesto á enternecerse por la prueba de cariño 
que su amada acababa de darle. Esta , que le cono- 
cía perfectamente , al sentir que le oprimía con más 
fuerza el brazo, le miró á la cara con fijeza, segura 
de encontrar lágrimas en sus ojos. En efecto, E-ai- 
mundo lloraba silenciosamente. Al verse sorprendido 
sonrió avergonzado. 

— ¡Siempre tan chiquillo! — exclamó ella riendo 
y dándole un cariñoso tironcito. — Razón tiene Pepa 
en decir que pareces una colegiala del Sagrado Co- 
razón. Vamos á pasear, que pueden fijarse en ti. 

Dieron una vuelta por las calles más solitarias 
del jardín. Desde uno de los rincones se veía un 
trozo de paisaje bastante singular. La luna ilumi- 
naba de lleno la crestería de la colina más próxima, 
la que separaba á Villalegre de Biosa y la hacía 
aparecer como las ruinas de un castillo. Clementina 
quiso cerciorarse de la verdad. Salieron por una de 
las puertas de atrás, despejadas de gente, y se apro- 
ximaron lentamente á la colina. Esta en la cumbre 
se hallaba desnuda de vegetación, erizada en cambio 
de pedruscos de formas caprichosas que le daban el 
aspecto de un montón de ruinas. Necesitábase estar 
muy cerca de ella para no equivocarse. Cuando la 
dama hubo satisfecho su capricho, dieron la vuelta 
al parque para entrar por la puerta contraria. Por 
aquella parte ya se veían algunos grupos de per- 



LA ESPUMA 



187 



sonas. Antes de llegar á la verja, en un rincón del 
camino oscurecido por la sombra de algunos árboles, 
los pies de Clementina tropezaron con un objeto 
que por poco la hace caer. Dio un grito, porque se 
le figuró que el obstáculo era el de un cuerpo 
humano. Eaimundo sacó un fósforo, y en efecto, 



reconocieron que era un chico de diez á doce años 
el que allí estaba tirado. Pusiéronle en pie. El mu- 
chacho abrió los ojos y les miró con espanto. Luego, 
como por súbita inspiración, se apoderó del bastón 
que Alcázar traía en la mano y comenzó á moverlo 
cadenciosamente á un lado y á otro como si desem- 
peñase una tarea difícil. Clementina y su amante 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



le contemplaban llenos de asombro sin poder darse 
cuenta de lo que aquello significaba. Algunos obre- 
ros se acercaron. Uno soltó la carcajada exclamando: 

— ¡ Si es uno de los chicos de la bomba! ¡Dale, 
dale, niño, que está duro! 

Los otros también soltaron á reir brutalmente 
y comenzaron á animar al pobrecito sonámbulo. 

— ¡ Duro, duro !. . . ¡ Anda con ello !. . . ¡ Más fuerte, 
chico, que no sube el agua! 

El desdichado niño, con las voces, redoblaba sus 
esfuerzos imaginarios moviéndose cada vez con ma- 
yor velocidad. Era una criatura enteca, de rostro 
pálido: con el sueño estaba desencajado: sus cabe- 
llos negros revueltos , erizados, le daban un aspecto 
de aparecido. La alegría salvaje de los obreros ante 
aquel cuadro lastimoso produjo penosa impresión 
en Raimundo. Cogió al niño entre los brazos, lo 
sacudió un poco hasta que logró hacerle despertar, 
le besó en la frente con afecto, y sacando un duro 
del bolsillo se lo entregó, alejándose después con 
Clementina. Cesó la algazara de los obreros. Uno 
dijo con tonillo de envidia: 

— ¡Anda, que hoy poco trabajo te ha costado 
ganarte el jornal! 

A la una de la noche los convidados de Salabert 
se retiraron á descansar. Estaba en el programa que 
á las nueve de la mañana se reuniesen todos en el 
salón para ir desde allí á visitar los trabajos y la 
mina. Y se cumplió, no estrictamente, porque en 
España esto no puede suceder, pero sí con una hora 
de diferencia. A las diez salió la comitiva, bastante 



LA ESPUMA 



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mermada por supuesto, en coche para Biosa. Apeá- 
ronse á la entrada de la villa y la atravesaron por el 
medio, produciendo, como es consiguiente, no poca 
turbación en ella. Las mujeres salían á las puertas y 
ventanas contemplando con ansia y curiosidad aquel 
brillante cortejo de damas y caballeros ataviados 
con trajes que no habían visto en su vida. Lo mismo 
que sus esposos, hijos y hermanos, el color de aque- 
llas mujeres era pálido, enfermizo, sus facciones 
menudas , su mirada lánguida , sus manos y sus pies 
pequeños. Al pasar vieron también algunos hombres 
atacados de fuerte temblor. 

— ¿Qué es eso? ¿Por qué tiemblan así esos hom- 
bres? — preguntó asustada Esperancita. 

— Son modorros, — le respondió un empleado. 

— ¿Y qué son modorros? 

— Los que enferman por trabajar en la mina. 

— ¿Y enferman muchos? 

— Todos, — -dijo el módico que había oído la 
pregunta. — El temblor mercurial ataca á cuantos 
bajan á la mina. 

— ¿Y por qué bajan?- — pregunto cándidamente 
la niña. 

— Por manía, — repuso el módico sonriendo. — 
Yo creo que vale mucho más respirar el aire fresco, 
que no el de allá abajo. 

— ¡ Claro ! Yo sería cualquier cosa antes que mi- 
nero . 

Desembocaron al fin en una plaza ó plazoleta, 
en el centro de la cual trabajaban algunos obreros 
levantando un artístico pedestal de mármol. 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Es el pedestal para la estatua del señor duque, 
— dijo el director de las minas en voz alta. 

— ¡Ah! ¿Conque van á colocar ahí su estatua, 
duque? — exclamaron unos cuantos rodeando al 
procer. 

Este se encogió de hombros haciendo un gesto de 
desprecio. 

— No sé. Es una payasada que se le ha ocurrido 
al casino de los mineros. 

— ¡ Oh, no, señor duque! — exclamó el director, á 
quien realmente correspondía la iniciativa, aunque 
por encargo de Llera sugestionado á su vez por el 
duque. — ¡Oh, no! El pueblo de Biosa quiere dar 
una prueba de respeto y gratitud á su decidido pro- 
tector, al que en circunstancias críticas no ha vaci- 
lado en exponer un enorme capital comprando este 
desacreditado establecimiento y salvándolo de la 
ruina. 

— ¡ Qué hermoso es hacer bien! — exclamó Lola 
Madariaga con voz conmovida, posando en Salabert 
con admiración sus dulcísimos ojos. 

Todos le felicitaron, aunque muchos de ellos sa- 
bían á qué atenerse respecto á aquel admirable 
desprendimiento. Examinaron un momento las obras 
y siguieron después su marcha hacia el estableci- 
miento minero. 

Este se halla situado á la salida misma de la villa. 
Al exterior ofrecía el aspecto de una pequeña fabri- 
cación con algunas chimeneas que despedían humo 
negro. No daba idea de su importancia colosal. La 
comitiva entró y recorrió los cercos donde se ejecu- 



LA ESPUMA 



191 



tan los trabajos auxiliares de la minería, donde se 
hallan además la mayor parte de las dependencias, 
carpintería, cerrajería, sala y gabinete de los inge- 
nieros, etc. Lo que les llamó vivamente la atención 
fué el aspecto triste, enfermizo, de los operarios. 
Todos estaban mar- 
cados con un sello 




de Cotorraso á decir 
de pronto : 

— Aquí, al parecer, no trabajan más que los 
viejos. 

El director sonrió. 

— Parecen viejos; pero no lo son, señora. 

— ¡Pero si todos tienen la piel arrugada, los ojos 
hundidos y apagados ! . . . 

— No importa, ninguno de ellos llega á cuarenta 
años. Los que trabajan aquí son mineros que ya no 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



pueden bajar. Los empleamos en el exterior, aunque 
con menos sueldo. 

— '¿Y se necesita estar mucho tiempo en la mina 
para ponerse así? — preguntó Ramón cito. 

— -Poco, poco, — murmuró el director; y añadió 
después: — Ahí donde ustedes les ven , todavía se me 
escapan al menor descuido á la mina. . . ¡ El jornal de 
fuera es tan pequeño ! 

— ¿Cuánto ganan? 

■ — ■ Una peseta. . . El máximum seis reales. 

Penetraron en seguida en el cerco de destilación. 
El duque iba delante con los ingenieros ingleses 
encargados de proponerle las reformas necesarias 
para dar impulso al establecimiento. En este cerco 
se encuentran los hornos , grandes depósitos de cina- 
brio y los almacenes de mercurio. Los hornos están 
compuestos de un depósito donde se coloca el com- 
bustible y el cinabrio destinado á la calcinación : de 
este depósito parten unas cañerías de barro compues- 
tas por alúdeles que encajan los unos en los otros. 
En estas cañerías los vapores mercuriales que se 
desprenden de la calcinación, pasan al estado líquido 
por el descenso de la temperatura y en ellas queda 
depositado el azogue que sale por unos agujeritos 
que tienen los alúdeles en su parte inferior. Pero 
como también queda una gran cantidad de hollines 
con partículas de él, preciso es levantarlas y lim- 
piarlas á menudo. Esta limpieza la llevan á cabo 
niños de diez á quince años, que pasan seis y ocho 
horas respirando una atmósfera cargada de mercurio 
que les envenena. Visitaron los almacenes de azogue 



LA ESPUMA 193 

y el sitio donde se pesa. Todos los operarios tem- 
blaban más ó menos y ofrecían las mismas señales 
de decrepitud. 

El director les propuso ir á ver el hospital. Algu- 
nos mostraron repugnancia; pero Lola Madariaga, 
que no perdía ocasión de exhibir sus sentimientos 




benéficos, rompió la marcha y la siguieron la mayor 
parte de las señoras y algunos caballeros. Otros 
se quedaron. El duque prescindió, por un rato, de 
sus convidados, escuchando atentamente á los inge- 
nieros que le iban apuntando lo que pensaban acerca 
del negocio. 

El hospital de mineros estaba fuera de los cercos, 
muy próximo al cementerio, sin duda para que los 
enfermos se fuesen acostumbrando á la idea de la 
muerte y también para que si no fuesen poderosos á 

13 * 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



matarles los vapores mercuriales , les secundasen en 
la tarea las dulces emanaciones cadavéricas. Era 
un caserón viejo, agrietado, húmedo y sombrío. Las 
damas no retrocedieron, al poner las delicadas plan- 
tas en él, de vergüenza. El médico, que se había 
encargado de mostrarlo, las introdujo en las salas 
y puso ante su vista el cuadro espantoso de la mise- 
ria humana. La mayor parte de los infelices enfer- 
mos estaban vestidos y sentados, unos sobre las 
camas, otros en sillas. Sus rostros cadavéricos, des- 
encajados, daban miedo; su cuerpo se estremecía 
con su continuado temblor, cual si estuviesen aco- 
metidos de terror pánico. En los semblantes de las 
damas, sonrosados y frescos, se dibujó el miedo y la 
angustia. El médico sonrió de aquel modo extraño 
que lo hacía, mirándolas con sus grandes ojos 
negros, insolentes. 

— No es un cuadro muy agradable, ¿verdad? — 
les dijo. 

— ¡ Pobrecillos ! — exclamaron varias. — ¿Son to- 
dos mineros? 

— Sí, señoras; la atmósfera viciada por vapores 
mercuriales , la insuficiencia del aire respirable en- 
gendra fatalmente, no sólo los temblores, el hidrargi- 
rismo crónico ó agudo, que es lo que más les- llamará 
á ustedes la atención, sino también los catarros pul- 
monares crónicos, la disentería, la tuberculosis, la 
estomatitis mercurial y otra porción de enferme- 
dades que concluyen con la existencia del obrero ó 
le dejan inútil para el trabajo á los pocos años de 
bajar á la mina. 



LA ESPUMA 



195 



— ¡ Pobrecillos ! ¡ pobrecillos ! — repetían las da- 
mas pasando revista con sns ojos aterrados á aque- 
llas fisonomías tristes y demacradas que se volvían 
hacia ellas sin expresión alguna, ni siquiera la de 
la curiosidad. 

— ¿Y no habría medio de remediar estos efectos 
tan desastrosos? preguntó Clementina con arranque. 

— De remediarlos en absoluto, no; pero de aliviar- 
los bastante, sí, — repuso el joven clavando en ella 
su mirada penetrante. — Si los mineros trabajasen 
tan sólo dos ó tres días á la semana y ésos pocas 
horas; si se les hiciese vivir alejados del estableci- 
miento minero, en Yillalegre por ejemplo; si se pro- 
hibiesen estos trabajos á los niños menores de diez 
y seis años; si se cambiasen la ropa inmediatamente 
que salen de la mina, y sobre todo si se alimentasen 
bien, pienso que los estragos del mercurio dismi- 
nuirían notablemente. Hoy, para alimentarse mala- 
mente, necesitan bajar á la mina todos los días y 
permanecer allí un número considerable de horas. 
A los cuatro ó seis años se inutilizan : hay que sacar- 
los al exterior, y entonces el jornal es tan exiguo que 
ni patatas con agua y sal pueden comer: de modo 
que en vez de curar empeoran. El único medio para 
mejorar la condición del minero es disminuir las 
horas de trabajo y elevar el jornal... Pero enton- 
ces, — añadió bajando un poco la voz y sonriendo 
frente á Clementina , — • la mina de E-iosa no sería 
un negocio para su señor padre. 

A Clementina le hirió aquella sonrisa como una 
bofetada. 



196 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— M para Y. tampoco, — repuso procurando son- 
reír. — ¿No es Y. el médico de las minas? 

— Sí, señora. Mi negocio consiste en dos mil qui- 
nientas pesetas al año y en una mijita de temblor 
que he logrado en los tres años que aquí llevo. 

En efecto, las manos del joven tenían un ligero 
estremecimiento que se hacía visible cuando se atu- 
saba su fino bigote negro. El grupo de convida- 
dos le contempló unos instantes con atención no 
exenta de hostilidad. Adivinaban en él un enemigo: 
la seguridad familiar que tenía para hablarles les 
molestaba. Pagóles él con otra mirada de impene- 
trable expresión y siguió diciendo sin embarazo 
alguno : 

— En otro tiempo los jornales eran un poco ma- 
yores; la alimentación era, por lo tanto, más sana y 
más abundante. Pero desde que los azogues han 
comenzado á bajar. . . no sé por qué causa (aquí bajó 
la voz y tosió), el salario, como es natural, sufrió 
igualmente una baja considerable. Han llegado al 
mínimum. Con lo que hoy ganan los mineros no 
se mueren materialmente de hambre en un día ó en 
un mes; pero al cabo de cuatro ó cinco años, sí. La 
mayor parte de los que aquí sucumben son víctimas, 
en realidad, del hambre : bien alimentados podrían 
resistir el hidrargirismo. Además, como los salarios 
son tan insuficientes, se ven precisados á dedicar 
á sus hijos, cuando apenas tienen ocho ó diez años, 
á estos trabajos peligrosos, (porque todos lo son 
cuando se anda sobre mercurio). Los niños, por 
su menor resistencia orgánica, son los que primero 



LA ESPUMA 



197 



se intoxican. Perecen muchos, y los que consiguen 
salvar, á los veinte años son viejos. . . 

Las damas y los pocos caballeros que con ellas 
habían venido, le escuchaban con atención y con 
pena. Jamás habían visto un cuadro tan espan- 
toso. El trabajo, que es por sí un castigo, aquí se 
complicaba con el envenenamiento. Y con el cora- 
zón enternecido, llenas de buen deseo, proponían 
medios para aliviar á aquellos desgraciados. Unas 
pretendían que debía fundarse un buen hospital; 
otras hablaban de una tienda-asilo donde los obre- 
ros encontrasen los alimentos más baratos; otras 
aspiraban á que se prohibiese trabajar á los niños; 
otras á que los operarios trabajasen una horita al 
día nada más. 

El médico sacudía la cabeza sonriendo. 
— Está muy bien eso: yo lo creo así también... 
pero vuelvo á decirles á ustedes que entonces no 
sería un negocio. 

Distribuyeron algunas monedas entre los enfer- 
mos, visitaron la capilla, donde dejaron también 
algún dinero para hacer un traje nuevo al niño 
Jesús, y al fin abandonaron aquel recinto lóbrego. 
Al respirar el aire fresco sintieron una alegría que 
no procuraron disimular. Hablando y riendo fueron 
á juntarse con el resto de la comitiva. 

Los ingenieros explicaban á Salabert un nuevo 
método de destilación que podía introducirse, con 
el cual no sólo se elevaría enormemente la produc- 
ción, sino que podría utilizarse el vacisco, ó sea la 
parte menuda del mineral. Se trataba de unos con- 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



densadores formados de cámaras de ladrillos, de 
paredes delgadas en el primer trozo de recorrido 
de los humos y de cámaras de madera y cristal en 
lo restante hasta la chimenea. El horno con ellos 
podía estar encendido y en marcha constantemente. 
Escuchábales el duque con atención , tomaba notas , 
hacía objeciones, procurando ponerse al corriente- 
de aquel negocio, en el cual su fina nariz olfateaba 
cuantiosas ganancias. Al llegar las damas quiso ser 
galante; suspendió la plática. 

— ¿Cómo van mis enfermos, señoras? No han 
tenido hoy poca suerte, ■ — les dijo. 

— Mal, duque, mal. . . El hospital deja mucho que 
desear. . . 

Y aquellas damas se pusieron todas á lamentarse 
de las deficiencias que ofrecía el asilo, á pintarlo 
con negros colores , á proponer reformas en él para 
dejarlo confortable. 

El duque las escuchaba con risueña indiferencia, 
con la atención un poco burlona que se presta á un 
niño mimoso. 

— Bien, bien; ya arreglaremos eso; pero antes 
déjenme ustedes poner el negocio en marcha, ¿ver- 
dad Regnault? 

El ingeniero asintió con la cabeza , sonriendo 
también con galantería. 

— ■ Además es necesario , duque , que los operarios 
trabajen menos horas, — dijo la condesa de la 
Cebal. 

— Y que se les aumenten los jornales, — manifestó 
Lola Madariaga. 



LA ESPUMA 



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— Y que se hagan casas para ellos en Villalegre, 
— añadió la marquesa de Fonfría. 

— ¡Oh! ¡oh! ¡oh! — exclamó el duque soltando 
una sonora y bárbara carcajada como las de los 
héroes de la Ilíada. — ¿Y por qué no les hemos de 
traer á Grayarre y á la Tosti para recrearles por 
las noches? Deben ser muy aburridas aquí las 
noches. 

Las damas sonrieron avergonzadas. 

— Vamos, duque, no bromee V., que la cosa es 
seria , — dijo la condesa de la Cebal. 

— ¡Y tan seria, condesa! ¡Como que me ha cos- 
tado ya quince millones de pesetas! ¿Le parecen á 
usted poco serios estos millones? 

Las señoras le contemplaron con admiración, 
fascinadas por el caudal enorme que aquel hombre 
manejaba. 

— ¿Pero á esos millones no piensa Y. sacarles un 
rédito ? — -dijo Lola que presumía de entender algo 
de negocios. 

El duque volvió á soltar otra carcajada. 
— -No, señora, no, ¡qué rédito! Pienso dejarlos 
aquí para el primero que pase. 
Y poniéndose grave de pronto: 

— ¿Quién diablos les ha metido por la cabeza 
esas ideas? Crean ustedes, señoras , que lo que hace 
aquí falta ¡pero mucha falta! es moralidad. Mora- 
licen ustedes al obrero y todos estos estragos que 
ustedes han visto desaparecerán. Que no beban, 
que no jueguen, que no malgasten el jornal, y esos 
efectos del mercurio no serán para ellos funestos... 



200 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

Pero, claro está, — añadió volviéndose hacia los 
caballeros que se habían acercado: — ¿cómo ha de 
resistir en la mina un cuerpo que en vez de ali- 
mento, sea el que sea, tiene dentro un jarro de 
aguardiente amílico? Estoy convencido de que la 
mayor parte de las enfermedades que aquí hay son 
borracheras crónicas. Sepan ustedes, señores, que 
en Kiosa se desconoce por completo el ahorro... ¡ el 
ahorro ! sin el cual «no es posible el bienestar ni la 
prosperidad de un país ...» 

Esta frase la había oído el duque muchas veces 
en el Senado. La repitió con énfasis y convenci- 
miento. 

— Pero duque, ¿cómo quiere V. que ahorren con 
una ó dos pesetas de jornal? — se atrevió á apuntar 
la condesa de la Cebal. 

— Perfectamente, condesa. El ahorro es ante 
todo una idea (esto lo había oído á un economista 
amigo suyo), la idea de separar algo del goce de hoy 
para evitarse el dolor de mañana. Dos pesetas para 
un obrero son lo mismo que dos mil para usted. ¿No 
puede V. separar algo de las dos mil? Pues ellos 
pueden de igual modo separar algo de las dos. Con- 
sidere V. que se trata de quince céntimos, de diez... 
aunque sean cinco céntimos. La cuestión es ahorrar 
algo. El que ahorra algo está salvado. 

— ¡Oh Dios mío! — exclamó por lo bajo la con- 
desa dando un suspiro. — Lo que yo no comprendo 
es cómo se puede vivir con dos pesetas , cuanto más 
ahorrar. 

Los ingenieros les invitaron á visitar su sala de 



LA ESPUMA 



201 



estudio y laboratorio. En éste había un magnífico 
microscopio, que fué lo que les llamó la atención. 
El médico era quien más lo manejaba por dedicarse 
con mucha afición a los trabajos de histología. El 
director le invitó á que mostrase á aquellos señores 
algunas de sus preparaciones. Vieron una porción 
de diatomeas: las señoras se entusiasmaron con sus 
caprichosísimas formas. También vieron el gusano 
que había concluido con el célebre puente de Milán: 
no se cansaban de admirarse de que un bicho tan 
pequeñísimo pudiese demoler una fábrica tan in- 
mensa. 

— Calculen ustedes los millones de estos seres 
que habrán tenido que trabajar en la demolición, — 
dijo un ingeniero. 

Quiroga (que así se llamaba el módico) concluyó 
mostrándoles una gota de agua. Uno por uno todos 
fueron contemplando el mundo invisible que dentro 
de ella existe. 

— Veo un animal mayor que los otros , — mani- 
festó el duque, aplicando con afán uno de sus gran- 
des ojos saltones al agujerito del aparato. 

— Observará Y. que delante de él todos los demás 
huyen , — - dijo el módico. 

— Es cierto. 

■ — Ese animal se llama el rotífero. Es el tiburón 
de la gota de agua. 

— Aguarde V. un poco... Me parece que ahora 
se oculta detrás de una cosa así como algas... 

— Algas se pueden llamar en efecto. Quizá se 
ponga ahí para acechar una presa. 



202 



ARMANDO PALACIO VALDES 



— ¡Sí , sí! ¡Ahora se arroja sobre otro bicho más 
pequeño!... El bicho desapareció; sin duda se lo 
ha comido. 

El duque levantó su rostro, radiante de satisfac- 
ción, por haber tenido ocasión de observar aquella 
tragedia curiosa. 

Quiroga fijó en él sus ojos atrevidos, y dijo con 

su eterna sonrisilla iró- 
nica : 

— Es la historia de 
siempre. En la gota de 
agua, como en el mar, 
como en todas 
partes, el pez 
grande se traga 
al chico. 

La sonrisa del 
duque se apagó. 
Dirigió una mi- 
rada oblicua al 
médico, que no 
apartó la suya 
fija y misterio- 
sa , y dijo brus- 
camente : 

— Creo, señoras, que deben ustedes ir aburridas 
de ciencia. Es hora ele almorzar. 

El gran atractivo de la excursión, el que había 
arrancado á casi toda aquella gente de sus palacios 
para trasladarla á región tan áspera y triste, era 
un proyectado almuerzo en el fondo de la mina. 




LA ESPUMA 



208 



Cuando Clementina lo anunció á los tertulios en 
uno de sus tresillos, hubo una verdadera explosión 
de entusiasmo. - — « ¡ Qué cosa tan original ! . . . ¡ Qué 
extraño ! . . . ¡ Qué hermoso ! » Las damas, sobre todo, 
mostraban deseo tan vivo, que bien parecía antojo. 
A una indicación del duque , todas se proveyeron de 
magníficos impermeables y botinas altas, pues la 
mina destilaba agua por muchos sitios y formaba 
charcos. Sin embargo, la noche anterior, ante la 
proximidad del suceso, muchas, atemorizadas, ha- 
bían desistido. El duque se vió precisado á dar 
órdenes para que se sirviese almuerzo en la direc- 
ción y en la mina. Las valientes que persistían en 
bajar, no pasaban de ocho ó diez. Estas habían 
hecho traer sus impermeables y calzado. 

Toda la comitiva se dirigió á una de las bocas 
déla mina llamada «Pozo de San Genaro.» Cerca de 
este pozo hay un edificio destinado á la inspección 
y el peso, donde las damas y los caballeros cambia- 
ron de calzado y se pusieron los impermeables. Al 
verlos de aquel modo ataviados, un estremecimiento 
de anhelo y de entusiasmo corrió por el resto de 
los excursionistas. Acometidas súbito de una ráfaga 
de valor, casi todas las damas declararon que esta- 
ban dispuestas á bajar con sus compañeras. Fué 
necesario enviar inmediatamente á Villalegre por 
los impermeables. 

La jaula, movida por vapor, estaba preparada 
para recibir á los ilustres expedicionarios. Constaba 
de dos pisos, en cada uno de los cuales cabían ocho 
personas en pie. Se la había tapizado con franela y 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



se le habían añadido algunas argollas de bronce 
para sujetarse. Acomodáronse en ella el director, el 
duque y las damas valientes que no habían vacilado 
nunca, para bajar los primeros. Dióse orden al 
maquinista para que el descenso fuese lento. La 
jaula se estremeció subiendo y bajando algunos 
centímetros con rapidez : de pronto se sumergió de 
golpe en el agujero. Las señoras ahogaron un grito 
y quedaron mudas y pálidas. Las paredes del agu- 
jero eran sombrías, desiguales y destilaban agua. 
En cada departamento de la jaula un minero suje- 
taba, con su mano trémula de modorro, una lám- 
para. Todos , menos el director y los mineros aveza- 
dos á subir y bajar, sentían cierta ansiedad en el 
estómago y un vago terror que les imposibilitaba 
de hablar y les crispaba las manos con que se aga- 
rraban á las argollas. 

— El primer piso,— dijo el director al pasar por 
delante de una abertura negra. 

Nadie hizo observación alguna. Aquella suspen- 
sión en el abismo, en lo desconocido, paralizaba 
su lengua y hasta su pensamiento. 

— El segundo piso, — volvió á decir el director al 
cruzar rápidamente otro agujero negro. 

Y así fué dando cuenta de todos hasta llegar al 
noveno. Allí percibieron ruido de voces y vieron 
iluminada la abertura. 

— Aquí es donde vamos á almorzar. Antes visita- 
remos el onceno para ver los trabajos. 

Después de pasar el décimo, gritó con toda su 
fuerza: 



LA ESPUMA 



205 



— ¿Están echados los taquetes ? 

Se .'oyó una voz lejana en el fondo que decía: 

— No. 

— ¡Echarlos ahora mismo! — -gritó el director 
agitado. 




— ¡No puede ser! — respondieron de abajo. 

— ¡ Cómo ! ¡ Cómo ! . .. ¡ Esos taquetes ! ¡ Echar esos 
taquetes ! 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Y con las mejillas inflamadas, agitado, convulso, 
gritaba como un energúmeno mientras la jaula des- 
cendía lentamente. 

Un frío glacial penetró en el corazón de todos. 
En el compartimiento de arriba algunas damas lan- 
zaban chillidos penetrantes. Las de abajo gritaban 
también y se cogían con fuerza al brazo de los ca- 
balleros. Algunas se desmayaron. Fué un momento 
de angustia indescriptible. Creían llegado el fin de 
su vida. 

Y el director no cesaba de gritar: 

— ¡Esos taquetes! ¡Esos taquetes! 

Y las voces de abajo se oían cada vez más dis- 
tantes : 

— ¡ No puede ser ! ¡ No puede ser ! 

Cuando ya se creían rodando en el abismo, la 
jaula se detuvo tranquilamente. Oyeron unas fres- 
cas carcajadas y sus ojos espantados miraron, á la 
trémula luz de los candiles, un grupo de mineros 
cuyos rostros risueños cambiaron repentinamente 
de expresión reflejando el temor y el asombro. 

— ¿Qué es eso? ¿Qué broma es esta? — exclamó 
el director saltando furioso de la jaula y dirigién- 
dose á ellos. 

Los obreros se despojaron del sombrero respetuo- 
samente. Uno de ellos, sonriendo avergonzado, bal- 
bució: 

■ — -Perdone V., señor director... Creímos que eran 
compañeros y queríamos darles un susto... 

— ¿No sabíais que bajábamos ahora nosotros? — 
volvió á decir con irritación. 



LA ESPUMA 



207 



— Señor director, nosotros pensábamos que se 
detenían en el noveno, donde han hecho prepara- 
tivos estos días. . . 

— ¡Creíais, creíais!... Pues tened cuidado con 
creer estupideces. 

El duque recobró el uso de la palabra. 

— ¡ Sabéis , hijos míos , que gastáis unas bromas 
ligeras con vuestros compañeros!... ¡Ponerles la- 
muerte delante de los ojos! 

— ¡ La muerte ! — - exclamó el minero que había 
hablado. 

— No, señor duque, — dijo el director. — Si no 
echan los taquetes nos hubiéramos bañado hasta la 
cintura. 

— ¿Nada más? 

— ¿Le parece á usted poco meternos en agua 
sucia? 

— Hombre, no era plato de gusto; pero al verle 
á usted tan agitado y furioso, todos creímos en 
un peligro de muerte, ¿verdad, señoras? 

Las damas se deshacían en exclamaciones, llo- 
rando unas, riendo otras. Se prodigaron cuidados 
á dos que se habían desmayado , refrescándoles las 
sienes con agua y haciéndoles aspirar el frasco de 
sales de la condesa de Cotorraso. Volvieron por fin 
al sentido: las demás se fueron calmando felicitán- 
dose con alegría de haber escapado de aquel espan- 
toso peligro, pues no se resignaban á no haberle 
pasado. Todas se proponían conmover á sus amigas 
de Madrid con el relato de tan horrible aventura: 
creíanse ya heroínas de una novela de Julio Verne. 



208 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



El espectáculo que se ofreció á su vista cuando 
tuvieron ojos para contemplarlo era grandioso y 
fantástico. Inmensas galerías embovedadas cruzán- 
dose en todas direcciones é iluminadas solamente 
por la pálida luz de algunos candiles colgados á lar- 
gos trechos. Y por aquellas galerías discurriendo 
con tráfago incesante una muchedumbre de obreros, 
cuyas gigantescas siluetas allá á lo lejos temblaban 
á la vacilante y tenue luz que reinaba. Oíanse sus 
gritos unidos al chirrido de las carretillas: parecían 
presa de un vértigo, como si tuvieran que cumplir 
su labor misteriosa en plazo brevísimo. Las paredes 
de algunas galerías, tapizadas con los cristales del 
mercurio, que en muchos puntos se presenta nativo, 
brillaban cual si fuesen de plata. Escuchábanse 
detrás de aquellas paredes golpes sordos , acompa- 
sados, y por ciertas aberturas que de trecho en tre- 
cho tenían, caminando algunos pasos en la oscuri- 
dad, veíase al fin una cueva iluminada, donde 
cuatro ó seis hombres desgreñados y pálidos agu- 
jereaban el mineral con barrenos. A poco que se 
reposasen , observábase en sus miembros el temblor 
característico del mercurio. 

Creíase uno transportado al hogar mismo de los 
gnomos, al centro de sus trabajos profundos y mis- 
teriosos. El hombre roía aquella tierra con esfuerzo 
incesante como un topo, llenándola de agujeros. 
Pero al morderla se envenenaba. Sin ayuda de gato, 
los dioses se desembarazaban perfectamente del 
ratón humano. 

Lola Madariaga dió un grito penetrante que hizo 



LA ESPUMA 



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volver la cabeza á todos. Luego soltó una carcajada. 
Un hilito de agua que caía del techo se le había 
introducido por el cuello. Hizo reir el suceso, pero 
sin espontaneidad. En el fondo, todos experimenta- 
ban un vago temor, cierta ansiedad que trataban 
de ocultarse. La jaula trajo de la superficie otro 
montón de gente; la tercera vez llegó casi vacía. 
El resto de la comitiva había optado por quedarse 
en el noveno piso: el trabajo de los mineros no les 
interesaba. Los que habían descendido hasta allí 
también sentían vivos deseos de encontrarse en 
paraje más cómodo. Preguntaban á cada instante 
al director si aquello estaba seguro; si no había 
casos de hundimientos. 

■ — ¡Oh, no! — decía el director sonriendo. — Los 
hundimientos son de las minas particulares. Esta 
perteneció al Estado, y todo se hace con lujo de se- 
guridad. 

— En ciertas minas donde yo he estado, — apuntó 
un ingeniero, — tenía que ir una cuadrilla detrás de 
los mineros para desenterrarlos. 

— ¡ Qué horror ! — exclamaron á una voz todas las 
damas. 

Acomodáronse al fin de nuevo en la jaula y su- 
bieron al noveno piso. Aquí la decoración era dis- 
tinta. En este piso no se trabajaba hacía tiempo. 
Habíase tomado en la galería más ancha un trozo; 
se había cerrado, tillado y luego alfombrado; de 
suerte que parecía el salón de un palacio. El techo 
y las paredes estaban tapizados con tela imper- 
meable, adornadas con trofeos de minería. Veíase 

14 * 



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ARMANDO PALACIO VALDÉ.S 



una mesa espléndida en medio de él para cincuenta 
ó más cubiertos. Estaba profusamente iluminado por 
medio de grandes arañas con centenares de bujías. 
Se habían prodigado, en suma, todos los refinamien- 
tos del lujo y la elegancia en aquel recinto, de tal 
modo, que una vez dentro de él costaba trabajo re- 
presentarse que se estaba en el fondo de una mina, 
á trescientos metros de la superficie. 

Los convidados se sentaron en medio de una agi- 
tación entre placentera y angustiosa que se revelaba 
en sus caras risueñas y pálidas á la vez. Los criados, 
correctamente vestidos , ocupaban sus puestos como 
si se bailasen en el palacio de Requena. Al empezar 
el servicio del primer plato, la orquesta, que estaba 
oculta en una de las galerías contiguas , empezó á 
tocar un precioso vals , cuyos sones amortiguados 
por la distancia llegaban dulces y halagüeños. Las 
damas, con las manos trémulas, los ojos brillantes, 
murmuraban á cada instante: — -«¡Qué original es 
todo esto!... ¡ Cuánto me alegro de haber venido!. . . 
Ha sido un capricho magnífico el de Clementina». Y 
todas procuraban encontrar el equilibrio de espíritu 
charlando de cosas indiferentes; mas no lo logra- 
ban: la idea de tener encima tanta tierra, pesaba 
sobre su pensamiento y lo turbaba. Con algunos 
hombres pasaba lo mismo. Otros estaban perfecta- 
mente serenos. Entre éstos el que menos pensaba en 
su situación corporal era, sin duda, Raimundo, ab- 
sorto por completo en la que ocupaba moralmente. 
Clementina, á despecho de su amor y de sus pro- 
mesas, no dejaba de coquetear con Escosura. Es- 



LA ESPUMA 



211 



taban sentados en dos sillas contiguas, frente al 
asiento que él ocupaba. Veíalos charlar animada- 
mente, reir á cada momento: veíale á él rendido, 
obsequioso, prodigándola mil atenciones galantes; á 
ella complacida, risueña, aceptando con gratitud sus 
finezas. Y aunque de vez en cuando le clavaba una 
larga mirada amorosa para indemnizarle, Raimundo 
la consideraba como una limosna, el mendrugo 
que se arroja á un pobre para que no se muera de 
hambre. ¡ Qué le importaba á él en aquel instante 
hallarse en la superficie ó en el centro de la tierra , 
ni aun que ésta se hundiese y le aplastase como un 
insecto! 

Otro que tampoco se preocupaba poco ni mucho 
con la situación geográfica era Ramoncito, aunque 
por contrario modo. Esperancita estaba con él ama- 
bilísima, tal vez porque creyera con ello guardar 
mejor la ausencia á su prometido Pepe Castro. El 
concejal, ebrio, loco de alegría, no se apartaba de 
ella ni un milímetro más de lo que exige la decencia. 
Pió, feliz, triunfador, dirigía de vez en cuando al 
concurso vagas miradas de piedad y condescen- 
dencia. Y cuando sus ojos tropezaban con la faz 
rentística de Calderón, se enternecía visiblemente y 
le costaba ya trabajo no llamarle papá. 

A medida que el almuerzo avanzaba, la tierra 
pesaba menos sobre ellos. Los ricos vinos enarde- 
cían su sangre, la charla los animaba. Todo el 
mundo se olvidaba de la mina, creyéndose, como 
otras veces, en algún comedor aristocrático. Rafael 
Alcántara se divertía en emborrachar á Peñalver: 



212 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



animado por la risa de sus compañeros, que le con- 
templaban, hacía lo posible por burlarse del filó- 
sofo, tuteándole en voz alta, guiñando el ojo á sus 
amigos cada vez que profería una cuchufleta , abu- 
sando, en fin, groseramente del carácter benévolo y 
la inocencia del insigne pensador. Era el encargado 
de vengar á todos aquellos ilustres culoteadores de 
pipas, de las altas dotes intelectuales que toda 
España reconocía en Peñalver. 

Al llegar los postres levantóse á brindar Esco- 
sura. A éste le respetaban algo más los salvajes por 
su corpulencia, por su carácter fogoso y sobre todo 
por su dinero. Presumía de orador tribunicio. Con 
voz potente y campanuda hizo el panegírico del 
duque, á quien llamó «genio financiero» unas cuan- 
tas veces. Habló del trabajo, del capital, de la pro- 
ducción, pasando en seguida á la política , que era 
su fuerte. Escosura no vivía hacía tiempo más que 
para la política. Desde el fondo de aquella galería 
subterránea dirigió terribles dardos contra el presi- 
dente del Consejo de ministros, que no le había dado 
una cartera en la última crisis. Salabert contestó 
con palabra estropajosa dando las gracias, echán- 
dose por los suelos. Para llegar al puesto que ocu- 
paba no tenía otros méritos que el trabajo y la 
honradez. (Murmullos de aprobación.) La nación, el 
soberano, al ennoblecerle á él había ennoblecido á 
un hijo del trabajo. Luchando toda su vida contra 
infinitos obstáculos había logrado reunir un puñado 
de oro. Este oro le servía ahora para alimentar á 
algunos miles de obreros. Era su mayor satisfac- 



LA ESPUMA 



213 



ción. (Aplausos.) Brindaba por las hermosas damas 
que con tal valentía habían llegado hasta aquel 
agujero, dejando en él un perfume de caridad y ale- 
gría que no se borraría jamás del corazón de los 
mineros. 

En aquel instante, al destaparse algunas botellas 
de champagne, se oyeron en la mina algunas deto- 
naciones estruendosas que hicieron empalidecer á 
los comensales. 

— No hay que asustarse, — dijo el director. — Son 
los barrenos. Ha llegado la hora de darlos. 

Momento grandioso é imponente á la verdad. El 
estrépito de cada uno, centuplicado por los mil ecos 
y resonancias que las galerías producían , no podía 
menos de infundir alguna chispa ele pavor hasta en 
el corazón de los más bravos. Todos guardaron 
silencio. Por algunos segundos escucharon con reco- 
gimiento y ansiedad aquellos ecos formidables que 
hacían retemblar la tierra. La mesa se estremecía y 
el cristal de la vajilla y el de las arañas cantaba 
con agudo repiqueteo. 

En tal momento se alzó de su silla el módico 
de las minas, y después de pasear su negra mi- 
rada agresiva por los comensales , alzó una copa y 
dijo: 

— El egregio duque de Requena nos acaba de 
decir, con una modestia que le honra, que el secreto 
de su fortuna estaba simplemente en el trabajo y la 
honradez. Permitidme que lo dude. El señor duque 
de Requena representa algo más que estas cuali- 
dades vulgares; representa la fuerza ¡la fuerza!, 



214 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



único sostén del Universo. Esta fuerza está repar- 
tida desigualmente entre los organismos: á unos 
les ha tocado una parte mayor, á otros menor. Y en 
esta batalla incesante que sostienen los unos contra 
los otros perecen los más débiles; se salvan los más 

aptos y los más 
fuertes. Adoremos, 
pues , en nuestro 
ilustre anfitrión , á 
la fuerza. Merced 
á esta fuerza de 
que la Naturaleza 
le ha dotado, ha 
podido someter y 
aprovechar el es- 
fuerzo particular 
de millares de hom- 
bres que incons- 
cientemente sirven 
á sus planes; mer- 
ced á esta fuerza 
ha podido reunir 
su inmenso capi- 
tal. Al tender la 
vista por esta dis- 
tinguida asamblea, observo con júbilo que todos los 
que la componen han sido dotados también de una 
buena parte de esta fuerza nativa ó acumulada por 
la herencia, y por ello les felicito con toda mi alma. 
Lo esencial en este mundo que habitamos es nacer 
aptos para la lucha. Para no ser aplastados es me- 




LA ESPUMA 



215 



nester aplastar. Y yo me felicito, repito, de encon- 
trarme entre los elegidos de los dioses , aquellos 
que su providencia ha marcado con el sello de la 
felicidad. . . 

— Oye, chica, — dijo Pepa Frías acercando su 
boca al oído de Clementina: — esto parece el brindis 
de Mefistófeles. 

Clementina sonrió ligeramente. 

En efecto, en el rostro pálido y fino del módico, 
en sus cabellos negros y revueltos , y sobre todo en 
sus ojos que, aunque pretendían aparecer inocen- 
tes , estaban cargados de ironía , había algo de 
mefistofélico. 

— En todos los tiempos ha existido en una ú otra 
fórmala esclavitud: ha habido hombres destinados 
á vivir en el refinamiento de los goces espirituales , 
en el cultivo de las artes, en el lujo y la elegancia, 
en los placeres que proporciona el comercio entre 
personas inteligentes y cultas , y otros hombres 
también dedicados á proporcionarles los medios ne- 
cesarios para vivir de tal modo con un trabajo rudo 
y doloroso. Los parias trabajaban para los brama- 
nes, los ilotas para los espartanos, los esclavos 
para los romanos , los siervos para los señores feu- 
dales . ¿Y hoy no sucede lo mismo? ¿Qué importa 
que en las leyes esté abolida la esclavitud? Los que 
trabajan en el fondo de esta mina y absorben el 
veneno que les mata, si no son esclavos por la, ley lo 
son por el hambre. El resultado es idéntico. Es 
ley de la naturaleza , y por lo tanto santa y respe- 
table, que para que unos gocen padezcan otros. . . 



216 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Vosotras, hermosas señoras, sois las herederas de 
aquellas ilustres damas romanas que enviaban á 
estas minas sus esclavos á arrancar el bermellón 
para embellecer su rostro, y de aquellas otras ára- 
bes que lo hacían traer para decorar sus minaretes 
en los alcázares de Córdoba y Sevilla. Por vosotras 
brindo, pues, embargada el alma de admiración y 
respeto, como representantes en la tierra de lo 
que hay en ella más sublime, el amor, la belleza, 
la alegría. 

El brindis, aunque galante, pareció extram- 
bótico. 

Algunos de los más avisados murmuraron: creció 
la hostilidad que contra el joven módico existía. 
Hubo quien dijo por lo bajo que aquel quídam 
había querido «quedarse con ellos». 

Rafael Alcántara tuvo conatos de decirle alguna 
frase provocativa, pero advirtió en sus ojos que no 
la soltaría sin proporcionarse un serio disgusto y 
prefirió quedarse con ella en el cuerpo. Las damas 
le miraron con más benevolencia. Le encontraban 
muy original. 

De todos modos el brindis produjo cierta pe- 
nosa impresión que no logró desvanecer Fuentes, 
aunque soltó el chorro de sus paradojas más gra- 
ciosas. 

— Señoras, yo no brindo, — ■ decía á las que tenía 
cerca, — porque no soy orador. Espero que pronto 
será esto una distinción honorífica en España ; que 
no tardará en decirse con respeto al pasar un indi- 
viduo por la calle: «Ese no es orador», como ya se 



LA ESPUMA 



217 



dice : «Ese no tiene la gran cruz de Isabel la Cató- 
lica ...» 

Las damas reían y celebraban los chistes. Pero en 
el fondo, sea por el discurso del módico, ó porque 
la mina volviera á inspirarles temor, sentíase un 
vago malestar. Todos los ojos brillaron con alegría 
cuando se anunció que la jaula les esperaba. Los 
últimos que ascendieron oyeron poco después de 
comenzar la ascensión un canto lejano que rápida- 
mente se fué aproximando, sonó muy cerca de ellos 
como si cantaran á su lado, y rápidamente también 
se alejó perdiéndose allá en el fondo sin que hubie- 
sen visto á nadie. Fué de un efecto fantástico. Lo 
que oyeron era una playera andaluza cuya letra 
decía : 

Río arriba , río arriba 
Nunca el agua subirá ; 
Que en el mundo, río abajo, 
Río abajo todo va. 

Un ingeniero manifestó con indiferencia: 

— Es una cuadrilla de mineros que baja en la 
jaula que sirve de contrapeso á ésta. 

— ¡Lo ve V., condesa! — exclamó Salabert en 
tono triunfal dirigiéndose á la condesa de la Cebal. 
— Cuando tienen humor para cantar, no serán tan 
desgraciados como Y. supone. 

La condesa calló un instante, y dijo al cabo son- 
riendo tristemente: 

— La copla no es muy alegre, duque. 



218 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Esto se hablaba en el compartimiento superior. 
En el inferior, Escosura decía con tono desdeñoso 
al director de las minas : 

— ¿Sabe V. que ese jovencito módico ha estado 
bastante imprudente al emitir sus ideas materia- 
listas? 

— Materialista no sé si es. Lo que hace gala de 
ser, y por eso le adoran los operarios, es socia- 
lista. 

— ¡Peor que peor! 

— La verdad es, — dijo Peñalver dando un sus- 
piro, — que del fondo de una mina se sale siempre 
un poco socialista. 

A las nueve de la noche, después de comer en 
Villalegre , partió el tren especial que debía condu- 
cirlos á Madrid. Todos volvían muy contentos de la 
excursión: esperaban extasiar á sus amigos con el 
relato del banquete subterráneo. El único que pa- 
decía entre ellos era Raimundo. Las alternativas 
de alegría y dolor por que Clementina le hacía 
pasar con su coquetería, le tenían destrozado el co- 
razón. 

Ultimamente, viéndole tan triste, tan fatigado, 
la hermosa había tenido piedad, le había hecho 
sentar á su lado en el coche , y sin escándalo del 
concurso (porque estaban curados de espantos) ha- 
bía charlado casi toda la noche con él y al fin 
se había dormido dejando caer la cabeza sobre su 
hombro. 

Aunque el tren arrastraba un sleeping-car, pocos 
habían hecho uso de él. La mayor parte prefirió 



LA ESPUMA 



219 



quedarse en los salones de tertulia. Sólo al ama- 
necer; el sueño los fué rindiendo á todos y se que- 
daron trasbolados en su asiento adoptando posturas 
caprichosas, y algunas de ellas poco estéticas. 

B,amoncito Maldonado estaba en el pináculo de 
su gloria y fortuna. Esperancita, á juzgar por to- 
das las apariencias, le amaba. Encontrábase despe- 
gado, por decirlo así, de la tierra, no sólo á causa 
de la elevación natural de su alma, sino por la 
voluptuosidad clel triunfo. Su faz municipal res- 
plandecía como la de un dios. ¡Atrás para siempre 
todas las luchas, todos los obstáculos que amargaran 
su preciosa existencia hasta entonces! Exento para 
siempre de la servidumbre del dolor como los inmor- 
tales, gozaba sereno, majestuoso, de su apoteosis. 

También se había sentado al lado de la amada de 
su heroico corazón y la habló durante algunas ho- 
ras, con dulce sosiego, de las jacas inglesas y de 
las grandes batallas que á la sazón se libraban en 
el seno de la corporación municipal, en las cuales él 
tomaba una parte tan activa. Hasta que mecida por 
aquella plática suave, insinuante, la cándida niña 
quedó dulcemente traspuesta con la cabeza recli- 
nada en el almohadón. 

Mamoncito Maldonado velaba. Velaba y meditaba 
en su suerte feliz. La aurora divina , escalando las 
alturas de la sierra lejana, cruzando con vuelo 
raudo la llanura, levantaba con sus rosados dedos 
las cortinillas del carruaje y esparcía una tenue y 
discreta claridad, sin que él hubiese dejado de- 
pensar en su dicha. 



220 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Esperancita abrió los ojos y le dirigió una tierna 
sonrisa de amor que hizo vibrar basta las últimas 
cuerdas de su alma poética. 

La alondra cantó en aquel instante. Entonces, en 
Ramoncito, el dios se fué separando cada vez más 
del hombre, y ebrio de amor y felicidad también, 
cantó en el oído de la niña, con voz temblorosa y 
conmovida, una porción de frases incoherentes y fer- 
vorosas, hijas de su locura divina. La niña cerró 
los ojos para escuchar mejor aquella música ar- 
moniosa. . . 

Cuando hubo agotado todos los superlativos del 
diccionario para pintar su amor, el sublime con- 
cejal quiso terminar su obra de seducción desple- 
gando ante la hermosa todas las grandezas que 
podía proporcionarle, como hizo Satanás con Jesús. 
«Era hijo único: sus padres tenían ciento diez mil 
reales de renta : en las próximas elecciones á dipu- 
tados á Cortes se presentaría candidato por Naval- 
peral, donde tenía familia y hacienda, y saldría con 
poco que el Gobierno le ayudase: como el partido 
conservador estaba necesitado de jóvenes de valer, 
creía que en breve plazo podría ser subsecretario: 
y ¡quién sabe! acaso más tarde, en una combi- 
nación, podría obtener siquiera la cartera de Ul- 
tramar. . .» 

La niña escuchaba siempre con los ojos cerrados. 
Ramoncito, cada vez más inflamado, al terminar 
esta brillante enumeración se inclinó hacia su ado- 
rada y le preguntó en voz baja y conmovida: 

— ¿Me quieres, preciosa, me quieres? 



LA ESPUMA 221 

La niña no contestó. 

— ¿Me quieres? ¿me quieres? — volvió á pre- 
guntar. 

Esperancita, sin abrir los ojos, respondió al fin 
secamente : 

— No. 



VII 



UNA QUE SE VA 



LGrUN as semanas después, la enfermedad de doña 
Carmen se agravó extremadamente. Ya no cabía 
duda á los médicos de que su fin estaba muy pró- 
ximo. La postración era absoluta: no le quedaba en 
el rostro más que la piel y sus grandes ojos tristes 
y benévolos que^se fijaban con extraña intensidad 
en cuantos se acercaban á ella, cual si tratase de 
leer en las fisonomías el terrible secreto de su 
muerte. Con tal motivo asomaban la cabeza mil 



224 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



pasiones sórdidas en el alma de los que más debieran 
tenerla atribulada. Salabert pensaba con disgusto 
en la herencia que revertía á su bija. Hizo nue- 
vos esfuerzos para que su esposa revocase el testa- 
mento, pero inútilmente. Por primera vez en su vida 
D. a Carmen daba señales de una gran firmeza de 
carácter. Aunque incapaz de vengarse había tal vez 
en su empeño cierto deseo de terminar la existencia 
con un acto de justicia. Una vida de completa sumi- 
sión, sin oponer el más mínimo obstáculo á la volun- 
tad de su marido, á sus planes económicos, ni á sus 
pasiones ilícitas , bien merecía que á la hora de la 
muerte reivindicase su libertad para satisfacer los 
impulsos del corazón. Osorio espiaba silenciosa- 
mente, con disimulada ansiedad, los progresos de la 
enfermedad, cuyo desenlace arrastraría consigo á 
la vez el término de sus apuros. D. a Carmen se des- 
prendería de su envoltura carnal y él de sus acree- 
dores. La misma Clementina, objeto predilecto de la 
ternura de la angelical señora, no podía menos de 
gozar con la perspectiva de tanto millón como iba á 
caer en sus manos. Procuraba sofocar sus deseos , 
apagar la impaciencia; mas á despecho suyo un dia- 
blo tentador hacía brincar su corazón de gozo cada 
vez que tal pensamiento le acudía al cerebro. 

Con astucia infernal, Salabert hacía lo posible 
por introducir la desconfianza en el ánimo de su 
esposa. Unas veces de un modo solapado, otras 
cínico y brutal, vertía en su alma el veneno de la 
sospecha. Clementina y Osorio esperaban su muerte 
como agua de Mayo. ¡Qué desahogados quedarían 



LA ESPUMA 



225 



cuando pagasen tocias sus trampas ! Y hasta otra : ¡ á 
vivir, á gozar con el dinero de la infeliz señora! 
Esta permanecía muda, indignada ante las malévolas 
insinuaciones de su marido. Pero en su alma entris- 
tecida y debilitada por la enfermedad , la punta de 
aquella acerada flecha se revolvía causando vivos 
dolores que procuraba ocultar. Cada vez que Cle- 
mentina venía á visitarla, y últimamente lo hacía 
dos veces cada día, los ojos de su madrastra se 
fijaban en ella con muda interrogación, procurando 
leer en los suyos las ideas que le pasaban por el 
cerebro. Esta atención anhelante embarazaba á la 
esposa de Osorio, le hacía experimentar una turba- 
ción que, aunque leve, no dejaba algunas veces de 
ser visible. 

A medida que la enfermedad avanzaba, este afán 
de D. a Carmen fué aumentando hasta convertirse 
en manía. Clementina representaba en la soledad 
moral en que vivía el tínico lazo de amor que la 
unía á la tierra. Por lo mismo que su hijastra había 
sido siempre fría y altanera con todos, menos con 
ella, jamás había dudado de la sinceridad de su 
cariño. Estaba con él satisfecha y orgullosa. Le 
bastaba para compensarle de la indiferencia des- 
preciativa que observaba en cuantos se acercaban á 
ella. La horrible sospecha que á viva fuerza había 
penetrado en su corazón lo llenaba de amargura. 
Un espíritu bondadoso y amante como el suyo nece- 
sitaba creer en la bondad y en el amor. Al arran- 
carle esta última creencia sangraba de dolor. 

Una tarde se hallaban juntas y solas. La duquesa, 

- 15 * 



226 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

inmóvil en la butaca, con la cabeza echada hacia 
atrás, escuchaba á su hijastra leer una historia 
devota, la aparición de la Virgen de la Saleta. Su 
pensamiento no estaba en el asunto: teníalo agitado, 




como siempre, por aquella duda fatal que acibaraba 
aun más que la dolencia corporal sus míseros días. 
Con la mirada fija y zahori del que se acerca á la 
tumba, atravesaba la hermosa frente de Clementina 



LA ESPUMA 



227 



inclinada sobre el libro y deletreaba confusamente 
allá dentro sin lograr adquirir la certidumbre que 
ansiaba. Más de una vez, al levantar aquélla la 
cabeza, se había encontrado con esta mirada opaca 
y desconsolada, y había bajado prontamente la 
suya, acometida de súbito malestar. En el alma de 
la enferma había nacido un deseo, un capricho más 
bien, vivo y abrasador como los que sienten los 
moribundos. Quería que su hijastra le refrescase con 
alguna palabra dulce la horrible quemadura que su 
duda le causaba. Varias veces temblaron sus labios 
para formular la pregunta : una vergüenza inven- 
cible la detenía. 

— Deja el libro, hija mía: estarás fatigada, — 
dijo al cabo. Y su voz salió de la garganta tem- 
blorosa como si hubiese pronunciado alguna frase 
grave. 

— Lo estará Y. de oir. Yo no: á Dios gracias, 
tengo sana la garganta. 

— Dios te la conserve, hija mía, Dios te la con- 
serve, — repuso la señora con acento de ternura 
mirándola fijamente. 

Hubo unos instantes de silencio. 

■ — ¿Sabes lo que me han dicho?- — se atrevió á 
pronunciar después. Y su voz salió tan apagada que 
las últimas sílabas casi no se oyeron. 

Clementina, que se disponía á continuar la lec- 
tura, levantó la cabeza. Las pocas gotas de sangre 
que D. a Carmen tenía ya en su arruinado cuerpo le 
subieron de golpe al rostro y lo tiñeron levemente 
de rojo. 



228 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Me han dicho... que estabas deseando mi 
muerte. 

A su vez la rica sangre de Clementina acudió 
atropelladamente á sus mejillas y las encendió con 
vivos colores. Ambas se miraron un instante confu- 
sas. La joven exclamó con energía al fin frunciendo 
la tersa frente: 

— Ya sé quién se lo ha dicho á V. 

Y su sangre, al proferir estas palabras, huyó del 
rostro nuevamente como una marea de reflujo ins- 
tantáneo. La de su madrastra también se concentró 
en su lastimado corazón. Inclinó la blanca y fati- 
gada cabeza, diciendo : 

— Si lo sabes , no pronuncies su nombre. 

— ¿Y por qué no? — exclamó la hijastra enfure- 
cida. — Cuando un padre, sin motivo alguno, sólo 
por unos miserables ochavos insulta á su hija y 
martiriza á su mujer, no tiene derecho á qúe se le 
quiera ni á que se le respete. . . Lo diré con todas sus 
letras... ¡Eso es una infamia y una porquería!... 
Papá es un hombre que no tiene más Dios ni más 
amor que el dinero. Sabía muy bien que el testa- 
mento de Y. me había enajenado su cariño. .. (si es 
que me lo ha tenido alguna vez. . .) 

— ¡ Oh ! 

— Sí; lo sabía muy bien. Pero nunca creyera que 
llegaría á cometer semejante vileza, á calumniarme 
de ese modo... A Y. le consta que la he querido 
siempre más que á él... ¡sí, sí, más que á él ! no 
tengo ningún reparo en decirlo... Diré más: yo 
no he querido de veras á nadie más que á Y. y á mis 



LA ESPUMA 



229 



hijos. . . Si ese testamento es la cansa de que Y. dude 
de mi cariño, rómpalo Y. . . Rómpalo, sí: su tranqui- 
lidad y su afecto me importan mucho más que su 
dinero. . . 

La voz de la dama vibraba de indignación al pro- 
nunciar estas palabras. Sus ojos se clavaban en 
el vacío con dureza, cual si quisieran ver levan- 
tarse delante de ella la figura de su padre para 
pulverizarlo. En aquel momento hablaba con since- 
ridad. 

Los ojos opacos de D. a Carmen, á medida que 
hablaba, iban brillando con alegría. Al fin se nubla- 
ron de lágrimas , y exclamó : 

— ¡Te creo, hija mía, te creo!... ¡Ah, no sabes 
el bien que me haces ! 

Al mismo tiempo se apoderó de sus manos y las 
besó con efusión. Clementina dió un grito de ver- 
güenza. 

— ¡ Oh, no, no, mamá !. . . yo soy quien debo. . . 

Y le echó los brazos al cuello con ternura. Queda- 
ron largo rato abrazadas, llorando silenciosamente. 
Fué una de las pocas veces en que Clementina lloró 
de enternecimiento y no de despecho. 

Pero en los días siguientes , aunque subsistió vivo 
en ambas el recuerdo de esta escena tierna, también 
quedó el del motivo que la había producido. Clemen- 
tina sentíase avergonzada al presentarse delante de 
su madrastra. Sus atenciones, sus frases de cariño, 
eran exageradas unas veces : quería borrar con ellas 
el pensamiento que claramente leía en los ojos de 
aquélla. Otras veces , imaginando que podrían servir 



230 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



para que sospechase de su sinceridad, las atajaba 
de golpe y tomaba una actitud indiferente y fría. 
De tocios modos existía entre ambas una corriente 
de inquietud que las bacía padecer, por diverso 
modo, los ratos en que estaban juntas. 

D. a Carmen cayó al fin en la cama para no levan- 
tarse. Clementina pasaba allí todo el día. El terrible 
momento se acercaba. Al fin una madrugada, entre 
dos y tres, llamaron con alarma en el hotel de 
Osorio dos criados del duque. La señora agonizaba. 
Preguntaba por su hija con insistencia. Esta se le- 
vantó del lecho apresuradamente, y á todo el escape 
de sus caballos voló al palacio de Requena. Osorio 
]a acompañaba. Al entrar en la habitación de la 
enferma tropezaron con el duque, que les miró con 
semblante hosco. 

— ¡Llegáis á tiempo! ¡llegáis á tiempo! — gruñó 
sordamente: y se alejó sin decir más. 

Clementina creyó notar en estas palabras una 
intención malévola y se mordió los labios de ira. La 
tristísima escena que se ofreció á su vista, apenas 
se aproximó al lecho de D. a Carmen, consiguió apa- 
gar su odio breve instante. La infeliz señora pre- 
sentaba ya en su rostro los signos de la muerte , la 
palidez cadavérica, el afilamiento de la nariz, los 
ojos vidriosos y en torno de ellos un círculo oscuro, 
amoratado. A su lado y en pie estaba el sacerdote 
que la exhortaba á arrepentirse. (¿Le qué?) A los 
pies del lecho, Marcela, su antigua doncella, llo- 
raba ocultando el rostro con el pañuelo : otras dos 
criadas contemplaban de más lejos con rostros asus- 



LA ESPUMA 



231 



taclos, más que doloridos, aquel cuadro lastimoso. 
Allá en un rincón el médico de cabecera escribía 
una receta. 

Al divisar á su hija, la duquesa volvió los ojos 
hacia ella con expresión de ansiedad y extendió una 
mano para llamarla. 

— Acércate, hija mía, — dijo con voz bastante 
clara. Y luego que se acercó tomándole una mano 
entre las dos suyas amarillas, descarnadas, exclamó 
mirándola con fijeza terrible á los ojos: 

— ¡Me muero, hija, me muero! ¿No es verdad 
que lo sientes?. .. ¿por lo menos que no te alegras? 

— ¡ Oh , mamá ! 

— -Di que no te alegras, — insistió con ansiedad 
sin apartar su mirada de los ojos de la joven. 

— ¡Mamá, por Dios! — -exclamó ésta aturdida y 
aterrada á la vez. 

— ¡ Di que no te alegras ! — repitió con más ener- 
gía aiin levantando á costa de graneles esfuerzos la 
cabeza, mirándola con dureza. 

— ¡No, mamá del alma , no ! Si pudiera conser- 
var su vida á costa de la mía, le juro á usted que lo 
haría. 

Los grandes ojos opacos de la moribunda se dul- 
cificaron: volvió á dejar caer la cabeza sobre la 
almohada, y después de un breve silencio dijo con 
voz apagada y vacilante : 

— Serías muy ingrata... sí, muy ingrata... ¡Tu 
pobre mamá te ha querido tanto ! . . . Dame un 
beso. . . No llores. . . No siento dejar el mundo. . . Lo 
que me dolería es que tú, hija de mi corazón. . . que 



232 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tú... ¡Qué pensamiento tan terrible! ¡Cuánto me lia 
hecho sufrir ! 

El sacerdote se interpuso en aquel momento invi- 
tándola á dejar los pensamientos mundanos. La en- 
ferma le escuchó con humildad, repitió devotamente 
las oraciones que le leía en alta voz. El médico y el 
duque se acercaron para ponerle un revulsivo ; pero 
observando que comenzaba el estertor, el médico 
hizo un gesto y cogió por el brazo al duque para 
sacarlo fuera de la estancia. 

D. a Carmen paseó una mirada extraviada, vi- 
driosa; por todos ellos , y deteniéndola en Clemen- 
tina le hizo seña otra vez de que se aproximase. 

— Adiós, hija mía, — dijo sin mirarla, con los 
ojos fijos en el techo. — Haces bien en alegrarte de 
mi muerte. . . 

— ¡Qué dice, mamá! — exclamó aquélla con un 
grito de espanto. 

— Yo también me alegro. . . Me alegro de que mi 
muerte te sirva de algo... Si hubiera podido darte 
en vida lo que me pertenece... todo te lo hubiera 
dado. . . Es triste ¿verdad? . . . Tener que morir para 
hacerte feliz. . . ¡ Hubiera gozado tanto viéndote 
feliz!. .. Adiós, hija mía, adiós.. . acuérdate alguna 
vez de tu pobre mamá. . . 

— ¡Madre de mi alma! — gritó la dama cayendo 
de rodillas deshecha en sollozos. — ¡Yo no quiero 
que muera, no!... He sido mivy mala — pero siem- 
pre la he querido. . . y la he respetado. . . 

— No seas tonta, — dijo la moribunda haciendo 
un esfuerzo para sonreír y acariciándole la cabeza 



LA ESPUMA 



233 



con su mano de esqueleto. — Ya no me duele que te 
alegres ... ¡ Qué importa ! . . . Muero satisfecha sa- 
biendo que vas á deberme un poco de felicidad. . . 
Te recomiendo á las ancianitas del asilo... Protége- 
las, hija mía... y á esta buena Marcela, también... 
Adiós, adiós todos... Perdonadme el mal que os 
haya hecho. . . 

El estertor crecía , sonaba más estridente y más 
lúgubre por momentos. Los sollozos de Clementina y 
Marcela cortaban por intervalos las notas ele aquel 
ronquido fatal. El duque, trémulo, alterado, se dejó 
al fin arrastrar de la habitación. 

D. a Carmen no volvió á hablar. Tenía los ojos 
cerrados, la boca entreabierta, el cuerpo tranquilo. 
De vez en cuando levantaba un poco los párpados y 
dirigía una mirada afectuosa á su hijastra arrodi- 
llada. El sacerdote leía con voz nasal, quejumbrosa, 
las oraciones de su libro. 

Así murió la duquesa de Requena. ¡Dejadla, de- 
jadla partir ! 

Algunos días después, Clementina y su marido, á 
pesar del odio inextinguible que se profesaban, 
celebraban largas y frecuentes conferencias. La 
magna cuestión de la herencia los unía momentá- 
neamente. Clementina visitaba mañana y tarde á 
su padre. Osorio también iba con frecuencia al 
palacio de Requena: uno y otro prodigaban al viejo 
mil atenciones, compadecían su soledad, le mima- 
ban. Había en su comportamiento cierta familiari- 
dad afectuosa que cuadraba muy bien á unos hijos 
que van á proteger la venerable ancianidad de un 



234 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



padre. El duque se dejaba venerar observándolos 
con mirada más socarrona que enternecida. Cuando 
volvían la espalda para irse, seguíalos con los ojos, 
bajaba los párpados lentamente, revolvía entre los 
labios la breva americana y se iba bosquejando en 
su rostro una sonrisa burlona que duraba todavía 
algunos segundos después de perderlos de vista. 

Las cosas siguieron en el estado de antes. A pesar 
de que el testamento de la duquesa era terminante, 
Salabert no se dignó hablarles una palabra de inte- 
reses. Continuó disponiendo en jefe de su caudal, 
entregado á los negocios con absoluta tranquilidad. 
Su bija y su yerno la perdieron al ver esta actitud. 
Comenzaron á vivir agitados , á comunicarse á cada 
instante con violencia sus impresiones, á formar 
planes para provocar una explicación. Clementina 
pretendía que Osorio le hablase. Este creía que era 
ella quien debía pedirle cariñosamente una explica- 
ción antes de formular ninguna queja. Después de 
algunos días de vacilación, al fin se decidió la esposa 
á dirigir algunas palabras á su padre , si bien con 
cierta indecisión y embarazo, pues conocía bien el 
carácter de éste y mejor aún el suyo propio. 

— Vamos á ver, papá, — le dijo, hallándole solo 
en el despacho, con afectada jovialidad. — ¿Cuándo 
me hablas de dinero? 

■ — ¿De dinero?... ¿Para qué? — respondió el duque 
con sorpresa , mirándola con rostro tan inocente 
que daba ganas de darle una bofetada. 

— ¿Para qué ha de ser? para enterarme de lo que 
me concierne. ¿No so}^ la única y universal heredera 



LA ESPUMA 



ele mamá? — replicó sin abandonar el tono jovial, 
pero con cierta alteración en la voz bien percep- 
tible. 

— ¡ Ah, sí ! — exclamó el duque haciendo con la 
mano un ademán de indiferencia. — De eso hablare- 
mos más adelante. . . ¡ mucho más adelante ! 

Clementina se puso pálida. La ira hizo dar un 




salto á toda su sangre. Sus labios temblaron y 
estuvo á punto de decir un disparate. 

— Sería bueno, sin embargo, que nos entendiése- 
mos. . . — murmuró con voz débil. 

— Nada, nada; no hablemos ahora. Cuando tenga 
humor y tiempo ya me ocuparé de esas cosas. 

Hablaba con tal seguridad ó indiferencia no 
exenta de desdén, que su hija tenía que optar entre 



236 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



dar rienda suelta á la lengua , romper con su padre 
de un modo violento, ó marcharse. Decidióse, des- 
pués de un instante de vacilación, por esto. Griró 
sobre los talones, y sin una palabra de adiós salió 
de la estancia y se metió en su coche, en un estado 
de excitación que hacía temblar todo su cuerpo. 

Cuando llegó á casa corrió á encerrarse en su 
habitación y dió salida al furor que la embargaba. 
Lloró, pateó, desgarró sus vestidos, rompió una 
porción de cachivaches. Osorio también montó en 
cólera y dijo que iba á hacer y acontecer. De todo 
ello no resultó, sin embargo, más que una carta en 
que aquél, con bastante respeto, invitaba á su suegro 
á que le manifestase el estado de su hacienda, á fin 
de dar comienzo á las primeras operaciones del 
inventario. Salabert no contestó á esta carta. Se 
escribió otra. Tampoco. Dejaron de visitarle. Cle- 
mentina no quería ir «por no armar un escándalo». 
Osorio no se consideraba con fuerza moral sufi- 
ciente, dado el estado de sus relaciones matrimo- 
niales, para reclamar con energía el caudal de su 
mujer. En tal aprieto hablaron con algunas perso- 
nas de respeto amigas del duque, y se las enviaron 
como medianeras. Cumplieron éstas su cometido; 
hablaron con el viejo, y después de varias entrevistas 
se resolvieron á provocar una reunión amistosa á 
fin de que el asunto no fuese á los tribunales. Efec- 
tuóse ésta, después de alguna resistencia por parte 
de Clementina, en el palacio de su padre. Asistieron 
á ella, á más de las partes interesadas, el padre 
Ortega, el conde de Cotorraso, Calderón y Jiménez 



LA ESPUMA 



237 



Arbós. Este último (que había dejado de ser minis- 
tro y estaba en la oposición) dio comienzo á la sesión 
espetándoles un discurso «de tonos conciliadores», 
excitándoles á la concordia para que no diesen al 
público el espectáculo de una disputa entre padre é 
hija por cuestiones de dinero, espectáculo que, dada 
su altísima posición en el mundo, no podía menos de 
ser repugnante. Siguióle en el uso de la palabra 
el padre Ortega, que con el acento persuasivo y 
untuoso que le caracterizaba, después de darles, lo 
mismo al duque que á sus hijos un buen jabón de 
elogios disparatados para ponerlos suaves, apeló á 
sus sentimientos cristianos , les hizo presente el mal 
ejemplo que darían, les pintó las dulzuras del cariño 
y del sacrificio mutuo y concluyó prometiéndoles la 
gloria eterna. 

Clementina respondió la primera , que ella no 
tenía otro deseo que continuar manteniendo con su 
padre las mismas relaciones de cariño y respeto que 
hasta entonces, y que para conseguirlo estaba dis- 
puesta á hacer todo lo que le fuera posible. El 
acento seco y duro con que pronunció estas palabras 
y el gesto ceñudo con que las acompañó no daban 
testimonio muy claro de su sinceridad. Sin embargo, 
el duque se manifestó muy conmovido. 

— ¡Arbós! ¡padre! ¡vosotros, hijos míos! Todos 
conocen perfectamente mi carácter... Para mí, fuera 
de la familia no hay felicidad posible... Después del 
golpe terrible que acabo de sufrir , lo único que me 
queda en el mundo es mi hija. . . En ella tengo con- 
centrado todo mi cariño, mis esperanzas y mi or- 



238 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



güilo... Para ella lie trabajado, lie luchado sin 
descanso, he reunido el capital que poseo... Puedo 
decir que nunca lie sentido la necesidad del dinero 
más que por mi mujer (que en gloria esté) y por mi 
hija;. .. por verlas á ellas felices rodeadas de bien- 
estar y de lujo... A mí me han bastado siempre 
cuatro cuartos para vivir, bien lo sabéis. Hoy que 
soy viejo, con mayor razón... ¿Para qué quiero ya 
los millones? Dentro de poco me veré obligado á 
tomar el tren para el otro barrio, ¿verdad, Julián? 
Y tú lo mismo. Por consiguiente, ¿á quién puede 
ocurrírsele que voy á reñir por cuestión de ochavos 
con la hija de mi corazón?... Aquí no ha habido 
más que una equivocación. Yo necesitaba tiempo 
para poner en claro mis asuntos... Eso es todo... 
Pero si es que has podido suponer otra cosa, hija 
mía, yo sólo puedo decirte esto... Lo que hay en 
esta casa es tuyo y siempre lo ha sido. Tómalo 
cuando se te antoje... Tómalo, hija, tómalo... A mí 
me basta con nada. . . 

Al pronunciar estas últimas palabras visiblemente 
enternecido, quisieron arrasársele los ojos de lágri- 
mas. Todos dieron muestras igualmente de enterne- 
cimiento y prorrumpieron en frases de conciliación. 
El padre Ortega empujó suavemente á Clementina 
hacia los brazos de su padre, y aunque ella era la 
menos conmovida, al fin se dejó abrazar por él, que 
la tuvo un buen rato apretada. Cuando la soltó se 
llevó el pañuelo á los ojos y se dejó caer en una 
butaca, vencido por el peso de tanta emoción. 

Después de esta escena conmovedora nadie osó 



AL ESPUMA 



239 



acordarse de intereses. La reunión se disolvió apre- 
tándose todos la mano cordialmente y felicitándose 
con calor por el éxito lisonjero de sus gestiones. 
Pero Osorio y Clementina se metieron en su coche 
serios, cejijuntos, y no se hablaron en todo el camino 
una palabra. Sólo al llegar á casa murmuró la es- 
posa con acento colérico : 

— ¡ Ya veremos en qué para la comedia ! 
Osorio se encogió de hombros y respondió: 

— Yo lo doy por visto. 

Ni uno ni otro se equivocaron. 

El duque ni les dió una peseta ni volvió á hablar- 
les para nada de la herencia. Estaba muy cariñoso 
con ellos; les hacía. comer muchos días en su casa 
quejándose de su soledad; hasta les hablaba algunas 
veces de ]os negocios que tenía pendientes; pero 
nada de liquidar la parte que les correspondía. 

Clementina llegó á irritarse tanto que dejó brus- 
camente de ir á su casa. Volvieron á mediar cartas. 
No pudieron sacar nada más que respuestas ambi- 
guas , vagas esperanzas. Al fin se decidieron á enta- 
blar la demanda, y comenzó un pleito que hizo 
estremecer de gozo á la curia. 

Cesó para Clementina toda felicidad. Desde en- 
tonces vivió en un estado de perpetua irritación, 
siguiendo con afanoso interés los incidentes del 
litigio, apurando al procurador, á los abogados, 
buscando influencias que contrarrestasen las pode- 
rosas del duque. Este conducía el asunto con mucha 
más calma, lo enredaba con habilidad desesperante, 
aprovechándose de la violencia que ella mostraba 



240 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



para hacerla aparecer á los ojos de la sociedad 
como ambiciosa y desnaturalizada. Esto no obstaba 
para que entre sus íntimos soltase de vez en cuando 
alguna de sus frases burlonas y cínicas, que al 
llegar á oídos de ella la hacían estallar de furor. La 
lucha se fué haciendo cada día más encarnizada. 
Por otra parte, los acreedores de Osorio, defrauda- 
dos en sus esperanzas , empezaban á revolverse 
contra él y amenazaban dejarle arruinado. Es fácil 
representarse la agitación, la violencia, el malestar 
que reinarían en el hotel de la calle de Don Ramón 
de la Cruz. 

De este malestar, y aun puede decirse desdicha , 
participaba el hasta entonces afortunado Raimundo. 
El espíritu y el cuerpo de Clementina , alterados 
por el tumulto de otras pasiones, no podían repo- 
sarse en las dulzuras del amor. Los momentos que 
aquélla le concedía eran cada vez más cortos y sin 
sosiego. Se extinguieron las pláticas alegres, bulli- 
ciosas, que en otro tiempo mantenían. La hermosa 
dama ya no gustaba de embromar á su juvenil 
amante : no se acordaba siquiera de aquellas gozo- 
sas y pueriles escenas en que se deleitaban, ora 
haciendo ella de reina que recibe en corte á sus 
ministros, ya jugando besos á los naipes ó en otras 
mil niñerías que la tornaban á la adolescencia. 
Ahora apenas sabía hablar de otra cosa más que de 
su pleito. Tenía los nervios tan excitados, que con 
la palabra más insignificante se le disparaban y 
montaba en furiosa cólera. Además, por el interés 
vehementísimo de triunfar de su padre , crecían sus 



LA ESPUMA 



241 



coqueterías con Escosura, recién nombrado mi* 
nistro. Esto era, como debe suponerse, lo que más 
desgraciado hacía al joven entomólogo. 

Un día, en que estaba más cariñosa que de cos- 
tumbre, teniéndole sentado á sus pies y acaricián- 
dole los cabellos con sus hermosos, delicados dedos 
cargados de sortijas, le dijo con acento meloso: 

— Tú sigues con tus celos de Escosura, ¿verdad, 
Mundo?... Pues haces muy mal... No me gusta 
poco ni mucho ese hombre. . . 

— Sí : eso me has dicho muchas veces. . . pero. . . 

— No hay pero que valga, niño díscolo, — repuso 
alegremente tirándole de la oreja. — Ni he querido, 
ni puedo querer á nadie más que á ti. Todos los 
hombres me parecen feos, tontos y presuntuosos á 
tu lado. . . Pero (¡ aquí viene mi pero!) desgraciada- 
mente tú no eres ministro, aunque lo mereces más 
que todos los que conozco. . . Bien sabes que mi for- 
tuna está hoy en manos de la justicia, que de la 
noche á la mañana puedo quedar sin una peseta. 
Acostumbrada como estoy á las comodidades y al 
lujo, ya comprenderás que no sería un plato de 
gusto. Mi amor propio también padecería mucho, 
porque tengo infinitos envidiosos , gente que me 
odia sin saber por qué. . . En fin, que sería el hazme 
reir de ellos, ¿entiendes? Y yo no quiero que eso 
suceda. Mi padre cuenta con muchos amigos... se 
esperan de él favores (aunque sea incapaz de hacer 
uno solo), se le tiene miedo... Yo, aunque trato á 
casi todos los políticos de Madrid, carezco de un 
verdadero amigo que se interese por mi asunto 

16 * 



242 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



como si fuese propio, que se atreva á ponerse frente 
á mi padre. . . Y como no lo tengo necesito buscarlo, 
¿sabes?... Figúrate ahora que ese amigo es Esco- 
sura , quien por su posición política y por su dinero 
es independiente por completo. . . Figúrate que 
estoy en relaciones con él. . . Figúrate que es mi 
amante á los ojos del mundo... Y figúrate también 
que rompo contigo en apariencia , aunque sigas 
secretamente siendo mi verdadero amor, el único 
querido de mi corazón... ¿Qué te parece del arre- 
glo? ¿Lo encuentras aceptable? 

Raimundo se puso encendido ante aquella singular 
y humillante proposición. Tardó unos instantes en 
contestar y dijo al fin entre colérico y desdeñoso: 

■ — Me parece sencillamente una infamia y una 
asquerosidad. 

La arruga , aquella arruga fatal que cruzaba la 
frente de Clementina cada vez que la cólera agitaba 
su alma turbulenta, apareció honda y siniestra. 
Levantóse bruscamente , y después de mirarle con 
fijeza, entre airada y desdeñosa, le dijo con acento 
glacial: 

— Tienes razón. Ese arreglo no puede conve- 
nirte... Mejor será que cortemos de una vez nuestras 
relaciones. 

Y se dispuso á marchar. Raimundo quedó anona- 
dado. 

— ¡ Clementina ! — gritó con desconsuelo cuando 
se hallaba ya cerca de la puerta. 

— ¿Qué hay? — dijo ella, con la misma frialdad, 
volviendo la cabeza. 



LA ESPUMA 



243 



— Escucha, por Dios, un momento... Te he dicho 
eso arrebatado por los celos, pero sin intención de 
herirte... ¿Cómo he de ofenderte yo á ti cuando te 
quiero, te adoro como á un ser sobrenatural?... 

A éstas siguieron otras muchas palabras fogosas 
empapadas de ca- 
riño, mejor aún, 
de devoción. Cle- 
mentina las escu- 
chó en la misma 
actitud altanera. 
No se dejó ablan- 
dar hasta que le 
contempló bien 
humillado, pidién- 
dole de rodillas, 
como precioso fa- 
vor, aquel mismo 
arreglo que hacía 
un instante había 
calificado de in- 
famia y asquero- 
sidad. 

Por aquellos 
días la dama ex- 
perimentó una ra- 
bieta tan viva que 
estuvo á punto de enfermar. Y no le faltó motivo. 
El duque , su padre , cuyas relaciones con la Am- 
paro eran cada día más públicas y descaradas, 
llevó su cinismo ó su servidumbre humillante hasta 




244 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



traerla á su palacio y hacer vida marital con ella. 
No se hablaba de otra cosa en la alta sociedad ma- 
drileña. Todo el mundo consideraba que Salabert 
tenía perturbado el cerebro, por no decir, como 
en otro tiempo, que estaba hechizado por su que- 
rida. Esta , con su estupidez inveterada , en vez de 
disimular su poder y hacerse perdonar del mundo 
aquella inaudita usurpación, la pregonaba á son de 
trompeta en los teatros y paseos, donde se presen- 
taba colgada del brazo del duque. Poco después 
comenzó á circular por Madrid la noticia de que se 
casaban. El asombro y la indignación que produjo 
fueron vivísimos. 

Un acontecimiento imprevisto vino á deshacer 
ó por lo menos á aplazar aquella boda. En cierta 
reunión de accionistas de las minas de Biosa , á Sa- 
labert , como presidente, le tocó dar cuenta de su 
gestión y proponer las modificaciones necesarias en 
la marcha de la sociedad. Ordinariamente lo hacía 
con mucha concisión y claridad. Era, ante todo, 
hombre de negocios y no gustaba de andarse por 
las ramas ó decir más palabras de las indispensa- 
bles. Mas con sorpresa de la asamblea, donde se 
hallaban muchos banqueros y algunos personajes 
políticos, comenzó á pronunciarles un discurso por 
todo lo alto. Abandonando el asunto por completo, 
entró dándoles amplias explicaciones de su conducta 
como hombre público; trazó una verdadera biogra- 
fía de su persona , deteniéndose en pormenores del 
todo impertinentes; cantó con la mayor impuden- 
cia sus propias alabanzas, ofreciéndose como el pro- 



LA ESPUMA 



245 



totipo de la consecuencia política , del desinterés y 
la abnegación; pregonó sus servicios al país, por 
haber prestado dinero al Gobierno en momentos de 
apuro, y á la causa de la humanidad coadyuvando 
poderosamente á la erección de hospitales, escuelas 
y asilos: hasta tuvo la desvergüenza de decir que 
el asilo de ancianas de los Cuatro Caminos era obra 
suya. 

Los circunstantes se miraban unos á otros con 
estupor y se murmuraban al oído juicios poco lison- 
jeros sobre el estado intelectual del orador. Cuando 
apuró la lista de sus méritos y se proclamó urbi 
et orbi el primer hombre de la nación , principió á 
desatarse contra sus enemigos, presentándose como 
víctima de una persecución tenaz, insidiosa, de 
mil intrigas urdidas para desacreditarle y en las 
que intervenían una porción de personajes de la 
banca y la política. En confirmación de este aserto 
leyó con voz campanuda y fogosa entonación, cier- 
tos artículos insertos en un periódico de provin- 
cia (la provincia en que estaban las minas de 
Riosa), en que según él se le atacaba «de un modo 
indigno y asqueroso». Lo que venía á decir, en resu- 
men, el articulista, era que Salabert no era acreedor 
á que se le erigiese una estatua. 

Los circunstantes, cada vez más cansados y abu- 
rridos, se decían ya en voz baja: 

— ¡Esto es ridículo! ¡Ese hombre está loco! 

A medida que leía se iba enardeciendo: su rostro, 
ordinariamente un poco amoratado, se oscureció de 
tal modo que parecía el de un estrangulado. Al fin, 



246 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



sin terminar la lectura , cayó en el sillón presa de 
un ataque que le privó del sentido. Y por entram- 
bas vías su naturaleza pletórica comenzó al instante 
á desahogarse de tan formidable manera, que sólo 
un médico que asistía á la reunión en calidad de 
socio osó acercarse á él. 



VIII 



GENIO QUE SE APAGA 



espués de aquel ataque, las facultades mentales 
del duque experimentaron una merma considerable, 
al decir de cuantos á él se acercaban. Padecía 
extrañas distracciones ; su palabra era perezosa y 
más confusa que antes; tenía caprichos fantásticos. 
Se contaba que había entregado ya á la Amparo 
sumas enormes ó las había puesto á su nombre en 
el Banco; que se enfurecía por livianos motivos y 
gritaba y gesticulaba como un demente, llegando 



248 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



sus arrebatos hasta maltratar de obra á los criados 
ó dependientes; que comía vorazmente y sin me- 
dida, y que decía de su bija horrores inconcebibles, 
imposibles de repetir entre personas decentes. Su 
genio socarrón y maligno se había trocado en adusto 
y violento. 

Sin embargo, en los negocios no dio señales de 
faltarle la cordura. La rueda de la avaricia no se 
había gastado aún en su organismo. Verdad que 
la mayor parte de ellos marchaban por sí mismos; 
además tenía consigo á Llera, cuyas dotes de espe- 
culador astuto y audaz habían llegado al apogeo. 
Donde se mostraba en realidad la perturbación, ó 
por mejor decir, la flaqueza de su inteligencia, era 
en el seno de la vida doméstica. No se contentó con 
hacer reina y señora de la casa á su querida , pero 
admitió en ella también á la madre y los hermanos 
de ésta, gente ordinaria y soez que la tomó por 
asalto, dándose harturas de esclavos en saturnal, 
viviendo en perpetua orgía. El dominio de la Am- 
paro se hizo absoluto. Ella fué quien comenzó á 
ordenar, ó por mejor decir, á desordenar los gastos 
ostentando un lujo escandaloso en sus vestidos, 
joyas y trenes. Y como no faltan en Madrid ham- 
brones de levita y de frac, al instante tuvo una 
corte de parásitos que cantaron sus alabanzas. "Dió 
tes y comidas; se jugó al tresillo; se hizo, en suma, 
lo que en todas las casas opulentas, menos bailar. 
Y aunque el personal por dentro dejaba mucho que 
desear, por fuera parecía tan pomposo y brillante 
como el de los demás palacios. Hasta había títulos 



LA ESPUMA 



249 



de Castilla que honraban la tertulia con su presen- 
cia, entre ellos el marqués de Dávalos, tan loco y 
enamorado como siempre. La Amparo, á quien lison- 
jeaba este amor frenético conocido de todo Madrid, 
lo desdeñaba en público y lo alimentaba en secreto. 
Por donde ñaqueaban más los saraos de aquélla era 
por el lado femenino, si bien no faltaban tampoco 
algunas señoras de la clase media que, á trueque de 
pisar regios salones y verse servidas por lacayos 
de calzón corto, consentían en alternar con la que- 
rida de Salabert. Verdad que acallaban sus escrú- 
pulos diciéndose que Amparo muy pronto sería la 
duquesa de Requena , en cuanto terminase el luto de 
la anterior esposa. 

Seguía el pleito entre el duque y su hija, más 
empeñado cada día y encendido. La Amparo se 
declaraba parte en él entre sus amigos, gozaba sol- 
tando contra Clementina el odio mortal que la 
profesaba en palabras tabernarias. Salían á relucir 
en su tertulia todos los devaneos de la dama, corre- 
gidos y aumentados por los parásitos; se contaban 
anécdotas que harían ruborizar á un guardia civil; 
se atacaban hasta sus prendas corporales , diciendo 
que los dientes eran postizos , que tenía una cadera 
torcida y otras calumnias por el estilo. Cierta noche 
tuvo éxito prodigioso un muchachuelo al manifestar 
que Clementina, según datos irrecusables, gastaba 
pantalones de franela á raíz de la carne. 

Algunos de estos dichos llegaban á oídos de la 
interesada y la hacían empalidecer de ira, amar- 
gaban extremadamente su agitada existencia. El 



250 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



pleito era ya para ella una lucha personal con la 
Amparo. Lo que más temía, y Osorio también, era 
que se realizase el anunciado matrimonio de su 
padre. Si esto sucedía no había más remedio que 
ver á la ex florista ostentando la corona ducal, tra- 
tando de potencia á potencia con ellos. Aunque 
al principio la sociedad la rechazase, como con el 
tiempo todo se olvida, quizá aquella vil mujer llega- 
ría á ser una verdadera duquesa. Afortunadamente 
para ellos , aunque Salabert estaba sometido en todo 
á su voluntad, les constaba que se oponía tenaz- 
mente á casarse , que la Amparo hacía inútiles 
esfuerzos para decidirle, que había habido escenas 
violentas entre ellos. La ex florista, al principio, lo 
había tomado por la tremenda; se contaba que en 
un arrebato había herido al duque con unas tijeras, 
que los criados escuchaban frecuentemente gritos 
descompasados de la bella injuriando al viejo, lle- 
nándole de denuestos. Uno juraba que la había 
oído gritar: 

— ¿Por qué no te casas? ¡di, canalla!... ¿Crees 
que te deshonras con eso? ¿No sabes que por ahí 
todo el mundo dice que eres un ladrón? ¿que tus 
iniciales significan ¡á ese!...? Seré una p...: pero 
una p. . . ¿no vale tanto como un ladrón? 

Ciertos ó no estos horrores, lo que constaba de un 
modo indudable era la resistencia de él y el afán de 
ella. Alguien la hizo entender que no era este el 
mejor sistema y que corría riesgo, por quererlo 
todo, de perderlo todo. Cambió de táctica; se dedicó 
á sacar de su querido todo el dinero que pudo y á 



LA ESPUMA 



251 



empujarle suavemente, pero con tenacidad, al matri- 
monio. Mas aunque por lo que se refiere á esto 
último sus asaltos continuaban siendo infructuosos, 
Clementina y Osorio estaban con el alma en un hilo. 
Decíase que el duque se bailaba realmente enfermo, 
que sufría una parálisis progresiva. En vista de ello 
se determinaron, después de escuchar el parecer de 
algunos célebres abogados , á pedir ante los tribu- 
nales su inhabilitación ó la incapacidad para admi- 
nistrar sus bienes. 

Por estos días se dijo que aquél había experi- 
mentado un nuevo ataque y que de resultas había 
quedado casi enteramente imbécil. Confirmaba este 
rumor el que no salía de casa y el que sus amigos 
íntimos no conseguían verle cuando iban á visi- 
tarle. 

En tales circunstancias , bien por un arranque de 
su temperamento impetuoso ó porque no faltara en- 
tre sus íntimos quien se lo aconsejara, Clementina 
se resolvió á dar un golpe decisivo que de una vez 
zanjase el litigio y todos los problemas á él anejos. 
«Mi padre está secuestrado, — dijo. — Yo voy allá 
y arrojo á esa mujer de casa». Osorio trató de disua- 
dirla, pero inútilmente. 

Una mañana se hizo trasladar en su coche al pala- 
cio de Requena. Pasmo del portero al abrir la verja 
y encontrarse con la señorita Clementina, y visible 
alegría también; porque, aunque no era tan llana 
como la ex florista ni tan pródiga, el sentimiento de 
justicia obligaba á los criados del duque á despre- 
ciar á ésta y respetar á aquélla. La orgullosa dama 



252 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

se contentó con decir, sin mirarle: «Hola, Rafael», 
y se dirigió rápidamente á la escalinata. 

— ¿Cómo está papá? — preguntó al criado que 
halló en el recibimiento. 




Tan aturdido quedó que no pudo contestarle inme- 
diatamente. 

— ¡ Yamos, hombre ! — repitió con impaciencia. — 



LA ESPUMA 



253 



¿Qué tal papá? ¿Está en las oficinas ó en sus habi- 
taciones? 

— Dispense Y. E... el señor duque está bueno... 
Me parece que aun está en su gabinete. . . 

En aquel momento una doncella, que desde el 
fondo del corredor la vio" y escuchó sus preguntas, 
corrió toda azorada á avisar á la señora. Clementina 
también subió con pie rápido la escalera del piso 
principal. Antes de llegar á la puerta del gabinete 
de su padre, la Amparo se interpuso delante de ella, 
pálida, mirándola fijamente, con ojos agresivos. 

— ¿Dónde va Y.? — preguntó con voz ligera- 
mente ronca por la emoción. 

— ¿Quién es Y.? respondió la dama alzando la 
cabeza con soberano desdén y mirándola de arriba 
abajo. 

— Yo soy la señora de esta casa, — repuso la 
malagueña poniéndose aún más pálida. 

— Querrá Y. decir la secuestradora. No tengo 
noticia de que aquí haya señora alguna. 

■ — ¡ Ah! Yiene Y. á insultarme á mi misma casa, 
— exclamó la ex florista poniéndose en jarras como 
en la plazuela. 

— No; vengo á arrojarte de ella antes que llegue 
la policía á hacerlo. 

— ¡No me tutee Y. ó me pierdo! — gritó la Am- 
paro arrebatada de furor, presta á arrojarse sobre 
su orgullosa enemiga. 

— Repito que vengo á echarte de esta casa y del 
puesto que usurpas, — repuso ésta con tranquilidad 
amenazadora, desafiándola con la mirada. 



254 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



La Amparo hizo un movimiento de arrojarse sobre 
ella , pero deteniéndose súbito se puso á gritar con 
voces descompasadas: 

— ¡Pepe, Gregorio, Anselmo! A ver, que vengan 
todos. ¡Pepe, Gregorio! ¡ Echadme esta tía de casa, 
que me está insultando ! 

A los gritos acudieron algunos criados , que se 
detuvieron confusos, atónitos, contemplando aque- 
lla escena extraña. También se abrió la puerta del 
gabinete y apareció en ella la figura del duque , de 
bata y gorro. En poco tiempo había envejecido 
de un modo sorprendente. Tenía los ojos apagados, 
el color caído, las mejillas pendientes y flácidas. 

— ¿Qué es eso? ¿qué pasa aquí? — preguntó con 
torpe lengua. Y al ver á su hija dió un paso atrás y 
todo su cuerpo se estremeció. 

— Esta mujer, que después de pedir que te decla- 
ren loco viene á insultarme, — gritó la Amparo con 
voz chillona de rabanera colérica. 

— Papá, no hagas caso, — dijo Clementina yendo 
hacia él. 

Pero el duque retrocedió, y extendiendo al mismo 
tiempo sus manos convulsas , exclamó : 

— ¡ Fuera ! ¡ Fuera ! ¡ No te acerques ! 

— ¡ Escucha , papá ! 

— ¡ISTo te acerques, ingrata, perversa! — repitió 
el duque con voz temblorosa y tono melodramático. 

— Fuera de aquí, sin vergüenza. ¿Tiene V. valor 
para presentarse después de lo que ha hecho con su 
padre? — chilló la malagueña animada por la acti- 
tud del viejo. 



LA ESPUMA 



255 



Clementina quedó petrificada, lívida, mirándoles 
con ojos donde se pintaba más el espanto que la 
cólera. Hubo un instante en que estuvo á punto de 
perder el sentido, en que todo comenzó á dar vuel- 
tas en torno suyo ; pero su orgullo hizo un esfuerzo 
supremo y permaneció clavada al suelo , inmóvil 
como una estatua de yeso, y tan blanca. Luego giró 
lentamente sobre los talones por miedo á caerse y 
dió algunos pasos hacia la escalera , que comenzó á 
bajar con pie vacilante. Su padre, excitado por los 
gritos de la Amparo, avanzó hasta la barandilla y 
siguió repitiendo , cada vez más colérico , exten- 
diendo su mano trémula como un barba de teatro : 

— ¡ Fuera ! ¡ Fuera de mi casa ! 

Mientras , su querida vomitaba una sarta de inju- 
rias acompañadas de movimientos de caderas, risas 
sarcásticas y tal cual interjección del repertorio 
antiguo. 

Cuando llegó á poner el pie en el jardín, las meji- 
llas de Clementina comenzaron á echar fuego. Se 
apoyó un instante en la columna de uno de los faro- 
les, y en seguida se dió á correr como una loca 
hacia su coche; montó en él de un salto y cayó 
en un ataque de nervios. La sacaron en malísimo 
estado y la subieron á su cuarto entre dos criadas. 
Cuando Osorio se presentó no pudo enterarles más 
que con palabras sueltas ó incoherentes de lo que 
había acaecido. Ocho ó diez días estuvo postrada en 
la cama. Al fin salió de ella con un deseo tal de 
vengarse, que algunos pensaron que se había vuelto 
loca. 



256 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



El pleito, con el hálito de venganza que ella 
sopló sobre él, encendióse de un modo imponente. 
Llegó á ser en Madrid un acontecimiento público. 
Acerca de la locura del duque hubo pareceres encon- 
trados de los mé- 
dicos más insig- 
nes , españoles y 
extranjeros. Los 
unos le ponían 
de idiota, dege- 
nerado y embru- 
tecido que no 
había por dónde 
cogerlo. Los 
otros declaraban 
que su inteligen- 
cia brillaba cada 
día más clara, 
que era un por- 
tento de pene- 
tración y buen 
sentido. Pero to- 
dos coincidían 
en exigir , por 
sus dictámenes, 
disparatados 
honorarios. La 
prensa intervino 

en favor de una ú otra de las partes. Clementina 
subvencionaba algunos periódicos. La Amparo (por- 
que el duque , en realidad , ya no se hallaba en es- 




LA ESPUMA 



257 



taclo de dirigir el asunto) tenía comprados otros. Y 
desde las columnas de ellos se decían , más ó menos 
veladas, mil insolencias; se sacaban á relucir en 
cuentos alegóricos muchas historias escandalosas. 

En esta guerra la hija llevaba la peor parte: no 
podía ser tan liberal como la querida: Amparo dis- 
tribuía los billetes de Banco á manos llenas. En 
cambio, á Clementina la ayudaban los acreedores de 
su marido, sus amigas Pepa Frías, que no cesaba un 
momento de ir y venir visitando á los médicos, á los 
magistrados, á los periodistas, la condesa de Coto- 
rraso, la marquesa ele Alcudia, su cuñado Calderón, 
sus amigos el general Patiño y Jiménez Arbós , y 
más que todos ellos , como quien más obligación 
tenía, su amante Escosura. Este, por el alto puesto 
que ocupaba , ejercía considerable influencia en la 
marcha del litigio. 

¡Qué agitación! ¡qué vida afanosa y miserable! 
Clementina no comía, no dormía: siempre en confe- 
rencias con el abogado, con el procurador; siempre 
escribiendo cartas. Hasta en sus tertulias ó comidas 
no sabía hablar de otra cosa. De suerte que algu- 
nos, los indiferentes, murmuraban ó iban deser- 
tando de su casa. Pero á otros logró comunicarles 
su fuego, y eran sus parciales apasionados y traían 
y llevaban cuentos y daban consejos y prorrumpían 
en exclamaciones de indignación cada vez que en 
cualquier parte oían nombrar á la Amparo. Aunque 
Clementina, en general, no era simpática á la socie- 
dad madrileña por su carácter altanero, como al fin 
representaba el derecho y la moral , su causa era la 

17 * 



258 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



popular. Contribuyó á hacerla más la estupidez de 
su enemiga, que se presentaba en todas partes 
queriendo deslumhrar con su lujo, llevando á su 
lado aquel viejo imbécil y degradado. 

Porque el duque de Requena se desmoronaba á 
ojos vistas. Después del período de exaltación y vio- 
lencia en que parecía un loco furioso, vino el apla- 
namiento de los nervios. Poco á poco se acercaba 
al completo idiotismo. Perdió la vivacidad del espí- 
ritu y basta la facultad de comprender los negocios. 
Quedaron en manos de Llera. Esto no era malo; pero 
sí que la Amparo se ingiriese en ellos con autoridad, 
porque no hacía más que disparates. Se daba, sin 
embargo, bastante maña para ocultar la locura de 
su querido. Los días en que le veía sobrexcitado ó 
incoherente en sus palabras teníalo encerrado. Sólo 
cuando estaba más tranquilo y racional se aventu- 
raba á salir con él en coche y procurando que no 
hablase con nadie. 

Mas á la postre tales precauciones resultaron inú- 
tiles. Salabert se escapó de casa en distintas ocasio- 
nes y dió públicas señales de su enajenación. Una 
vez se le halló á las cuatro de la mañana cerca 
de Carabanchel. Otra vez entró en una joyería, y 
después de ajustar algunas alhajas sustrajo otras 
creyendo que no le veían. El joyero lo advirtió per- 
fectamente, pero no le dijo nada porque le conocía. 
Lo que hizo fué mandar la cuenta de las alhajas 
robadas á la Amparo, que se apresuró á pagarlas y 
vino en persona á rogarle que no divulgase el hecho. 

Pronto se persuadió el público de que , á pesar de 



LA ESPUMA 



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los pareceres encontrados de los médicos , la locura 
del duque era evidente , y comenzó á susurrarse que 
el fallo del tribunal así lo declararía. Dos días antes 
de que se publicase , la Amparo abandonó el pala- 
cio de Requena después de haberlo puesto á saco. 
Se llevó multitud de objetos de gran valor. Su ha- 
cienda ascendía ya á una porción de millones , y en 
previsión de lo que podía suceder la había sacado del 
Banco de España y la tenía en valores extranjeros. 
Pocos días después se marchó á Francia , y algunos 
meses más tarde circuló por Madrid la noticia de 
que se casaba con el marqués de Dávalos. 

La misma tarde del día en que la Amparo huyó 
(porque huida se puede llamar) de la casa de Re- 
quena, entró Clementina con su marido y se pose- 
sionó de ella. Halló á su padre en un estado tristí- 
simo, completamente idiota. Hablaba como si la 
hubiera visto el día anterior y no hubiera pasado 
nada; le preguntaba con mucho interés por la Am- 
paro y hasta algunas veces la confundía con ella. El 
corazón de la hija, hay que confesarlo, no padeció 
gran cosa. Aquella desgracia no apagaba por entero 
el rencor que despertaba en su alma el recuerdo 
de los amarguísimos días que acababa de pasar. Su 
venganza no estaba satisfecha porque veía á la Am- 
paro rica y feliz. Quería á todo trance perseguirla 
criminalmente, mientras su marido, satisfecho con 
la fortuna colosal que caía en sus manos , no se 
preocupaba poco ni mucho de semejante cosa. 

El duque de Requena, el célebre banquero que 
tuvo atentos y admirados durante veinte años á los 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



negociantes españoles y extranjeros, el hombre que 
tanto había dado que decir al público y á la prensa, 
pasó muy pronto á ser en el palacio de Osorio un 
trasto inútil y despreciable. Por no dar que murmu- 
rar, ó por asegurarse mejor de su persona, ó quizá 
por un vago temor de que pudiera curarse, los espo- 
sos Osorio no le mandaron á un manicomio: tuvié- 
ronle guardado en casa. Salabert se había convertido 
en niño. ISTo se preocupaba ya de otra cosa que del 
alimento. Hablaba muy poco. Pasaba horas y horas 
mirándose las uñas ó frotándose una mano con la 
otra, dejando escapar de vez en cuando gritos extra- 
ños, inarticulados. Tenía cerca un criado que cuando 
se mostraba desobediente y se enfurecía, le casti- 
gaba. Pero á quien más respeto tenía , y aun puede 
decirse verdadero temor, era á su hija. Bastaba que 
Clementína le mirase ceñuda y le dirigiese una seca 
reprensión para que el loco se sometiese repentina- 
mente. En cambio, no hacía caso alguno de su yerno. 

Cuando el criado que le cuidaba , viéndole tran- 
quilo se iba á recrearse un poco con sus compañeros, 
el loco acostumbraba á vagar por las habitaciones 
del palacio mirándose con atención á los espejos. 
Su manía principal era la de recoger los pedacitos 
de pan que hallaba y amontonarlos en un rincón de 
su cuarto hasta que allí se pudrían. Cuando el mon- 
tón era ya demasiado grande , los criados venían á 
recogerlo en cestos y lo tiraban al carro de la ba- 
sura. Al entrar en su habitación y echarlo de menos 
se enfurecía: necesitaba su guardián hacer uso de 
algún medio violento para volverle el sosiego. 



LA ESPUMA 



261 



Cierta tarde, poco después de almorzar los seño- 
res (el loco almorzaba en su cuarto), se hallaban 
reunidos tres ó cuatro criados en el gran comedor 
del palacio limpiando la vajilla y colocándola en los 
aparadores. Estaban de buen humor y retozaban 
cambiando latigazos con los paños que tenían en la 




mano, corriendo en torno de la mesa y soltando 
sonoras carcajadas. La señora no podía escucharlos 
porque estaba arriba. En esto apareció el loco en 
la puerta con una bandeja en la mano, la bandeja 
en que acostumbraba á transportar los mendrugos, 
como preciosa mercancía, á su habitación. Vestía 
una bata grasienta ya y traía la cabeza descubierta. 
Pero aquella cabeza, á pesar de sus blancos cabellos 
no era venerable. Las mejillas pálidas, terrosas, los 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



labios amoratados y caídos , la mirada opaca sm 
expresión alguna, no reflejaban la ancianidad que 
tiene su hermosura, sino la decrepitud del vicio 
siempre repugnante y la señal de la idiotez, aterra- 
dora siempre. 

Permaneció un instante indeciso al ver tanta 
gente; pero al fin se resolvió á entrar, fué derecho 
á los cajones de los aparadores y comenzó con 
afán á registrarlos sacando todos los mendrugos 
que había y colocándolos en su bandeja. Los criados 
le contemplaban sonrientes con mirada burlona. 

— Busca, busca, — dijo uno. — ¿Cuándo nos con- 
vidas á gazpacho, tío lipendi? 

El viejo no hizo caso: siguió afanoso en su tarea. 

— Gazpacho, no, — dijo otro. — Mejor será que 
nos convides á un billete de cien pesetas. 

— A ti no te convido. A Anselmo, sí, — dijo el 
duque tartamudeando mucho y mirándole airado. 

— ¡ Toma ! ya sé por qué convidas á Anselmo; 
porque te anda con el bulto. Descuida, que si es por 
eso ya me convidarás. 

Los otros soltaron la carcajada. El más joven de 
ellos , un chico de diez y seis años , al verle con la 
bandeja colmada y dispuesto á marcharse, se fué 
por detrás, y dándole un manotazo hizo saltar todos 
los mendrugos, que cayeron esparcidos por el suelo. 
El duque se enfureció terriblemente, y lanzando 
gritos de cólera, y echándoles miradas de fiera aco- 
sada, se tiró al suelo y se puso á recoger de nuevo 
los mendrugos, mientras los criados celebraban con 
algazara la gracia de su compañero. Cuando ya los 



LA ESPUMA 



268 



tenía todos en la bandeja y corría hacia la puerta 
para librarse de sus burlas, el mismo rapaz se fué 
tras él y otra vez se los tiró. El furor del loco no 
tuvo límites. Convulso, rechinando los dientes, con 
los ojos encendidos, se arrojó sobre el burlador; pero 
los demás le sujetaron. El pobre demente comenzó 
entonces á lanzar bramidos que nada tenían de 
humanos. 

En aquel instante se oyó en el corredor la voz 
irritada de Clementina. 

— ¿Qué es eso? ¿Qué hacen ustedes á papá? 

Los criados soltaron al loco y se dieron á correr 
desapareciendo del comedor. 



IX 



AMOR QUE SE EXTINGUE 



Los amores de Raimundo estaban presos por un 
hilo. En los últimos tiempos, Clementina, entera- 
mente embargada por su anhelo de triunfo y ven- 
ganza, apenas hacía caso de él. Veíanse á menudo, 
porque el joven no dejaba de frecuentar la casa; 
pero sus citas amorosas eran cada día más raras. 
Cuando aquél se quejaba tímidamente de su aban- 
dono, la dama se disculpaba con los celos de Esco- 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



sura : por más que hacía no lograba convencer á 
éste ele que estaban rotas sus antiguas relaciones; 
la vigilaba con disimulo', espiaba sus pasos; el día 
menos pensado averiguaría la verdad. «Ya ves, el 
engaño sería muy feo : tendría razón para ponerse 
furioso». 

El pobre Raimundo estaba tan perdido que acep- 
taba como buenas estas razones ó aparentaba acep- 
tarlas. En medio de aquella abyección vivía feliz 
forjándose la ilusión de que su ídolo le prefería, le 
amaba en el fondo del alma; que sólo mantenía 
relaciones con el ministro por interés del pleito. 
Contribuía á conservarle en ella el que de vez en 
cuando Clementina, por arrancarse quizá momen- 
táneamente á sus afanes y enojos, le escribía una 
cartita dicióndole : «Hoy á las cuatro», ó bien: 
«Ye por la tarde á la Casa de Campo». Y en estas 
entrevistas, acometida de súbito capricho, recor- 
dando las primeras y gozosas etapas de su amor, se 
mostraba tierna y cariñosa, le juraba eterna fideli- 
dad. ¡Oh, Dios! ¡qué infinita, qué celestial felicidad 
experimentaba el joven entomólogo oyendo tales 
juramentos de aquellos labios adorados ! 

Pero toda felicidad es breve en este mundo. La 
de él, brevísima. Al día siguiente de aquel deliquio 
amoroso, encontraba á su dueño frío como el már- 
mol, displicente, y, lo que es peor, en largas y reser- 
vadas pláticas con Escosura allá por los rincones del 
salón. Creía inocentemente que al terminar el pleito 
cambiaría su suerte, que Clementina, no necesi- 
tando ya al ministro, volvería de nuevo á ser ente- 



LA ESPUMA 



267 



ramente suya, sin aquel odioso reparto que le entris- 
tecía aun más que le avergonzaba. Sus esperanzas 
se desvanecieron como el humo. Terminóse el pleito 
del modo más feliz para ella; y no obstante, lejos 
de despedir á su amante oficial, cada día se mos- 
traba hacia él más respetuosa y enamorada. 

Cierta mañana , dos meses después de haberse 
fallado el litigio, recibió un billetito que decía: 
«Voy esta tarde á las dos». Le dió un salto el 
corazón. Hacía más de quince días que su adorada 
no parecía por el entresuelito del Caballero de Gra- 
cia. A la una ya estaba aguardándola. Y en cuanto 
la columbró de lejos, corrió á abrirla con la misma 
emoción que si fuese una reina y con mucha ma- 
yor ternura. Mostróse ella reconocida, afectuosa, 
y recibió con agrado sus vivas y apasionadas ca- 
ricias. 

Al cabo de una hora, hallándose los dos sentados 
en el pequeño sofá donde tantos coloquios amorosos 
habían pasado, ella le dirigió una larga mirada 
compasiva y le dijo con sonrisa triste: 

— ¿Sabes una cosa, Mundo?... Que hoy es el 
último día que nos vemos así solos y juntos. 

El joven la miró con estupor, sin comprender, 
ó sin querer comprender. 

— Sí;... no puedo continuar manteniendo estas 
relaciones secretas contigo... Escosura ya está 
advertido y se ha ofendido mucho con razón... 
Además, me parece feo el tener dos amantes... Eso 
queda para Lola Madariaga. Hasta ahora he pasado 
por ello porque comprendo que me has querido y 



268 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



que me quieres mucho . . . Yo también te he demos- 
trado siempre amor verdadero. ~No puedes quejarte. 
Si á algiiii hombre he querido de corazón es á ti . . . 
La prueba de ello es lo que han durado nuestras 
relaciones . . . Pero nada es eterno en el mundo . . . 




Puesto que ya nuestros amores están desde hace 
tiempo medio deshechos (porque el amor es exclu- 
sivo y no admite repartos), lo mejor es que los 
rompamos por completo . . . Así como así me voy 
haciendo vieja, Mundo... Tú eres un muchacho. Si 
yo no diese la voz de separación , tarde ó temprano 
la darías tú. Esta es la vida... Hoy, todavía me 



LA ESPUMA 



269 



encontrarás bonita: son las últimas llamaradas. 
Necesito despedirme de las muchas locuras que 
hemos hecho... Pero siempre las recordaré con 
placer, te lo juro... Tú representarás en mi vida, 
tal vez la época más feliz... Seamos de aquí en 
adelante buenos amigos . Yo tendría un placer 
inmenso en poder serte útil, en que me debieses 
algún favor de importancia , ya que te debo yo tan- 
tos momentos de dicha . . . 

El joven escuchó todas estas infamias inmóvil, 
atónito. Una densa palidez iba cubriendo sus fac- 
ciones. 

— ¿Pero hablas de veras? — concluyó por pregun- 
tar con voz temblorosa. 

— Sí, querido, sí; hablo de veras, — respondió 
la dama con la misma sonrisa triste y protectora. 

— ¡ Eso no puede ser!... ¡no puede ser! — profirió 
.él con energía, levantándose del asiento y mirándola 
colérico y espantado al mismo tiempo. 

Aquella mirada bastó para remover la soberbia de 
Clementina. 

— ¡Yaya si puede ser! — replicó en tonillo irónico 
que resultaba en aquella ocasión de una crueldad 
feroz. 

Quedó helado. Permaneció en pie unos instantes 
mirándola con indefinible expresión de angustia y 
terror: por fin se dejó caer á sus pies exclamando 
con las manos cruzadas : 

— ¡Oh, por Dios, no me mates! ¡no me mates! 

El semblante ele Clementina se dulcificó y la voz 
también. 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Vamos j 110 seas niño , Mundo . . . Levántate . . . 
Esto tenía que suceder... Tú hallarás mujeres que 
valgan mucho más que yo . . . 

Pero el joven se había abrazado á sus rodillas con 
fuerza y se las besaba con transportes frenéticos, 
y lo mismo los pies , sacudido su cuerpo por los 
sollozos. 

— ¡ Esto es horrible ! ¡ es horrible ! — repetía . — 
¿Qué te hice para que así me mates? 

— Vamos, Mundo, vamos... Arriba... Seamos 
formales, — decía ella dulcemente ; acariciándole los 
cabellos. — ¿No comprendes que es ridículo? 

— ¡ Qué me importa el ridículo ! — replicaba el 
desgraciado entre sollozos , con el rostro pegado 
á la seda de su vestido. — Por ti me pondría en 
ridículo delante del mundo entero. 

Clementina hacía esfuerzos por calmarle, pero sin 
apiadarse. No hay fiera más cruel que una mujer 
hastiada. Le dejó desahogarse un rato, y cuando 
le vio más sosegado, se levantó del sofá. 

■ — Te agradezco muchísimo ese sentimiento, Mun- 
do... Yo también he tenido que "luchar bastante 
tiempo con mi corazón para resolverme á separarme 
de ti . . . 

— ¡Mientes! — dijo él, de rodillas aún, con los 
codos apoyados sobre el sofá. — Si me hubieses que- 
rido no serías tan cruel ¡ tan infame ! 

La dama permaneció un instante silenciosa mirán- 
dole por la espalda con ojos irritados. Al fin, ven- 
ciendo la compasión, dijo: 

— Te perdono esas groserías por el estado de 



LA ESPUMA 



271 



exaltación en que te hallas. Por mucho que me inju- 
ries no lograrás que deje de recordarte siempre con 
cariño . . . Algún día , cuando tú ya me hayas olvi- 
dado por completo , todavía tu imagen y los dichosos 
momentos que hemos pasado juntos estarán graba- 
dos en mi corazón . . . Pero ahora conviene formali- 
zarse, — añadió cambiando de tono. — Concluyamos 
de un modo digno, Raimundo... Me vas á hacer el 
favor de tomar un coche, ir á tu casa y traer todas 
las cartas que te he dirigido para que las queme- 
mos. Yo no conservo ninguna tuya. Ya sabes que 
las rompo en cuanto las recibo. 

Raimundo no se movió. Después de esperar unos 
momentos , Clementina se acercó á él por detrás , se 
inclinó silenciosamente y le puso las dos manos en 
las mejillas, diciéndole con acento dulce: 

— ¡Retonto! ¿no hay más mujeres que yo en el 
mundo? 

Raimundo se estremeció al contacto de aquellas 
manos delicadas; volvióse bruscamente y apoderán- 
dose de ellas las besó repetidas veces con frenesí , 
las llevó á su corazón, las puso sobre su frente. 

— No, Clementina, no; no hay más mujeres que 
tú. . . ó si las hay, yo no ]o sé, ni quiero saberlo. . . 
Pero ¿es cierto eso que me has dicho?... ¿Es ver- 
dad que ya no me quieres? 

Y su mirada húmeda se alzaba con tal expresión 
de angustia , que ella , sonriendo confusa , se vió 
obligada á mentir. 

— Yo no te he dicho que no te quería . . . sino que 
conviene que cortemos nuestras relaciones. 



272 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¡ Es igual ! 

— ¡No, chiquillo, no! no es igual... Puedo que- 
rerte, y sin embargo, por circunstancias especiales, 
no convenir que tenga contigo entrevistas secre- 
tas . . . No todo lo que uno quiere se puede hacer en 
el mundo . . . 

Y se perdió en un laberinto de razones especiosas, 
de cuya falsedad ella misma se daba cuenta turbán- 
dose un poco al decirlas. Daba vueltas á unas mis- 
mas ideas, vulgarísimas todas, supliendo la fuerza 
y el peso de que carecían con lo vivo y exagerado 
de los ademanes. 

Raimundo no la escuchaba. Al cabo de unos mo- 
mentos se levantó bruscamente, se enjugó las lágri- 
mas y salió de la estancia sin decir palabra. Cle- 
mentina le miró alejarse con sorpresa. 

— Te aguardo, — le gritó cuando ya estaba en el 
pasillo. 

Veinte minutos después se presentó de nuevo con 
un paquete entre las manos. 

Aquí tienes las cartas, — dijo con aparente tran- 
quilidad. 

Su voz estaba alterada. Una palidez densa cubría • 
su semblante. Clementina le dirigió una penetrante 
mirada de curiosidad donde se pintaba asimismo la 
inquietud. Pero dominándose le dijo con natura- 
lidad : 

— Muchas gracias, Mundo. Ahora las quemare- 
mos si te parece . . . Iremos á la cocina. . . 

El joven no replicó. Se dirigieron á esta pieza del 
cuarto fría y desmantelada, porque nadie la usaba, 



LA ESPUMA 273 

y Clementina colocó por su mano el paquete sobre 
el fogón. Mas de repente, cuando ya tenía entre 
los dedos el fósforo encendido que el joven le había 
dado, se detuvo. Quedó suspensa un instante y dijo 
sonriendo: 

— ¡ Sabes que esto es muy prosaico ! ¡ Quemar mis 
cartas de amor en un fogón! ¡Uf !... Me parece que 
debemos concluir con ellas de un modo más poético... 
¿Quieres que nos vayamos á quemarlas al campo?... 
De este modo daremos juntos un último paseo y 
nos despediremos dignamente. 

— Como gustes, — articuló el joven en voz apenas 
perceptible. 

— Bueno, ve á buscar un coche. 

— Lo tengo abajo. 

— Salgamos entonces. 

Volvió á coger el paquete Raimundo y ambos 
dejaron aquel cuartito donde nunca más habían de 
reunirse. Montaron en coche y éste les condujo 
camino de las .Ventas del Espíritu Santo. Era una 
tarde de primavera, nublada y fresca. Clementina 
había echado los cierres de las ventanillas para no 
ser vista de algún conocido; pero en cuanto salieron 
de la Puerta de Alcalá pidió Raimundo que los 
bajase; por cierto con tan poca oportunidad, que 
en aquel momento cruzó á su lado una carretela 
abierta donde iban Pepe Castro y Esperancita Cal- 
derón, recién casados. No tuvo tiempo más que para 
echarse hacia atrás y llevar una mano á la cara. 
Quedóle la duda de si la habían reconocido. 

Raimundo, á costa de grandes esfuerzos, había 

18 * 



274 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

conseguido dominarse, pero sólo á medias. Clemen- 
tina hacía lo posible por distraerle, hablándole, como 
una buena amiga, de asuntos indiferentes, de sus 
conocidos, dando por supuesto que seguiría fre- 
cuentando su casa. Cuando pasaron Castro y su 
mujer, emprendió una conversación animada sobre 
ellos. 

— Ya ves, Mundo; sucedió lo que yo decía. ~No 
hace tres meses que se han casado y ya andan á la 
greña Pepe y su suegro por cuestión de la dote . . . 
Nadie conoce á Calderón mejor que yo... Si no lo 
entierran pronto, los pobres se han de ver muy apu- 
rados, porque lo que es dinero han de tardar en 
sacárselo . . . 

Raimundo respondía á sus observaciones, afec- 
tando serenidad; pero su voz tenía un timbre especial 
que la dama no dejaba de advertir: parecía que lle- 
gaba húmeda, como si hubiese atravesado una región 
de lágrimas. 

Al fin, en un paraje que vieron más solitario, hi- 
cieron parar el coche y se bajaron. 

— Aguárdenos V. aquí. Yamos á dar un paseo, 
— dijo Raimundo al cochero. 

Mas creyendo observar cierta inquietud en los ojos 
del auriga, se volvió á los pocos pasos , sacó un billete 
de cinco duros y se lo entregó diciendo: 

— Ya me dará Y. la vuelta. Hasta luego. 

Abandonaron la carretera y se pusieron á cami- 
nar por los campos áridos y tristes del Este de 
Madrid. El terreno ofrecía leves ondulaciones y se 
extendía rojizo y desierto, cortando á lo lejos el 



LA ESPUMA 



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horizonte con una raya bien pura. Ni un árbol, ni 
una casa. Los finos zapatos de Clementina se hun- 
dían en la tierra y quedaban manchados. Caminaban 
silenciosos. Raimundo ya no tenía fuerzas para 
hablar. Ella también se sintió dominada por la 
tristeza de la situación, á la cual ayudaba la del 
paisaje, y tuvo la delicadeza de no desplegar los 
labios. De vez en cuando volvía la cabeza para 
cerciorarse de si podían ser vistos desde la carre- 
tera. Cuando se convenció de que estaban bastante 
lejos se detuvo. 

— ¿Para qué andar más?... ¿No te parece buen 
sitio'? 

Raimundo se detuvo también y no respondió. 
Dejó caer el paquete al suelo y dirigió la vista á lo 
lejos, á los confines del horizonte. Clementina des- 
hizo el paquete, y después de echar una ojeada de 
curiosidad á sus cartas, esmeradamente conserva- 
das en los sobres, hizo con ellas un montoncito, 
aguardó un instante á que Raimundo volviese la 
cabeza, y viendo que no lo hacía, le dijo: 

— Dame un fósforo. 

El joven sacó el fósforo y se lo entregó encendido, 
con el mismo silencio. Yolvió de nuevo la cabeza 
y siguió mirando fijamente el horizonte, mientras 
Clementina pegaba fuego al montón de cartas y las 
veía arder poco á poco. Tardaron algunos momen- 
tos en consumirse: necesitaba arreglar con sus ma- 
nos enguantadas el montoncito para que el fuego 
no se apagase: de vez en cuando dirigía una mirada 
entre inquieta y compasiva á su amante, que se 



276 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

mantenía inmóvil y atento como un marino que 
contempla el cariz de la mar. 

Cuando no quedaron más que las cenizas negras, 




Clementina, que estaba en cuclillas, se alzó, estuvo 
un momento indecisa sin atreverse á turbar la pro- 
funda distracción de Raimundo, y al fin, pasando 
por su hermoso rostro una ráfaga de ternura , des- 



LA ESPUMA 



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pues ele mirar rápidamente á todos lados, se acercó 
á él, le pasó un brazo por la espalda y le dijo con 
acento cariñoso: 

— Y ahora que estamos solos por última vez y 
que nadie nos ve, ¿no nos despediremos de un modo 
más efusivo? 

— ¿Cómo quieres que nos despidamos? — respondió 
él mirándola y haciendo un esfuerzo supremo para 
sonreir. 

— ¡ Así! — replicó la dama vivamente. 

Y al mismo tiempo le echó los brazos al cuello y 
le cubrió el rostro de fuertes y apasionados besos. 

Raimundo se estremeció. Dejóse besar por algu- 
nos instantes como un cuerpo inerte, y al fin, 
doblándosele las piernas, exclamó con acento des- 
garrador: 

■ — ¡ Oh , Clementina , me estás matando ! 

Y cayó al suelo privado de sentido. El susto de 
ella fué grande. ~No había nadie que la auxiliase. 
No había siquiera agua. Alzó la cabeza del joven , la 
puso sobre su regazo, le dió aire con su sombrero y 
le hizo oler un pomito con perfume que traía. Al 
cabo de pocos minutos abrió los ojos: no tardó en 
ponerse en pie. Estaba avergonzado de su flaqueza. 
Clementina se mostraba con él afectuosa y com- 
pasiva. Cuando vió que estaba ya sereno y en dispo- 
sición ele marchar, se cogió á su brazo y le dijo: 

— Vamos. 

Y procuró distraerle, mientras caminaban, ha- 
blándole de una sauterie que proyectaba y á la cual 
le pedía con insistencia que no dejase de asistir. 



278 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Y lo mismo los sábados ¿verdad? Cuidado con 
abandonarme. Uno es uno y otro es otro... Tú 
serás en mi casa el amigo de siempre , y en mi co- 
razón ocuparás, mientras viva, un lugar de prefe- 
rencia. 

Raimundo se contentaba con sonreir forzada- 
mente. 

Así llegaron otra vez al sitio donde estaba el 
coche. Dentro, la dama siguió locuaz. El, á medida 
que se acercaban á Madrid , se iba poniendo más 
pálido. Ya no sonreía. 

Viéndole de tal modo, con la desesperación im- 
presa en el semblante, Clementina dejó al cabo 
de hablarle en aquel tono, y movida de piedad co- 
menzó de nuevo á besarle cariñosamente. Pero él 
rechazó sus caricias; la apartó con suavidad di- 
ciendo: 

— ¡ Déjame ! ¡ déjame ! . . . Así me haces más daño. 

Dos lágrimas asomaron á sus pupilas y estu- 
vieron largo rato allí detenidas; al fin se volvieron 
otra vez, sin caer, al sitio misterioso de donde 
brotan. 

El coche llegó á la Puerta de Alcalá. Clementina 
lo hizo detener delante de la calle de Serrano. 

— -Conviene que te bajes aquí. Estás cerca de 
tu casa. 

Raimundo, sin decir palabra, abrió la porte- 
zuela. 

— Hasta el sábado, Mundo... No dejes de ir... 
Ya sabes que te espero. 

Al mismo tiempo le apretó la mano con fuerza. 



LA ESPUMA 



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Raimundo, sin mirarla, murmuró secamente: 
— Adiós. 

Se bajó de un salto, y la dama le vió alejarse 
con paso vacilante de beodo sin volver la vista 
atrás. 




INDICE DEL TOMO SEGUNDO 



PÁGS 

I. . . . — Cena en Fornos. 5 

II. . . — Los amores de Raimundo 31 

III. .. — Un poco de Derecho civil 61 

IV. .. — Baile en el palacio de Requena 81 

V. . . . — Matinée religiosa 143 

VI. . . — Viaje á Riosa 167 

VII. . — Una que se va 223 

VIII. — G-enio que se apaga 247 

IX. .. — Amor que se extingue.. . 265